
staban ya los pequeños en sus liciones esperando se llegase el sábado, cuando dióme aviso Cayetano de que alguien venía a visitarme e, saliendo a recebirlo a la puerta, encontré a la señora Alcaldesa en bajándose sola de su coche.
- ¡Permitidme entrar en vuestra casa, excelencia – dijo en apuros -, que lo que he de hablar con vos no quiero oiga nadie más!
- ¡Pasad, Ilustre señora, que a vuestra Casa os llegáis! – saludéle -; a mi bufete nos entraremos e nadie sabrá lo que habéis de decirme.
E no esperando el gesto, alzóse sobre la punta de sus pies e besóme rompiendo el protocolo.
- Decidme lo que os apena, señora - le dije -, que en vuestro rostro lo veo.
- Mucho me apena, excelencia – dijo -, e hasta vergüenza dame el hablaros desto.
- Así me lo parece – contestélle en reverencia -, que os veo llegaros sola.
- ¡E oculta! – contestó al punto -, pues nadie sabe he venido a manifestaros ciertos acontecimientos.
E imaginando cosas, quise se sintiese como en su casa e pedí café para entrambos e puse el pestillo en la puerta.
- Podéis hablar agora en confianza, señora – le dije -, que nadie ha de oír lo que habléis… o lo que hablemos.
- Es el caso, excelencia – dijo casi en llantos -, que un edil de mi Ayuntamiento piensa queréis entraros en política haciendo grandes espectáculos, entregando presentes, dando trabajo a los menesterosos… ¡E tal cosa no creo!, sino que este hombre os odia. Un rico rosario de oro regaló uno desos reyes que trujísteis al pueblo e piensa es una ofensa a sus ideas ateas. Bien sé que desto os ha hablado en malos modos e como ni hombre ruin se merece, siendo como sois grazalemeño y entregado a los demás.
- Sólo soy Capitán e creyente, señora – dije en mi conciencia -; e como Capitán, a la disciplina me ajusto, e como creyente, nunca miento. Así pues… ¿cómo piensa ese hombre voy a entrar en política? Pues, salvo casos como el vuestro, no he encontrado político disciplinado ni verdadero. No soy, y a orgullo lo llevo, sino el grazalemeño más longevo e más amante de su Patria e, ni siquiera en amenaza de quitarme la vida, haría daño alguno a mi Tierra ni a sus gentes.
- Pues con astucia – dijo – ha conseguido convencer a todos de que habrá que desterraros deste pueblo e, ha pedido urgente cónclave en pleno esta mañana por votar se os expulse; ¡e sólo yo me he opuesto!
E viéndola lloraba con desconsuelo, levantéme e a ella acerquéme.
- ¡No habed cuidado, señora! – dije seguro -, que bien sé por dónde han de salir los tiros.
- ¡No pude soportar sus palabras cuando vio de quién le llegaba el presente e, mucho menos, las injurias que hube de oír al ver el contenido e, blasfemando, hizo llevar la caja a tres mozos a «ese imbécil inculto que habemos por cura» ¡Y en la iglesia de Santa María están todos ellos!
- ¿En la iglesia? – pregunté en viendo se cumplía mi trazado - ¡A buen recaudo los ha puesto él mesmo! Volveos a Grazalema, secad vuestras lágrimas e sonreíd como siempre lo habéis hecho, que aunque hayáis de cumplir con las órdenes desa horda, que así se «ayuntan», seguís siendo
- Estas palabras os agradezco – dijo -; en mí habéis apoyo, no os fallaré, mas mañana mesmo habéis para abandonar estas tierras… ¡e no sabéis cuánto me apena!
- Palacios tengo por toda España, señora – le dije -, no he de esconder mis riquezas; volveré mañana mesmo a vivir en Sevilla, mas como grazalemeño he de volver cuando en gana me venga a mi palacio, que he de dejar bien cuidado por no desmerecer estos paisajes serranos.
- ¡E las puertas de mi humilde casa habéis abiertas!


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