
04 agosto, 2009
25 mayo, 2009
Del cansancio de lo visto

Ya vueltos al hotel e muy cansados, no querían los pequeños tomar la cena, sino ir a sus camas, mas convenciólos Marcos de que habrían que cenar e dormir por poder seguir otro día más. Con esto, sentados en una luenga e rica mesa, mucho comimos e mucho hablóse de lo visto e lo sentido; e restamos una pieza luego en el salón oyendo unas músicas que un músico hacía en un piano, mas no podían los niños dejar de rememorar lo visto.
- El viaje a Castilla aún no ha empezado – les dije – e de hablar no paráis. No digo yo sea Madrid la ciudad más bella, que lo es, sino que habéis de ver otras que no os asombrarán por haber cosas modernas e cosas antigüas, sino que en paseos andaremos por calles que os harán creer estáis en otros tiempos.
- E no habéis llevado vos la cámara de las fotos – apuntó Pablo – por decir no podía entrarse en el museo; e tal era cierto. Mas si hemos de visitar sitios como los que decís y en ellos puede usarse la cámara, tomad vistas de cuanto podáis, que luego habremos de recordarlo todo en Sevilla.
- Así lo prometí e así he de hacerlo – les dije -; no penséis voy a dejar sin tomar vista alguna, sino que Lorenzo disparará fotos, e también papá Marcos, e yo tomaré esas fotos que se mueven. Mas una condición hay, pues en ninguna dellas quiero ser visto ni que se os vea, sino que se vean los lugares por donde pasemos.
- ¡No habed cuidado, Marino! – manifestó Lorenzo -; yo tomaré fotos de todos en esos lugares porque se sepa allí hemos estado e vos tomaréis esas imágenes de lo visto; desta guisa, cuantas veces queramos podremos recordar lo vivido.
- ¡Hágase así, Lorenzo! – apuntó Marcos -; que así como decís, habremos constancia de haber pisado esas calles que han de maravillaros e habremos vistas dellas sin nosotros; para el recuerdo.
- ¡Cansado estoy, papi! – echó Carlitos su cabeza sobre mí - ¡Llevadme a dormir!
- ¡Dejad, Marino, que yo lo lleve! – levantóse Marcos - ¡Vamos todos! Subamos a las estancias e tomemos descanso, que muy luengo ha sido el día e mañana habrá otro igual.
- Mucho queda aún por ver e no saben esto los niños, Marcos – pensé -, acaso sería más de razón hacer el viaje sin priesa alguna, viendo menos e descansando otro tanto.
- ¡Así podrá ser! – contestóme -; yo mesmo he de alargar la estancia en cada lugar, mas hemos de descansar agora e seguir mañana, que es pasado día de viajes.
- No quisiera pensárais ya no me gusta Madrid – concluí -, sino que preferiría mejor esos lugares más sencillos e calmos.
- Así lo creo yo también mejor para los pequeños, Marino.
- ¡E no ha de olvidarse Plasencia!
De lo no visto del Museo del Prado

