27 enero, 2009

De la respuesta del despecho

sí como dije el día antes a Marcos que pronto habría una respuesta de mi recibimiento a Saulo e a su madre, doña Paula, en pláticas me hallaba con Su Ilustrísima e del tal tema manifestaba sus pareceres.

- Cierto es, sobrino – me decía -, que si yo viniese como extraño a veros por haber un mal e me recibe un niño de hasta nueve años e luego se me dice tome leche con «yerbajos», que a fruta han de saber si lo pienso, e que cuelgue de mi cuello unas piedras, en tal remedio no creería.

- E… - pensé al contestalle - ¿pensáis lo ha creído el niño?

- ¡Sin duda! – exclamó -, que sólo de ver su rostro al conoceros e de hablar con Marinín, que ha su edad o poco menos, puesta había su fe en sanar, que es lo único en lo que piensa.

- Bien decís, Ilustrísima, es lo único en lo que piensa – contestélle -, mas no así su madre, que en sus ojos pude observar la duda. E si no hay fe en el remedio, no es tal remedio.

- E así lo creo yo, sobrino – dijo entonces -, que hasta los infalibles métodos de los médicos que han examinado, curar no pueden si el enfermo no quiere.

Y en esto, sonó el teléfono e hasta mí lo trujo Cayetano e oí la voz de don Rufino como en ahogos.

- ¡Excelencia! – dijo - ¡No vais a creerme!, pues hame llamado Saulo a escondidas de su madre e dice ésta no le permite llevar al cuello el colgante ni se aviene a preparar esa leche con las hierbas.

- Tal cosa ya sabía, don Rufino – contestélle -, pues en los ojos de la su madre lo vi ¿Queréis como Saulo desterrar tal mal de su cuerpo?

- ¡Por Dios os lo juraría si tal cosa pudiera hacerse! – gritó -; ese niño ha fe en vuestros remedios, mas no su madre.

- ¿Y qué remedio pondríamos nosotros a tal entuerto? – pregunté -; si su madre no quiere poner el remedio, no es que no ame a su hijo, es que no cree vaya a sanar.

- ¡A fe, excelencia – dijo seguro -, que yo mesmo he de ir a Villaluenga por convencella, que no es de razón siga Saulo con ese mal si sólo una pequeña posibilidad existiese de que vuestro remedio lo sane! E fe ciega he en ello.

Con esto, supe que don Rufino también había fe en el remedio puesto e quiso él mesmo viajar a Villaluenga porque se hiciese lo por Marinín e por mí dicho.

- ¿Veis, Ilustrísima? – reí -; aunque no parécelo, hasta don Rufino ha fe en este remedio. Mas no la madre e quiere impedir Saulo tome esas hierbas con la leche.

- ¡Santo Dios, sobrino! – exclamó en levantándose -, si negárase a poner el remedio por no haber fe en él, ¡no habrá cura Saulo!

- Aseguraros puedo – dije en tomando mi copa -, que antes de que el día acabe, ha de resolver don Rufino este entuerto.

E no me equivoqué e así lo creía Marcos también, pues acercándose la hora de la cena, volvió a darnos aviso don Rufino.

- ¿Qué ha pasado? – pregunté con premura - ¿Os ha recebido?

- ¡Por ventura, excelencia – dijo -, ni siquiera he tenido que entrar en su casa!, pues al verme esa mujer en Villaluenga en llamando a su puerta, no supo qué cosa decir, sino que lloró amargamente e prometióme hacer lo por vos indicado ¡Mano de santo!

- Os lo dije, don Rufino – concluí -, sin fe en el tal remedio, nada se cura e… bien sabéis lo que digo, pues así mesmo no hay cura de médico para salvar a quien morir quiere.

- ¡La fe! – contestó -; sin ella no se vive.

En Grazalema e a veinte e siete de enero del año de dos mil e nueve.

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