ue el despertar tranquilo e temprano y en la cama despiertos yacimos e muchas cosas hablamos. Así, manifestóme Marcos que capaz veíase de llevar a cabo toda empresa que nasciera e, hablando de nascimientos, hubimos algunas pláticas.
- En verdad os digo – dijo – que el cumplir un año más no me ilusiona, pues el día 13 del venidero mes de febrero uno más sumo a mi vida.
- En los treinta y otro poco seguís – contestéle -; e tanto os digo que no habéis de tener priesas por cumplirlos así como por no avanzar en vuestra edad.
- Como Pablo soy – dijo en riendo –, pues el día dos cumple los once.
- ¿El día dos decís? – asombréme - ¡Hame dicho este niño que pronto cumpliría, mas no hame dicho cumpliese el día dos!
- Algún presente habrá que hacerle – espetó -, mas habiendo ya tantos… ¿qué ha de regalársele?
- ¡Acuario!
- Atinado me parece el tal regalo…
- No es aqueso, Marcos – aclaréle -, sino que como vos, es nascido bajo el Signo de Acuario. El aguador que derrama las aguas de la sabiduría por sobre el mundo.
- ¡Pensé decíais que podría regalársele un acuario! – dijo -; e mal presente no me parece, que podría ponerse en el salón, pues dicen que en mirando a los peces en nadando, uno se serena.
- ¡Un pez soy yo, Marcos! – contestéle -, que nascido más allá del día veinte de febrero, bajo el Signo de Piscis me hallo.
- ¡Y a fe que como buen Piscis aparecéis! – rió -; así pues, aunque dícese que «acuarios» e «piscis» no hacen buenas migas, digo yo que los dos algo han de «mojados» mas, quiero recordar, Marino, que siendo yo aún joven en Cuenca, a una anciana mujer oí hablar de peces. Era esta mujer desas que usan el Tarot por predecir el futuro e aliñan velas de colores por hacer encantamientos; e decía que en las casas nada habría de tenerse del mar: ni agua, ni peces, ni conchas, ni caracolas…
- ¡Pues no veo yo por qué no han de tenerse!
- Decía esta mujer – prosiguió como rememorando -, que las cosas del mar en casa traen la mala ventura.
- Por ventura – reí -, en casa habéis un «acuario» e un «piscis», que además es Marino, e hasta tres «marinos» hay e no veo la mala suerte. Y en hablando del presente para Pablo, compraría yo ese acuario que decís, que también a mí me placería.
- Yo mesmo he de ir a Ronda – dijo seguro – a buscar uno lujoso para esta casa antes de llegar febrero.
- ¡Febrero! – incorporéme - ¡El mes que dijo aquel hombre volverían a atacar esos guardias malditos! Alguna sorpresa he de aprestarles también, que si en venir a ganar una batalla piensan, una guerra habrán de perder.
- Mucho ha que eso os oigo decir – miróme al punto -; e no hacéis caso a Marinín, que siempre os dice uséis vuestra «pluma de plata». Dice éste que con la tal arma, de un plumazo haríais desaparecer una ciudad entera.
- Acaso la use – pensé en voz alta -, mas he de preguntar a Marinín si es posible hacerlos desaparecer sin que desaparezcan el campo ni los árboles ni los animales.
- Preguntadle e habréis respuesta.


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