24 enero, 2009

De las confusiones de Su Ilustrísima

a acabada la mañana y el corto descanso de la siesta (que en salón hubimos), miróme Su Ilustrísima en pensamientos e vi dudaba.

- Acaso pensáis voy quitando vidas a diestro e siniestro – le dije -, mas no es tal. Vidas no quito sino por salvar otras; e las que obligado me veo a cercenar, no son vidas que razón tengan, pues son sus pensamientos la destrucción e desolación. E las vidas que salvo, son las de los creyentes, no sólo en Dios Nuestro Señor, sino de los que creen en España, en la vida, en unir, en crear, en dar e no en pedir… ¡Ay, Ilustrísima! ¡Quisiera yo saber si bien hago, que en duda me habéis puesto!

- ¿E quién no duda? – preguntó -; mi fe es grande e no ha lugar la duda en Dios Nuestro Señor, mas sí ha lugar la duda en lo tocante a lo correcto e lo incorrecto. Hacer unas guerras por salvar las almas de buena voluntad, no paréceme incorrecto, que así Jesús mesmo decía que si un brazo nos escandalizaba, habríamos de cercenarlo e si así mesmo facía un ojo, había que sacarlo. Si con el trigo limpio e frondoso crece la cizaña, debe esperarse a que juntos crezcan e, ya crecidos ambos, es tiempo de separar la cizaña e arrojarla al fuego, pues si antes se quema todo, también quemamos el trigo limpio.

- Así pues, Ilustrísima – razoné –, claro veo con luz meridiana el ejemplo, que Dios une a estos viles y es entonces, ya unidos e separados del resto, cuando mejor se les ataca.

- Pues he de deciros cosa que a nadie debería decir – bajó la su voz -, pues en esto veo ha la Iglesia alguna confusión, que acoge en sus templos a los perseguidos por la justicia, que bien pudieran ser asesinos, e condena el asesinato. E proclamándose la gran defensora de la vida, no permite algunos remedios que podrían salvarla. Mas he de atenerme a lo que dicta la Santa Madre Iglesia, que no sólo los sacerdotes a ella pertenecemos, sino todo aquel que sea cristiano. E a veces esto me confunde.

- Haced lo que yo hago – le dije en risas -; el bien reparto por doquier e no pregunto antes si el que ha de recebir es creyente mas, si se viene a mí alguien con no buenas intenciones, en sacar mi blanca e atravesallo no dudo, que si hace mal a hombre armado e fuerte ¿qué mal no haría a pequeños e desvalidos?

- Pues hagamos el bien, sobrino – concluyó -, que cuando el mal se acerque yo mesmo he de empuñar la espada de la fe que impida el paso franco hasta el Santísimo.

En Grazalema e a veinte e cuatro de enero del año de dos mil e nueve.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario