31 enero, 2009

Del día del claustro - Adendum

uise en la tarde acercarme una pieza a Su Ilustrísima e hubimos unas pláticas, que asombrado estaba de ver cómo todos en la casa, por cumplir con mi trazado e con lo propuesto por don Juan, habían gran silencio e recogimiento.


- ¡Excusadme, Ilustrísima! – le dije quedo -, pues agradeceros quiero que habiendo de estar todos como he dicho un día entero encerrados, hayáis pensado dedicar este día, onomástica de San Juan Bosco, el Gran Maestro, a estos a modo de ejercicios espirituales.


- Cualquier recogimiento es bueno, sobrino – contestóme sabiamente -, no sólo por orar o por la paz de nuestro espíritu, sino que habréis de ver cómo al abrir puertas e ventanas, todos se llenan del gozo de la libertad. Así como cuando un día entero se hace ayuno e la comida del día siguiente es más placentera.


- Así sea – manifesté -, pues nadie ha de saber aquí estamos ni qué cosa hacemos.


- Algo hemos olvidado, sobrino – me dijo -, e acaso no sea yerro grave, pues hase dejado la chimenea encendida e algún avispado que a la casa se acercase por ver si hemos partido, pudiera ver el humo salir.


- ¡Santo Dios! – exclamé - ¡En tal cosa simple no he pensado!


- Dejadla encendida – dijo -, pues toda chimenea apagada puede dejar salir humo por los rescoldos e tampoco paréceme a nadie extrañe, sino que ha de llamar más su atención ver la casa como abandonada, que hasta una cadena gruesa e con candado ha puesto Cayetano reforzando la entrada.


- Así podéis ver, Ilustrísima – concluí -, cómo en nosotros confían pequeños, compaña e servicio e puedo aseguraros mañana, acaso por vernos ir a misa al pueblo, mucho ha de hablarse desto. E si las gentes deste pueblo manifiestan su deseo de mi destierro, he de irme, mas puedo aseguraros no ha de ser así e no he de partir por las órdenes de un envidioso.


- ¡Mal haríais! – dijo ya en partiendo - ¡Demasiada gente hay en este pueblo que os ama ¿Acaso los abandonaríais?

Del día del claustro

iendo ya sábado de mañana e no habiendo aún amanecido, purificamos Marcos e yo nuestros cuerpos e pusimos ropas sencillas. Oíanse ya ruidos por la casa e pensé el servicio aprestaba puertas e ventanas. Así, fue Marcos hasta la nuestra e, tomando las puertas, cerróla de espacio y en silencio e tomó un candelabro con tres velas encendidas.

Apenas hubímos plática alguna, sino que al pasillo salimos, que muy obscuro estaba, e ya cerca de la bajada al salón, nos esperaban los cuatro niños, como se les dijo, vestidos con sencillez y en completo recogimiento. Sólo un «¡Buenos días nos dé Dios!» oyóse e bajamos al salón.

En pie, y en orden, esperaba todo el servicio con sus ropas más humildes (e allí vi a Lorenzo que en la casa restó por acompañarnos a todos) e ficieron saludo unánime matutino con una leve inclinación de sus cabezas. Con esto, lleno de gozo por ver cómo todos seguíamos sus consejos, habló Su Ilustrísima en pie desde la puerta de la capilla, que abierta estaba e muy iluminada por llamas de cera:

- Dominus vobiscum, frates… Domine, dilexi decorem tuæ et locum habitationis gloria tuæ.

E así como nos fue dicho (en papel escrito para todos), como uno solo contestamos:

- Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta; ab homine inicuo et doloso erue me.

E con estas palabras, hubimos todos una misa en recogimiento e, luego desto, al comedor pasamos e todos, junto al servicio, compartimos nuestros alimentos.

- Cada uno – habló en voz baja Su Ilustrísima - haga lo que conveniente crea e respétese el silencio en todo el día, no sólo por recogimiento de nuestro espíritu, sino por la necesidad que habemos de no ser oídos desde afuera.

E nada se oyó, sino que todos cumplimos como fue dicho e todo el día hubimos de estar con luces de cera e con ventanas e puertas cerradas.

