31 enero, 2009

Del día del claustro - Adendum

uise en la tarde acercarme una pieza a Su Ilustrísima e hubimos unas pláticas, que asombrado estaba de ver cómo todos en la casa, por cumplir con mi trazado e con lo propuesto por don Juan, habían gran silencio e recogimiento.


- ¡Excusadme, Ilustrísima! – le dije quedo -, pues agradeceros quiero que habiendo de estar todos como he dicho un día entero encerrados, hayáis pensado dedicar este día, onomástica de San Juan Bosco, el Gran Maestro, a estos a modo de ejercicios espirituales.


- Cualquier recogimiento es bueno, sobrino – contestóme sabiamente -, no sólo por orar o por la paz de nuestro espíritu, sino que habréis de ver cómo al abrir puertas e ventanas, todos se llenan del gozo de la libertad. Así como cuando un día entero se hace ayuno e la comida del día siguiente es más placentera.


- Así sea – manifesté -, pues nadie ha de saber aquí estamos ni qué cosa hacemos.


- Algo hemos olvidado, sobrino – me dijo -, e acaso no sea yerro grave, pues hase dejado la chimenea encendida e algún avispado que a la casa se acercase por ver si hemos partido, pudiera ver el humo salir.


- ¡Santo Dios! – exclamé - ¡En tal cosa simple no he pensado!


- Dejadla encendida – dijo -, pues toda chimenea apagada puede dejar salir humo por los rescoldos e tampoco paréceme a nadie extrañe, sino que ha de llamar más su atención ver la casa como abandonada, que hasta una cadena gruesa e con candado ha puesto Cayetano reforzando la entrada.


- Así podéis ver, Ilustrísima – concluí -, cómo en nosotros confían pequeños, compaña e servicio e puedo aseguraros mañana, acaso por vernos ir a misa al pueblo, mucho ha de hablarse desto. E si las gentes deste pueblo manifiestan su deseo de mi destierro, he de irme, mas puedo aseguraros no ha de ser así e no he de partir por las órdenes de un envidioso.


- ¡Mal haríais! – dijo ya en partiendo - ¡Demasiada gente hay en este pueblo que os ama ¿Acaso los abandonaríais?

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