02 enero, 2009

De cómo preparóse la cabalgata (2/2)


legó Guillermo dentro de otra pieza acudiendo a mi llamado e pedíle como merced a Ronda me llevase, que unos trámites habría de hacer y estaba Marcos… un poco atareado en sus empresas.


- ¡Excelencia! – exclamó al verme -, vergüenza siento de llevaros a Ronda en coche tan poco adecuado como el que tengo, que hasta sin ruedas me lo regalaron e yo mesmo lo fice andar.


- ¡Encomiable labor la vuestra! – miré su coche -; bien es cierto que aparece algo viejo, mas se mueve. Y eso sólo es lo que yo necesito, junto al cochero, para ir a Ronda mas…¡Ay!


- ¿Suspiráis, Capitán?


- ¡No, nos piramos! – corrí -; pedid las llaves de nuestro coche a Cayetano, que no ha Marcos menester dél. En él me llevaréis.


E di aviso a Lorenzo porque aprestara, como nunca lo hubiese hecho, los cuatro caballos que cuidaba e, al volver a la entrada de la casa, vi a Guillermo asustado en mirando nuestro coche.


- ¿Acaso es este tan distinto – preguntéle – que conducirlo a Ronda no podéis?


- ¡No es eso, excelencia! – sonrióme -, sino que coche como aqueste jamás pensaba iba a manejar. A donde digáis he de llevaros.


- ¡Aprestaos pues, Guillermo! – fuime hacia mi puerta -, que es corto el viaje e poco lo que he de facer. En breve estaremos de vuelta.


E oí aquel a modo de silbido que oíase siempre cuando abríanse las puertas e a mi asiento salté junto a Guillermo e mi cinturón seguro enclavé a mi siniestra e, cerrando las puertas, agachóse el joven por poner las llaves en su sitio… e agachéme yo por besarle.


- El favor que me hacéis – le dije – con nada puedo pagároslo. En volviendo de Ronda, daré órdenes de que se os lleve a vuestra casa coche igual que este. Y no es esto pago que satisfaga la merced que os pido. ¡Marchemos!


E comenzamos a movernos con suavidad e no cesaba de mirarme Guillermo de cuando en cuando, que es menester atender al camino e no al de al lado, si no quiere acabarse tendido al lado del camino.


Y en llegando a la Plaza de Toros de la Maestranza rondeña, encontró sitio donde parar el coche, dio la vuelta e quiso ayudarme a bajar dél, mas vio no era tal cosa necesaria.


- Apretad esa llave e cerrad las puertas – le dije -, que ellas mesmas silban e ya no se abren. ¡Seguidme agora!


E con grande orgullo, como si mi paje se sintiese, a un paso tras de mí, e a mi diestra, acompañóme una pieza.


- A fe, Guillermo – miré atrás -, que lo correcto haríais si mi paje fueseis, mas no lo sois, sino que como amigo de confianza os tengo e no os quiero caminando tras de mí. Poneos a mi alcance, e a mi vista e, cuando yo os lo pida, esperad en la puerta donde me entre.


Y en llegando a la tienda, dije a Guillermo allí restase y entréme con priesas.


- ¡Excelencia! – dijo uno con asombro - ¿Acaso os trae aquí algún problema con los equipos entregados?


- ¡No tal, Majestad! – contestéle en reverencia -, que aunque poco los hemos podido usar mucho los hemos disfrutado. Otro es el asunto que aquí me trae.


E mirando con extraño a sus compañeros acercóse un poco más a mí e preguntó:


- ¿Acaso… otros seis quisiéredes llevaros?


- ¡No seis, Majestad! – contestéle -, sino sólo tres e tan reales comos vuesas mercedes.


- ¿A nosotros nos queréis, excelencia? – preguntó el otro retrocediendo -.


- Es merced que espero me concedáis – les dije -, pues quiero entren Sus Majestades reales en el pueblo e yo mesmo he de anunciar vuestra comitiva.


- Bien reales somos, señor – contestó el primero -, y aunque tres somos e bien reales, ni Melchor ni Gaspar ni Baltasar habemos por nombre e como humildes dueños desta tienda ganamos para poder vivir.


E viendo yo que hubo acaescido cosa que no entendía e sin los auténticos Reyes Magos me quedaba para la cabalgata, híceles oferta de vestirse como Sus Majestades y en el pueblo entrar a caballo tras de mí, como si los Reyes fuesen; e grande oferta de dinero les hice.


- Hacer eso e por lo que ofrecéis… - contestó el primero -, bien podemos hacerlo, mas decidnos cómo se haría.


Y en diciéndoles yo todo estaba presto, cortejo había, caballos, dulces e muchos regalos, trocáronse sus caras en poco llenándose de ilusión.


- Por el dinero que ofrecéis no hemos de hacerlo, excelencia – dijo el tercero -, sino porque sea realidad la ilusión desos niños.


- Tanto más he de agradecéroslo – concluí -; e preparad otro equipo como los ya entregados para el joven que en la puerta me espera.


En Grazalema e a dos de enero del año de dos mil e nueve.

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