25 enero, 2009

De la grave decisión tomada (2/2)

n llegando la hora de bajar por desayunarnos, en el pasillo encontramos a los pequeños e diéronnos los buenos días e acercáronse a besarnos. Mas vi extraña mirada de Marinín al besar a Marcos e, como en disimulo, volvió los sus ojos hacia mí sonriendo.

- ¡Buenos días nos dé Dios, familia! – nos saludó Su Ilustrísima -, que a lo reflejado en vuestros rostros, paréceme han de ser buenos.

- ¡Buenos han de ser, Ilustrísima! – exclamé -, que razón alguna hay porque sean malos.

E parecióme miraba como confuso a Marcos e nada quiso decir, mas llegada la mitad de la mañana, acercóse a mí a solas e hablóme quedo.

- ¡No sé qué cosa noto en Marcos, sobrino! – me dijo -, que si mi vista no fallase, diría lo he visto como envuelto en luz. Y esto sólo lo he visto una vez e bien sabéis cuándo, cómo e por qué.

- No he de ocultaros nada – le dije -, pues acaso hayáis visto tales resplandores, mas he de deciros que he puesto a Marcos, y aclararos no puedo el motivo, el remedio para parar sus días. Tomadlo como ruego suyo e como hecho mío al que nunca avíneme.

- Lo hecho por vos – dijo -, sea por esto o por aquesto, bien hecho está; vuestros motivos habréis por hacerlo e no he de ser yo el que entre en tales empresas, sino que os agradezco me confeséis lo hecho, que como en secreto de confesión quedará, sino que ¡heme asustado, sobrino!

Reímos e de tal nunca más se habló en todo el día. Mas llegóse a mi bufete Marinín, pidió la venia por entrar y, en pasando, vi ponía el pestillo. Acercóse a mí sonriendo e abrazóme.

- ¡Cuánto os quiero, papá! – exclamó - ¡Cuánto os quiero! Nada más habéis de decirme e nada he de decir yo, sino que he de agradeceros el ver lo que he visto.

- ¡Así será, hijo! Volved a vuestros juegos e pensad nada ha sucedido sino que el tiempo os dejará ver si es cierto lo que pensáis.

E ya acabando el día, miré a Marcos con contento, que aunque no quería facer tal cosa, pensé no hice mal ni daño alguno; veíalo feliz e reluciente e preguntóme si alguna cosa notaría en el cuerpo. Con esto, le dije que nada habría de notar, sino que no confiase ciegamente en lo hecho porque no hiciese cosas pensando era hombre invencible. E casi no pudimos dormir en toda la noche, sino que en pláticas interesantes, como liciones, estuvimos hasta bien llegada la madrugada.

En Grazalema e a veinte e cinco de enero del año de dos mil e nueve.

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