n mi bufete estaba cuando parecióme oír grandes voces e alguien se acercaba a la puerta. Sin tocar antes, abrióse ésta y entró Marcos con la su tez como de alabastro acercándose a la mesa.- ¡A fe, Marino – gritó -, que en tales entuertos me metéis que dellos no sé cómo salir!
- Calmaos, amigo – dije pausadamente -, que no hay entuerto que no haya remedio e, si vos no veis la salida, yo he de mostrárosla ¿Qué os trae tan perturbado?
- De Grazalema vengo – dijo enardecido – e con la señora Alcaldesa e otros ediles del pueblo he hablado por decirles haríais vos tal cabalgatas de Reyes, que hasta de toda la Serranía vendrían a verla.
- ¿Así os dije hicierais, no?
- Así lo dijisteis, Marino – continuó -, mas no pensaba yo fuesen a oírme, e escucharme, con tal atención. Propúseles haber grande fiesta ya al anochecer, con muchas luces e pajes repartiendo dulces a los niños por todo el pueblo y, en llegando la hora, no muy tardía, apareceríais vos, el mismísimo Capitán Alacaída, anunciando la llegada al pueblo de Sus Majestades. E palabras no hubo en tanto narraba, e inventaba, cosas maravillosas que habrían de ver los niños e, con tal atención me oyeron, que en acabando mis pláticas, levantóse asombrada la señora Alcaldesa como preguntándose a sí mesma: «¿El Capitán?».
- Respirad con calma – le dije – e seguid narrando, que aunque escribo, atento os escucho como esos ediles.
- Fue así – dijo entonces – cuando comenzó a dar órdenes a este edil e a aquel edil porque se me diesen los permisos necesarios para prepararlo todo esta mesma tarde. ¿Y queréis decirme cómo vais a facer cuanto he dicho se hará?
- Decidme acaso de primero qué ha de hacerse – contestélle – e os diré cómo ha de hacerse.
Y era tan maravilloso de oír lo pensado por Marcos e tan fácil de imaginar los rostros ilusionados de todos los pequeños, que le dije preparase cuanto había dicho se haría e que, en tanto él buscaba cortejo, galas, dulces, luces e otras cosas, el mesmo Guillermo me acercaría a Ronda por buscar a aquellos tres reyes que a mi casa se llegaron.
- ¡Os digo, Marino – insistió -, en que ha de ser costoso lo por mí inventado!
- El precio no quiero saber – le dije – en sabiendo ha de ser una fiesta que a todos los niños de Grazalema ilusione.
- ¿De Grazalema, decís? – preguntó indeciso -. Es el caso que la señora Alcaldesa va a pregonar por toda la Serranía que el Capitán vendrá este año a Grazalema con Sus Majestades e que harán grandes presentes a niños e mayores.
- ¿No os gustaría todos ellos los viesen llegar – preguntéle –, hablasen con ellos e recibiesen de sus propias manos unos regalos?
E sin decir otra cosa, del bufete salió muy quedo e como pensando iba.
En Grazalema e a dos de enero del año de dos mil e nueve.


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