25 enero, 2009

De la grave decisión tomada (1/2)

ntes de dormir, manifestábame Marcos, ya yaciendo, la preocupación que había por las vidas de todos los de la casa e, así mesmo, decía muy gravemente, casi en llantos, por todos ellos daría su vida si no fuese porque al morir dejaría de verme.


- ¡No penéis, Marcos, por eso! – acariciéle -; no habéis obligación alguna de luchar, sino que vuestro trabajo a mi lado es la economía desta vuestra casa.


- ¿Solo en la lucha… - exclamó - pensáis voy a dejaros?


- Mi cuerpo a las graves heridas sobrevive – le dije – e no así el vuestro. Poneos a salvo e no penséis es gesto de cobardía, que buena arma he aprestada para la siguiente batalla; ¡y he de vencerla!


E como mudo, fue quedando dormido e yo en pensamientos despierto. Con esto, en despertando de temprano, de la cama salí con cuidado de no sacarlo de sus sueños e con mi capa abriguéme e, tomando luego más ropa de abrigo del vestidor, a los campos salí aún a obscuras.


Truje a la casa las hierbas necesarias e sin ruido facer alguno, en las cocinas preparé una tisana secreta e a la parte trasera de la casa lleguéme e apresté el temazcal e unos ritos fice.


Y terminando estaba de poner cada cosa en su sitio cuando una mano se posó como paloma en mis espaldas e la mirada de Marcos en la mía clavóse como puñal.


- ¿Qué cosa hacéis, Marino? – preguntó aterrado -; solo me habéis dejado e os encuentro aquí a escondidas ¡Decidme no os haréis daño!


- ¿A qué preocuparse, amigo – le dije -, cuando deberíais sentir gozo? Aunque lo que voy a facer va en contra de mi voluntad, a favor de la vuestra va, pues presta está la tisana e presto está el temazcal para vos.


- ¿Acaso pensáis estoy enfermo de algún mal?


- ¡No tal, amigo del alma! ¡No tal! – sonreíle -. Algo que no quiero voy a hacer por ver la sonrisa en vuestro rostro e cumplir vuestros deseos, pues en la cocina tengo preparado todo e agora pensaba despertaros porque bajaseis, pues ahí dentro – señaléle el temazcal - habréis de estar hasta quince minutos y, en saliendo, habráse parado el reloj de vuestros días.


Dio paso atrás de primero como en espanto e quedó pegado a la pared mas, mirándome en lo obscuro, vi brillar los sus ojos e oí su voz.


- ¡Dejadme acompañaros a las cocinas! – dijo -, pues yo mesmo he de ayudaros a traer lo que os sea menester.


- ¡No tal! – bajé la voz - ¡Hemos de ser prestos! ¡Entraos en el aseo e quitaos lo poco que habéis puesto, mas no dejad en vuestro cuerpo ni tan siquiera la alianza!


- ¡Así lo haré! – dijo de contento, llorando e abrazándome -.


- ¡Vamos! ¿A qué esperar? ¡Terminemos esto antes de que todos despierten!


Así, fui a las cocinas a por el preparado y, ya volviendo, encontrélo envuelto en una toalla e tiritando.


- No es frío lo que tengo, Marino – me dijo -, sino mezcla de asombro, agradecimiento, felicidad e… acaso temor. Mas he de hacer esto.


Levanté la piel de cabra que cubría la entrada y entreguéle una manta en diciéndole yaciese, como feto yace, en el suelo e di la vuelta hasta el hueco por donde veíanse las piedras ya candentes. Calculando estaba ya presto, allí eché la mitad del agua y esperé atento. Nada oí en siete minutos e la otra mitad de la tisana vertí.


Esperé ante la entrada e, dentro de los quince minutos, levantando la piel, le hice señas porque saliese.


- ¡Vamos, vamos! – susurré - ¡Envolveos en esta manta e pasemos a la casa!


- No puedo deciros – veíase su rostro iluminado – si siento grande calor o grande frío, mas puedo aseguraros me hacéis feliz como nunca lo habéis hecho.


- ¡Tal cosa no importa agora! – abriguélo - ¡Subamos de priesa a la estancia!


E allí subimos e le dije se diese baño de agua templada e sin jabón; e su cuerpo limpió de sudor e con una toalla como sábana evolvílo, sequélo e abracélo. Y en mirando en profundo los sus ojos, supe el efecto del remedio en su cuerpo.


- ¡Bienvenido al mundo de los inmortales e perdonadme haga esto, que egoísta me siento!

- ¡Yo soy el egoísta, Marino, que no quiero nunca perderos!

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