Pasó casi todo este tiempo Su Ilustrísima en oraciones e Marcos, Víctor, Lorenzo, mis hijos e yo mesmo, en el salón restamos en pláticas e contando historias; y en algún momento se fizo pausa e se rezó un rosario por así pedirlo Lorenzo. Desta forma, supe que este joven a menudo debería rezarlo; e recordé con un rosario de los llamados mala en esta Casa entró.

En silencio, e todos juntos, hubimos el almuerzo. E igualmente pasamos la tarde muy quedos. Y era maravilla de ver cómo los más pequeños sonreían e ninguno dellos quejóse del silencio ni del recogimiento.

Así, llegó la cena, que también hubimos todos juntos, e dijo Su Ilustrísima muchas oraciones e latines. E tras la cena una pieza estuvimos sentados a la luz del hogar de la chimenea y, en llegando la hora del descanso, a su estancia partió cada uno. Y en la nuestra nos hallamos Marcos e yo, que por no hablar a mi equipo «Chuti», estas líneas escribo e pienso ya en lo que nos guardare el domingo.

En Grazalema e a treinta e uno de enero del año de dos mil e nueve.

30 enero, 2009

De la persona non grata (2/2)

ue llegándose la noche e todos recogíamos en nuestras maletas ropas y en cajas otras cosas. E seguía Su Ilustrísima sin hablar; como en espera de lo prometido e puedo prometer (y prometo) que nada sabía de lo que iba a ocurrir, mas algo (o Alguien) me decía todo saldría bien.


E bajé a las cocinas por tomar un poco de café e un algo de otra cualquiera cosa, cuando dióme aviso Cayetano de otra extraña visita.


En llegándonos a la puerta, le hice señas de no guardar el coche de aquel hombre; en su rostro vi no traía buenas nuevas.


- ¡Buenas tardes! – dije amable - ¿En qué cosa puedo ayudaros?


- En cumplir con las órdenes que os da el Ayuntamiento – contestó grave -, pues una carta de allí traigo e yo mesmo puedo deciros que mañana mesmo, sábado, habréis de partir desta casa, que ha determinado el Ayuntamiento sois «persona non grata».


- Idiomas no sé, caballero – fingí -; ni de letras ni de políticas. Acaso vos mesmo podríais decirme qué es eso de «persona no garrapata».


- ¡No, señor! – dijo enfurecido -; bien sé que entendéis lo que os digo e si así no fuere, no digo más que lo que se escribe en este documento; que sois persona que no agrada a este pueblo e mañana ya no podréis estar aquí.


E tomando con calma el tal documento (lleno de faltas de ortografía) donde se decía (como manifestó aquel hombre) que Grazalema me consideraba «persona non grata» e dábase orden de mi destierro antes de la media noche, leílo completo hasta tres veces (e bien despacio). Mirélo sonriendo rompí el papel ante su mirada perpleja e contesté severo mostrándole una daga bien pulida.


- Esto – señalé a mi en derredor con la daga – no es «un pueblo»; es territorio de Grazalema; e yo no soy persona poco grata para «este pueblo», sino para cierto individuo deste pueblo que no debería permitir el tal Ayuntamiento se le llamase «grazalemeño». Desta casa voy a irme, no porque se me obligue, sino por no ver ciertos rostros; mas tampoco ha de ser esta noche ni mañana de mañana, sino en el momento en que me plazca ¡Comunicadlo así a esos ayuntados tan «gratos» para ellos mesmos!


E tomando la puerta con fuerzas, cerréla ante sus narices e quedé dentro de la casa frente a Cayetano que mirábame con espanto. Reí e lo tomé del brazo.


- ¿Acaso pensáis me asustan estos titereros e no me asustan aquellos guardias asesinos? ¡El mesmo domingo, por la mañana, a misa de diez iremos todos a la Iglesia de Santa María de Grazalema e, una vez oída la misa entera como es precepto, a esta mesma casa volveremos, Cayetano, que soy yo el que decido si me quedo.


- ¡Con razón, haciendo esto – dijo -, van a deciros estos politicastros sois un dictador!


- ¡No tal, Cayetano; no tal! E con esos vuestros ojos habréis de verlo. Agora que está todo recogido, nuevas órdenes os doy. Ciérrense al amanecer puertas e ventanas como si aquí dentro no hubiese nadie. Avísese a Lorenzo porque no venga e así ya he avisado a Andrés. Si alguien mañana a esta casa se acerca, ni coche, ni caballos, ni persona alguna encontrará, sino todos los cerrojos bien cerrados como si hubiésemos partido en huyendo.


