arescióme esperabábame Su Ilustrísima por la tarde, pues a mitad de las escaleras bajaba de una corta siesta, cuando ya le oía hablar con enojo.- ¡Buenas tardes, Ilustrísima! – dijimos -, que se os nota airado.
- ¿E cómo airado no voy a estar? – contestó extrañamente sin saludo - ¿Es de razón acaso lo que en esta casa y en este pueblo está acaesciendo? ¡No dudéis de que siendo sacerdote sea bueno, mas no quisiera tomáseme nadie por tonto!
- ¡Esperad, Ilustrísima! – acercóse Marcos confuso - ¡Manifestad el motivo de vuestro enojo, que nunca os he visto así e no sabemos qué os sucede!
- Acaso no sepan vuestras mercedes el motivo – contestó más tranquilo -; eso no puedo dudarlo. Quisiera yo saber qué es todo este entuerto de ediles ateos, rosarios, destierros… ¿Cómo puede un Capitán al que Grazalema le debe tanto que nunca podría satisfacérselo entrar en absurdas patrañas como estas? ¿Acaso pensáis de un guindo he caído? ¡Muy bien sé que por un solo hombre que os ha insultado, hombre, sí, e vil, por muy edil que se tenga, os avenís a dejar este pueblo, vuestra Patria, la que os ama! A vuestros niños ya lo dije, que si un Demonio os ataca, miles de ángeles habéis por defenderos; desta casa e deste pueblo, ¡nadie va a echarnos!
- ¡Esperad, Ilustrísima! – dije calmo -, no hagáis caso de lo que habéis oído, que es esta mi Tierra, mucho he hecho por ella e no pienso abandonarla.
- ¡Pues no es eso lo que se me ha dicho! – habló con más enojo aún -, pues hame ordenado Cayetano recoja todos mis enseres que a Sevilla tenemos que migrar a vivir por aquí no querernos e, si así es, a Ronda vuelvo, que allí tengo mi casa ¡Satán acabará venciendo!
Y en riendo con cariño al ser que tanto había hecho por mí, aclaréle secretos que no debería revelar por el momento.
- Veréis, Ilustrísima… - sentéme a su lado -; habéis de calmaros que no es lo que pensáis ni lo que oís lo que ha de suceder, sino que en habiendo un trazado que no debería revelar, he dado órdenes esta mañana de que se cumpla mi destierro. Hagamos esta parodia, es merced que con el corazón os ruego me concedáis, pues si… ciertas personas no creen en firme he de partir de aquí, otro «asunto» pendiente se malograría ¡En confesión debería deciros esto!
- ¡Válame Dios, sobrino! – exclamó con espanto - ¿Qué cosa tramáis agora que hasta nuestras ropas hemos de recoger como si huyésemos?
- Creedme, Ilustrísima – bajé la voz -; haced que cumplís mis órdenes, aunque sea cosa de mucho trafego, e todo al cabo quedará como está; mas esperad sólo un día; ¡uno solo!
- En duda me dejáis, sobrino – dijo entonces –, e siento tanto por vos como por mí esta ira que llevo dentro ¡Excusadme! Nunca más he de preguntar si es verdadero lo que decís, mas si en pasando el domingo hubiésemos de partir, vuesas mercedes a Sevilla irían e yo a Ronda ¡E mirad siento en mi alma lo que os digo!
- A Ronda no iréis, Ilustrísima – apuntó Marcos -, pues no hemos de partir a Sevilla. ¿Cómo piensa hacerlo su sobrino…? – miróme de extraño -. No es cosa de que revele ningún trazado que malogre otro ¡Creo lo que dice es verdadero!
E levantándose en silencio, a su estancia anduvo lentamente e como meditando.
- ¡Sólo los enseres, Cayetano, aquí han de quedar los muebles e todo lo demás!


No hay comentarios.:
Publicar un comentario