evantados, aseados y ya apurado mi jugo de naranja, de la estancia salimos al tiempo que los pequeños.
- ¡Buenos días nos dé Dios! – dijeron todos -.
- Buenos días nos dé – respondimos -, que aunque buenos los hemos tenido, alguno malo puede llegarse.
Y jugando e platicando hasta el salón bajamos e allí esperaba ya Su Ilustrísima junto a la chimenea.
- Buenos días, tío Juan – saludólo Marinín -; ¡Qué raro! ¡En lecturas os hallo!
- ¡Ay, querubines míos! – dijo éste -, en lecturas siempre me hallaréis, que es la fuente de la sabiduría. E, habiendo yo ya cantado mi misa de las ocho, mi estómago pide desayunarse.
- Pasemos pues al refectorio – le dije – e demos buen cumplimiento a ese café y esas tostadas serranas.
Y en acabando el desayuno, dijo Víctor a los niños fuesen subiendo a su aula por dar sus liciones mas llamé yo a Marinín por haber unas pláticas e al bufete nos entramos.
- No he de entreneros, hijo – le dije -, sino que una consulta quisiera haceros e sé habéis la respuesta.
- Preguntad, papá – a mí allegóse -, que si me llamáis, es por saber tengo la respuesta.
- ¡La tenéis sin duda! – sonreíle -; de primero quisiera pediros excusas por no atender vuestras peticiones, pues muchas veces me habéis dicho use mi «pluma de plata» por espantar a esos follones e siempre os desoigo.
- Sois vos el que ha de decir cómo hacer las cosas – respondióme -, e aunque os dé mi consejo, tomadlo como lo que es.
- Pues sobre la tal pluma quería un consejo – le dije -, pues hame dicho Marcos que acaso vos sabéis si con esa arma pudiérase espantar (o dar muerte) a esos follones sin hacer fuego ni daño alguno a la naturaleza que nos rodea.
- Así puede hacerse, papá – dijo de contento -; yo mesmo he de preparárosla para no dejar follón con vida, ni con alma, e sin tocar hoja de un árbol ni topillo que se esconda.
- ¡Dadme un beso! – abracélo -, e subid agora a vuestras clases, que esta mesma tarde hemos de aprestar la tal arma por si esos follones se aparecen. Mas no decid nada de lo hablado.
- ¡Bien sabéis soy una tumba!
- ¡Llena de conoscimientos e no de muerte! ¡Lo sé!


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