- ¡Lo que pedís…!


- ¡Hacedlo!


En Grazalema e a treinta de enero del año de dos mil e nueve

De la persona non grata (1/2)

arescióme esperabábame Su Ilustrísima por la tarde, pues a mitad de las escaleras bajaba de una corta siesta, cuando ya le oía hablar con enojo.

- ¡Buenas tardes, Ilustrísima! – dijimos -, que se os nota airado.

- ¿E cómo airado no voy a estar? – contestó extrañamente sin saludo - ¿Es de razón acaso lo que en esta casa y en este pueblo está acaesciendo? ¡No dudéis de que siendo sacerdote sea bueno, mas no quisiera tomáseme nadie por tonto!

- ¡Esperad, Ilustrísima! – acercóse Marcos confuso - ¡Manifestad el motivo de vuestro enojo, que nunca os he visto así e no sabemos qué os sucede!

- Acaso no sepan vuestras mercedes el motivo – contestó más tranquilo -; eso no puedo dudarlo. Quisiera yo saber qué es todo este entuerto de ediles ateos, rosarios, destierros… ¿Cómo puede un Capitán al que Grazalema le debe tanto que nunca podría satisfacérselo entrar en absurdas patrañas como estas? ¿Acaso pensáis de un guindo he caído? ¡Muy bien sé que por un solo hombre que os ha insultado, hombre, sí, e vil, por muy edil que se tenga, os avenís a dejar este pueblo, vuestra Patria, la que os ama! A vuestros niños ya lo dije, que si un Demonio os ataca, miles de ángeles habéis por defenderos; desta casa e deste pueblo, ¡nadie va a echarnos!

- ¡Esperad, Ilustrísima! – dije calmo -, no hagáis caso de lo que habéis oído, que es esta mi Tierra, mucho he hecho por ella e no pienso abandonarla.

- ¡Pues no es eso lo que se me ha dicho! – habló con más enojo aún -, pues hame ordenado Cayetano recoja todos mis enseres que a Sevilla tenemos que migrar a vivir por aquí no querernos e, si así es, a Ronda vuelvo, que allí tengo mi casa ¡Satán acabará venciendo!

Y en riendo con cariño al ser que tanto había hecho por mí, aclaréle secretos que no debería revelar por el momento.

- Veréis, Ilustrísima… - sentéme a su lado -; habéis de calmaros que no es lo que pensáis ni lo que oís lo que ha de suceder, sino que en habiendo un trazado que no debería revelar, he dado órdenes esta mañana de que se cumpla mi destierro. Hagamos esta parodia, es merced que con el corazón os ruego me concedáis, pues si… ciertas personas no creen en firme he de partir de aquí, otro «asunto» pendiente se malograría ¡En confesión debería deciros esto!

- ¡Válame Dios, sobrino! – exclamó con espanto - ¿Qué cosa tramáis agora que hasta nuestras ropas hemos de recoger como si huyésemos?

- Creedme, Ilustrísima – bajé la voz -; haced que cumplís mis órdenes, aunque sea cosa de mucho trafego, e todo al cabo quedará como está; mas esperad sólo un día; ¡uno solo!

- En duda me dejáis, sobrino – dijo entonces –, e siento tanto por vos como por mí esta ira que llevo dentro ¡Excusadme! Nunca más he de preguntar si es verdadero lo que decís, mas si en pasando el domingo hubiésemos de partir, vuesas mercedes a Sevilla irían e yo a Ronda ¡E mirad siento en mi alma lo que os digo!

- A Ronda no iréis, Ilustrísima – apuntó Marcos -, pues no hemos de partir a Sevilla. ¿Cómo piensa hacerlo su sobrino…? – miróme de extraño -. No es cosa de que revele ningún trazado que malogre otro ¡Creo lo que dice es verdadero!

E levantándose en silencio, a su estancia anduvo lentamente e como meditando.

- ¡Sólo los enseres, Cayetano, aquí han de quedar los muebles e todo lo demás!

Del aviso del destierro

staban ya los pequeños en sus liciones esperando se llegase el sábado, cuando dióme aviso Cayetano de que alguien venía a visitarme e, saliendo a recebirlo a la puerta, encontré a la señora Alcaldesa en bajándose sola de su coche.


