entado en el salón estaba como era ya costumbre, con Su Ilustrísima e Marcos, al tiempo que mis pequeños subían las escaleras por dar sus liciones en la buhardilla. E mirando a la entrada de la casa, parecióme Víctor allí estaba e con ellos no subía. Viendo a don Juan e a Marcos atentos cada cual a su libro e no queriendo entorpecerles, levantéme muy quedo e fui como en paseo hasta la puerta.
- ¡Maestro! – bajé la voz -; diría yo no os habéis apercibido de que es la hora de las clases, mas creo no es olvido lo vuestro, sino tal vez… ¿desgana?
- ¡No tal, excelencia! – al frente siguió mirando -; es mi empresa y a cabo he de llevarla como todos los días.
- Bien me parece – contestéle -, mas no todos los días restáis aquí en mirando el paisaje, sino que antes que mis hijos arriba os halláis.
Miróme entonces e vi en su rostro tristeza (preocupación acaso) e sonreíle.
- No es menester me deis detalle alguno, Víctor – tomélo por los hombros -, pues un retraso de un minuto un día, no desmerece vuestra encomiable labor, mas sí me dice algo os sucede.
- Ni quiero – contestó sonriendo – ni puedo mentiros, que mejor que yo sabéis algo es hoy diferente.
- E… - apreté su hombro - ¿podría seros de un ayuda?
- Tal no sé, excelencia – dijo -, porque acaso no sea más que en mi mente hay hoy como una nube e nada veo claro. Algo he oído sobre esos guardias que os acechan e algo también sobre febrero. Confío en vuestra destreza, no penséis por uno más os tengo, mas temo acaso por esos niños; vuestros hijos.
- Por ellos no habéis de temer – contestéle -, que todo está previsto; e muy bien previsto ¿No será otra cosa lo que os aflige?
- No ha sido mi costumbre – habló quedo – la de vivir en el campo; encerrado siempre en esta casa. E siéntome agora como esperando a que venga a por mí la muerte; e siento no ser tan útil como quisiese, que esos pequeños vuestros ya me dan liciones a mí.
- Vuestra propia estima debéis haber olvidado en vuestra estancia – reí -, pues si yo mesmo hubiese de dar liciones a mis hijos… ¡no sé qué haría! ¡Vamos, Víctor! ¿A qué engañarnos? Tan bien como yo sabéis que vuestra obligación es darles liciones; las sepan o no de antemano; ¡que las sabrán! Mas por ello os pago ¡No habed cuidado por esto ni por aquesto, que lo del ataque veo claro como con luz meridiana ganado e lo de dar liciones a esos pequeños lo veo perdido ¡No penséis no sois de provecho! Mas sed de provecho para vos mesmo. Así que casi nada podéis ya nuevo enseñar a mis hijos… ¡aprended dellos! ¡Por esto también os pago!
- ¿Decís verdad? – miróme espantado - ¿Acaso me pagáis por aprender?
- No es aqueso, Victor, no es aqueso – aclaréle -, sino que sois el hombre más atinado para enseñarles e mantenerlos unidos arriba toda la mañana. Con creces cumplís vuestra labor. E yo habré de cumplir la mía el día que se llegue; no habed cuidado, que a todos esos follones habrá de recogerse con una zapa.
E rióse de tal modo, que dio unos pasos adelante, volvióse e a mí llegose hasta abrazarme.
- ¡No sé qué hacéis, excelencia, que todo lo malo lo volvéis como calcetín! He de subir a esas «liciones» ¡Quedad con Dios… e muy agradecido os quedo!
En Grazalema e a veinte e ocho de enero del año de dos mil e nueve.


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