30 enero, 2009

De la persona non grata (2/2)

ue llegándose la noche e todos recogíamos en nuestras maletas ropas y en cajas otras cosas. E seguía Su Ilustrísima sin hablar; como en espera de lo prometido e puedo prometer (y prometo) que nada sabía de lo que iba a ocurrir, mas algo (o Alguien) me decía todo saldría bien.


E bajé a las cocinas por tomar un poco de café e un algo de otra cualquiera cosa, cuando dióme aviso Cayetano de otra extraña visita.


En llegándonos a la puerta, le hice señas de no guardar el coche de aquel hombre; en su rostro vi no traía buenas nuevas.


- ¡Buenas tardes! – dije amable - ¿En qué cosa puedo ayudaros?


- En cumplir con las órdenes que os da el Ayuntamiento – contestó grave -, pues una carta de allí traigo e yo mesmo puedo deciros que mañana mesmo, sábado, habréis de partir desta casa, que ha determinado el Ayuntamiento sois «persona non grata».


- Idiomas no sé, caballero – fingí -; ni de letras ni de políticas. Acaso vos mesmo podríais decirme qué es eso de «persona no garrapata».


- ¡No, señor! – dijo enfurecido -; bien sé que entendéis lo que os digo e si así no fuere, no digo más que lo que se escribe en este documento; que sois persona que no agrada a este pueblo e mañana ya no podréis estar aquí.


E tomando con calma el tal documento (lleno de faltas de ortografía) donde se decía (como manifestó aquel hombre) que Grazalema me consideraba «persona non grata» e dábase orden de mi destierro antes de la media noche, leílo completo hasta tres veces (e bien despacio). Mirélo sonriendo rompí el papel ante su mirada perpleja e contesté severo mostrándole una daga bien pulida.


- Esto – señalé a mi en derredor con la daga – no es «un pueblo»; es territorio de Grazalema; e yo no soy persona poco grata para «este pueblo», sino para cierto individuo deste pueblo que no debería permitir el tal Ayuntamiento se le llamase «grazalemeño». Desta casa voy a irme, no porque se me obligue, sino por no ver ciertos rostros; mas tampoco ha de ser esta noche ni mañana de mañana, sino en el momento en que me plazca ¡Comunicadlo así a esos ayuntados tan «gratos» para ellos mesmos!


E tomando la puerta con fuerzas, cerréla ante sus narices e quedé dentro de la casa frente a Cayetano que mirábame con espanto. Reí e lo tomé del brazo.


- ¿Acaso pensáis me asustan estos titereros e no me asustan aquellos guardias asesinos? ¡El mesmo domingo, por la mañana, a misa de diez iremos todos a la Iglesia de Santa María de Grazalema e, una vez oída la misa entera como es precepto, a esta mesma casa volveremos, Cayetano, que soy yo el que decido si me quedo.


- ¡Con razón, haciendo esto – dijo -, van a deciros estos politicastros sois un dictador!


- ¡No tal, Cayetano; no tal! E con esos vuestros ojos habréis de verlo. Agora que está todo recogido, nuevas órdenes os doy. Ciérrense al amanecer puertas e ventanas como si aquí dentro no hubiese nadie. Avísese a Lorenzo porque no venga e así ya he avisado a Andrés. Si alguien mañana a esta casa se acerca, ni coche, ni caballos, ni persona alguna encontrará, sino todos los cerrojos bien cerrados como si hubiésemos partido en huyendo.


- ¡Lo que pedís…!


- ¡Hacedlo!


En Grazalema e a treinta de enero del año de dos mil e nueve

No hay comentarios.:

Publicar un comentario