- ¡Permitidme entrar en vuestra casa, excelencia – dijo en apuros -, que lo que he de hablar con vos no quiero oiga nadie más!


- ¡Pasad, Ilustre señora, que a vuestra Casa os llegáis! – saludéle -; a mi bufete nos entraremos e nadie sabrá lo que habéis de decirme.


E no esperando el gesto, alzóse sobre la punta de sus pies e besóme rompiendo el protocolo.

- Decidme lo que os apena, señora - le dije -, que en vuestro rostro lo veo.


- Mucho me apena, excelencia – dijo -, e hasta vergüenza dame el hablaros desto.


- Así me lo parece – contestélle en reverencia -, que os veo llegaros sola.


- ¡E oculta! – contestó al punto -, pues nadie sabe he venido a manifestaros ciertos acontecimientos.


E imaginando cosas, quise se sintiese como en su casa e pedí café para entrambos e puse el pestillo en la puerta.


- Podéis hablar agora en confianza, señora – le dije -, que nadie ha de oír lo que habléis… o lo que hablemos.


- Es el caso, excelencia – dijo casi en llantos -, que un edil de mi Ayuntamiento piensa queréis entraros en política haciendo grandes espectáculos, entregando presentes, dando trabajo a los menesterosos… ¡E tal cosa no creo!, sino que este hombre os odia. Un rico rosario de oro regaló uno desos reyes que trujísteis al pueblo e piensa es una ofensa a sus ideas ateas. Bien sé que desto os ha hablado en malos modos e como ni hombre ruin se merece, siendo como sois grazalemeño y entregado a los demás.


- Sólo soy Capitán e creyente, señora – dije en mi conciencia -; e como Capitán, a la disciplina me ajusto, e como creyente, nunca miento. Así pues… ¿cómo piensa ese hombre voy a entrar en política? Pues, salvo casos como el vuestro, no he encontrado político disciplinado ni verdadero. No soy, y a orgullo lo llevo, sino el grazalemeño más longevo e más amante de su Patria e, ni siquiera en amenaza de quitarme la vida, haría daño alguno a mi Tierra ni a sus gentes.


- Pues con astucia – dijo – ha conseguido convencer a todos de que habrá que desterraros deste pueblo e, ha pedido urgente cónclave en pleno esta mañana por votar se os expulse; ¡e sólo yo me he opuesto!


E viéndola lloraba con desconsuelo, levantéme e a ella acerquéme.


- ¡No habed cuidado, señora! – dije seguro -, que bien sé por dónde han de salir los tiros.


- ¡No pude soportar sus palabras cuando vio de quién le llegaba el presente e, mucho menos, las injurias que hube de oír al ver el contenido e, blasfemando, hizo llevar la caja a tres mozos a «ese imbécil inculto que habemos por cura» ¡Y en la iglesia de Santa María están todos ellos!


- ¿En la iglesia? – pregunté en viendo se cumplía mi trazado - ¡A buen recaudo los ha puesto él mesmo! Volveos a Grazalema, secad vuestras lágrimas e sonreíd como siempre lo habéis hecho, que aunque hayáis de cumplir con las órdenes desa horda, que así se «ayuntan», seguís siendo la Alcaldesa. Llevad vuestro bello rostro siempre bien alto e bien visible e nunca, a riesgo si tal creéis, de perder vuestro puesto, deis la espalada a Grazalema; y el pueblo estará con vos.


- Estas palabras os agradezco – dijo -; en mí habéis apoyo, no os fallaré, mas mañana mesmo habéis para abandonar estas tierras… ¡e no sabéis cuánto me apena!


- Palacios tengo por toda España, señora – le dije -, no he de esconder mis riquezas; volveré mañana mesmo a vivir en Sevilla, mas como grazalemeño he de volver cuando en gana me venga a mi palacio, que he de dejar bien cuidado por no desmerecer estos paisajes serranos.


- ¡E las puertas de mi humilde casa habéis abiertas!

29 enero, 2009

Del entuerto del rosario (3/3)

a estando en el bufete con la caja (que allí llevamos entre cuatro), puso Marcos unas cintas pegadas porque no se abriese la caja con facilidad.

- ¡Mucho me temo sé quién ha de entregar este… «presente» y adónde y a quién!

- ¿Acaso teméis? – preguntéle -; limitaos a dejarlo junto a este sobre para ese edil, cuyo nombre huelga, de parte del Capitán Alacaída; e que se os entregue comprobante de haberlo recebido.

- Así lo haré, Marino – dijo temeroso -, mas pienso os buscáis enemigos.

- ¡Alguno más, acaso por ser verdadero!

E partió para el pueblo e, a la vuelta, entregóme certificado en papel del Ayuntamiento, pues no estando allí el tal edil, allí dejó la caja por entregársela.

- ¿No sería mejor – preguntó Su Ilustrísima – entregar tan ricos rosarios a las gentes menesterosas de Grazalema que comprarlos no pueden?

- ¡Acaso! – respondíle -, mas algo me dice que a sus manos han de llegar.

- Mirad soy verdadero, sobrino – insistió don Juan -, que tal «presente» no entiendo; mas como tanto hablo a veces e tantos incisos hago, me pierdo e ni yo mesmo sé lo que digo ¡Dios os oiga e no vayan esos rosarios junto con la basura y ese edil a la susodicha!

- Aseguraros puedo, Ilustrísima – le dije -, que tal no ha de suceder ¡Esperemos!

- No quisiera se me malentendiese – excusóse Marcos -, mas hubiésele yo enviado «otro regalito».

- No tal, amigo – contestéle -, que no es venganza lo que busco y el «regalito» que decís podría hacer mucho daño a otros inocentes y este hará mucho más bien del que podéis pensar.

- ¡Dios os guíe, sobrino! – dijo Su Ilustrísima como en orando -, pues hasta tres rosarios he de rezar todas las mañanas si tal merced se nos concede… e los otros que ya rezo…

- ¡Toda esta Casa los rezará con vos en la capilla!, pues cosas buenas veo se acercan.

E tomándome Marcos aparte, confesóme podía saber lo que yo pensaba.

- ¡Acostumbraos a no ser «otro hombre más»!

E vi a mis hijos de gran contento y entrégueles presente que para ellos compré e todos me abrazaron sonrientes e sus rostros me dieron aún más confianza en lo trazado.

- ¿Quién mejor que un niño reconoce los buenos sentimientos, Marino?

En Grazalema e a veinte e nueve de enero del año de dos mil e nueve.

Del entuerto del rosario (2/3)

iajábamos hacia la casa e lloraban mis cuatro hijos por lo oído e consolábalos Su Ilustrísima.


- ¿A qué hacer caso a un demente que Diablo llama a vuestro padre cuando ni en Dios Santísimo cree? Entre miles… ¡millones diría!, de gentes… ¿por las falsas palabras de un vil hombre así os ponéis? ¡Acaso no sabéis aún al padre que habéis!


Y en llegando a la casa, no bajé del coche e tomé a Marcos por el brazo.


- ¡No bajéis, Marcos! – dije quedo - ¡Hemos de seguir hasta Ronda!


- ¿A Ronda? – exclamó - ¿Qué cosa se os ha perdido allí agora?


- Lo que he perdido, Marcos, voy a encontrar.


Con esto, dije a Su Ilustrísima e a Cayetano cuidasen de hacer felices a mis hijos e partimos en viaje a Ronda.


- ¿Acaso no puede irse con más rapidez en este coche? – pregunté enfadado - ¡Otro con más caballos he de comprar!


- ¡No es aqueso, Marino – contestóme -, sino que son estas carreteras peligrosas e bien podríamos perder la vida en vez de llegarnos a Ronda.


- Os repito que aún como mortal pensáis – reí -, pues en pequeños trozos habrían de cercenaros y enterrar esos pedazos muy separados porque no volvieseis a la vida. No os pido seáis temerario, sino que vayáis a priesa cuanto se pueda.


- ¡Os entiendo, Marino! – respondió calmo -; apuraré la velocidad, que ni es de razón el haber accidente e no llegar nunca a Ronda ni tampoco es de razón nos pare la guardia e lleguemos tarde.


Y en llegando cerca de la Maestranza, dejamos el coche e por la Calle de la Bola quise entrar, que hay allí muchas tiendas.


- ¿Puedo saber qué buscáis, Marino? – preguntó Marcos con tiento - ¡Acaso yo pudiese ayudaros!


- ¡Rosarios busco!


- ¿Un rosario? – paróse e preguntó - ¿Acaso no habéis ya muchos?


- Mal entendéis lo que os digo, Marcos – sonreíle - ¡Todos los rosarios que en Ronda se encuentren he de llevármelos e, si no hubiese muchos, a Málaga iríamos… o a la fábrica de rosarios! (¡Supongo se harán agora en fábricas!).


- ¡Vive Dios, Marino! – exclamó asombrado - ¡Dios nos ayuda!, pues ese hombre que ahí viene caminando es sacerdote.


- ¡No veo la sotana!


- Es de los curas modernos, Marino – dijo – e como otro hombre cualquiera viste. Acerquémosnos a él por saludallo e le pediremos nos sea de un ayuda.


Y en oyendo aquel hombre (que sacerdote era) que tanto rosario como en Ronda encontrásemos habríamos de comprar, fuere cual fuere su precio, mirónos asombrado e incrédulo.


- Es el caso, padre – le dije -, que quiero regalar un rosario a todos los grazalemeños, porque en estos días poco se reza.


Y en oyendo estas palabras, dijo le siguiéramos y en muchas tiendas nos entramos e todos preguntaban «¿Todos los rosarios?»; y en todas respondíamos «¡Todos!». E hasta una humilde mujer que el caso supo, su pequeño bolso abrió y en la caja puso su rosario de semillas. Así, llenamos una caja que tantos habría que sólo Marinín de un vistazo podría contarlos e hubo de pedir el sacerdote a dos fuertes hombres nos ayudasen a llevar la caja al coche.


- ¡Tomad, padre! – entréguele un sobre cerrado -; lo que ahí va es para vuestra parroquia, que sé lo necesita e, si más ayuda necesitaseis, en el sobre están mis números del teléfono. Dadme aviso e pondré vuestra parroquia como los fieles merecen.


E no supo qué decir, sino «¡Vayan con Dios vuesas mercedes!».

Del entuerto del rosario (1/3)

e las cuadras salía hacia la casa cuando vi de entrar a Andrés como alma que llevan los demonios.

- ¡Excelencia, excelencia! – gritó - ¡Con vos he de hablar!

En esto, al oír tales voces, acudieron Lorenzo e Cayetano e parecióme lo que había de decirme Andrés no era cosa secreta, pues en ahogos comenzó a hablar.

- ¡A fe, excelencia – dijo –, que como muerto vengo, que ni oigo ni veo, pues lo que he visto he oído hame dejado ciego e sordo. Es el caso que, en bajando hacia la plaza, uno de los ediles del Ayuntamiento hame ofendido a mí e os ha ofendido, según entiendo, pues me ha gritado que vos me habéis comprado como habéis comprado a todo el pueblo con Reyes Magos falsos, presentes, dinero e una nueva fábrica por dar trabajo. E de tal forma lo decía que aparecíame quería vuesa excelencia dominar al pueblo en políticas.

- Desoid tales patrañas, Andrés – le dije con calma -, que bien sabéis eso no es cierto e ni así soy ni así he de ser. Cumplid vuestro trabajo, que os honra, e olvidad esas vanas palabras.

E fuése con Lorenzo a las cuadras e dije a Cayetano aprestase el coche e dijese a los niños habrían mañana de descanso e de paseos por el pueblo.

Aunque miróme con extraño, todo fue preparado e, según el silencio e las miradas de Marcos, supe sabía lo que había en mi cabeza.

Al pueblo fuimos e allí bajamos todos de contento por dar unos paseos, comprar unos dulces e ver las obras de la nueva fábrica. Mas no esperábamos encontrar de bruces al tal edil (cuyo nombre no sé ni saberlo quiero) e mudóse su rostro frente a mí e comenzó a hablar a voces.

- ¡Bienvenido a «vuestro» pueblo – decía -; al que queréis comprar con regalos e con vuestro dinero sucio de capitalista endemoniado ¿Os presentaréis para ser Alcalde o un dictador nuevo habremos?

E con mucha calma e respeto, contestélle.

- ¿En Dios no creéis porque no podéis tocarlo – pregunté – e pensáis soy yo, o mi dinero endemoniado? ¿Cuándo habéis palpado a ese tal demonio?

- ¡Me habéis insultado de mala fe, Capitán – volvió a gritar -, que esos tres farsantes que como reyes trajisteis, un rosario me entregaron!

- Nada malo veo en ello – contesté sin ira -, a todos entregaron presentes e, como bien decís, siendo humanos e no Reyes Magos, acaso entregaron el presente equivocado al edil equivocado. Mas tampoco sé qué hacía ateo recibiendo a tres Santos…

- ¡Dictador! – gritó otra vez - ¡Puedo juraros que en este pueblo sobráis!

Y en diciendo tales palabras, hacia otro lado corrió e tras una esquina desapareció. E viendo yo las caras que me rodeaban, dibujé una sonrisa en mi rostro e pedí a Marcos volviésemos a la casa.

- ¿A la casa, Marino? – opúsose - ¿Por unas mentiras vais a retiraros desta lucha?

- ¿Retirarme decís, Marcos? – habléle con cinismo -; como mortal aún pensáis.

28 enero, 2009

De los temores del maestro

entado en el salón estaba como era ya costumbre, con Su Ilustrísima e Marcos, al tiempo que mis pequeños subían las escaleras por dar sus liciones en la buhardilla. E mirando a la entrada de la casa, parecióme Víctor allí estaba e con ellos no subía. Viendo a don Juan e a Marcos atentos cada cual a su libro e no queriendo entorpecerles, levantéme muy quedo e fui como en paseo hasta la puerta.


- ¡Maestro! – bajé la voz -; diría yo no os habéis apercibido de que es la hora de las clases, mas creo no es olvido lo vuestro, sino tal vez… ¿desgana?


- ¡No tal, excelencia! – al frente siguió mirando -; es mi empresa y a cabo he de llevarla como todos los días.


- Bien me parece – contestéle -, mas no todos los días restáis aquí en mirando el paisaje, sino que antes que mis hijos arriba os halláis.


Miróme entonces e vi en su rostro tristeza (preocupación acaso) e sonreíle.


- No es menester me deis detalle alguno, Víctor – tomélo por los hombros -, pues un retraso de un minuto un día, no desmerece vuestra encomiable labor, mas sí me dice algo os sucede.


- Ni quiero – contestó sonriendo – ni puedo mentiros, que mejor que yo sabéis algo es hoy diferente.


- E… - apreté su hombro - ¿podría seros de un ayuda?


- Tal no sé, excelencia – dijo -, porque acaso no sea más que en mi mente hay hoy como una nube e nada veo claro. Algo he oído sobre esos guardias que os acechan e algo también sobre febrero. Confío en vuestra destreza, no penséis por uno más os tengo, mas temo acaso por esos niños; vuestros hijos.


- Por ellos no habéis de temer – contestéle -, que todo está previsto; e muy bien previsto ¿No será otra cosa lo que os aflige?


- No ha sido mi costumbre – habló quedo – la de vivir en el campo; encerrado siempre en esta casa. E siéntome agora como esperando a que venga a por mí la muerte; e siento no ser tan útil como quisiese, que esos pequeños vuestros ya me dan liciones a mí.


- Vuestra propia estima debéis haber olvidado en vuestra estancia – reí -, pues si yo mesmo hubiese de dar liciones a mis hijos… ¡no sé qué haría! ¡Vamos, Víctor! ¿A qué engañarnos? Tan bien como yo sabéis que vuestra obligación es darles liciones; las sepan o no de antemano; ¡que las sabrán! Mas por ello os pago ¡No habed cuidado por esto ni por aquesto, que lo del ataque veo claro como con luz meridiana ganado e lo de dar liciones a esos pequeños lo veo perdido ¡No penséis no sois de provecho! Mas sed de provecho para vos mesmo. Así que casi nada podéis ya nuevo enseñar a mis hijos… ¡aprended dellos! ¡Por esto también os pago!


- ¿Decís verdad? – miróme espantado - ¿Acaso me pagáis por aprender?


- No es aqueso, Victor, no es aqueso – aclaréle -, sino que sois el hombre más atinado para enseñarles e mantenerlos unidos arriba toda la mañana. Con creces cumplís vuestra labor. E yo habré de cumplir la mía el día que se llegue; no habed cuidado, que a todos esos follones habrá de recogerse con una zapa.


E rióse de tal modo, que dio unos pasos adelante, volvióse e a mí llegose hasta abrazarme.


- ¡No sé qué hacéis, excelencia, que todo lo malo lo volvéis como calcetín! He de subir a esas «liciones» ¡Quedad con Dios… e muy agradecido os quedo!


En Grazalema e a veinte e ocho de enero del año de dos mil e nueve.