- ¡No es el museo como lo he visto, papá – exclamó Antonio -, que habiendo la mesma forma, no parecióme tan grande!
- Agora, pequeño – le dije -, es cuando vais a verlo. No es esa imagen que en vuestro equipo se muestra ante vuestros ojos sino para recordar lo aquí visto. Así, ha de verse primero e recordarse después.
- ¡De razón es! – aclaró Marinín -, mas no todos pueden venir a verlo e… ¡algo ven!
E luego desto, e de grande espera, al cabo entramos; y era dificultoso allí entrarse (que así díjonos Marcos), pues cosa alguna puede llevarse en las manos e muy bien cuidadas – e atinado me parece – todas las obras están.
- ¡Jo, papá! – musitó Guille a mi oído - ¡Esto se avisa! ¡Nunca hubiese imaginado ciudad como esta e ni en sueños hubiese visto tales magnitudes!
E unos a modo de teléfonos repartían por saber cuál era cada obra mas quise yo mesmo decirles quién pintáralas e cuándo e cómo ¡E hasta Marcos a mí iba pegado por oír mis palabras e mis historias! Mas no pudo ser aquesto que quería Marinín de ver de primero las obras de cerca e luego de lejos, pues no era permitido a ellas acercarse.
¡E cuánto recuerdo mío allí había plasmado! ¿Cómo iba a decirse de aquello eran fotos? ¡Retratos! ¡E de grandes dimensiones e con mucho arte e mucha alma e mucho corazón con pinceles plasmados!
- ¡Os lo dije, papá! – dijo Marinín también en baja voz - ¡Pinturas como estas quiero hacer y he de hacerlas! No es menester más de cerca estudiarlas, que bien sé, por lo dicho por vos, pigmentos de colores con buenas artes e grande cuidado mezclados, hacen las formas; el color, a lo que veo, es lo que da esa forma ¡Son números; como todo! Dad un número a cada color e otro a cada luz, mezcladlos e habréis esas formas ante vuestros ojos, que estando puestas sobre lienzo plano, aparecen de ahí salidas.
- De artes e de pintura poco entiendo, Marino – dijo entonces Marcos -, mas razono lo por Marinín dicho. Parécenme éstas obras de mucho genio, gran fuerza e destreza. No os digo quisiera yo también pintar, que más e mejor entiendo las letras que las artes, mas sí os aseguro no imaginaba cosa como esta ¡Arrepiéntome agora de no haber visitado este museo en los años que en Madrid viví!
- ¿E también os arrepentiréis algún día de vivir conmigo?
E mirándome de primero con extraño e luego sonriendo, a un lado e a otro miró e leí en sus ojos sus intenciones.
- ¡Dejad esas manifestaciones para la alcoba, Marcos, que ni de razón paréceme las vean los niños ni de razón las vean las gentes! Bien he entendido lo dicho por vuestra mirada.
- Pues mirad a los pequeños entonces – aclaró -, que en sus ojos veo lo mesmo. Una pieza miran a los cuadros e otra os miran a vos como si uno dellos fuéseis cuando narráis vuestras historias.
- Es que, al cabo, Marcos, paréceme soy como cuadro andante…
24 mayo, 2009
De las pinceladas de don Diego

- Acomodados estamos ya todos en cada dormitorio, papá, e feliz soy por haber dejado una estancia para mí e mi hermano Antonio. Carlitos ha de pasar buena noche con Pablo e… así creo han de pasarla Guille e Lorenzo, que tales pinceladas no se me escapan.
- ¡Como pintada – le dije – habéis descrito esta tal situación!, mas si algo desagrada a alguno, habrá de ponerse remedio.
- Mañana, - continuó -, según dice papá Marcos, al museo iremos e ya sueño con pinceladas, que en Internet he visto el tal museo e sus cuadros e, mirándolos de lejos, lo que parecen encajes en las puñetas, no son sino pinceladas.
- Bien sé de qué «visita» me habláis – le dije -, e de qué pinceladas, mas en algo erráis, que no sólo esos cuadros están en el Museo del Prado, ¡sino que hay miles!
- ¿Miles? – sonrió - ¡Todos ellos quiero verlos de cerca e de lejos!
- Cosa imposible pedís, pequeño mío – abracélo -, yo mesmo os llevaré a ver esas e otras obras que es menester no dejar de ver. Sabed que fui amigo de don Diego e que alguna pincelada díjome cómo había de dar.
- ¿Don Diego? – extrañóse - ¡No sabía don Diego, aparte de criar toros, supiese pintar como vos!
- De don Diego de Monteliz no os hablo, Marinín – aclaréle -, sino del mismísimo don Diego Rodríguez de Silva e Velázquez cuando joven en Sevilla estaba. No he de olvidar el mostraros cómo debéis dar las pinceladas a su estilo.- ¡Don Diego Velázquez! – exclamó -; ¡así las vuestras son pinturas certeras como las del maestro! Quisiera yo ser pintor, papá ¿Me diríais vos cómo hacerlo?
- Algo os diré, mas en llegando a vuestra edad de adulto, habréis de estudiar.
- ¡Estudiaré! Pintar quisiera como ese maestro… ¡e como otros! ¿Nos dais un beso? ¡A orar e dormir partimos, que ya deseo yo esa visita de mañana!
- ¡Buenas noches, hijos! – dije a todos -; si en alguna cosa os fuéremos menester, bien sabéis cuál es nuestra estancia.
- ¡No sé a qué querer pintar! – dijo Guille -; si el papel es blanco ¿qué habréis de aprender porque parezca papel? ¡Pintadlo de blanco!
- Erráis, Guille – le dije -; más dificultoso de lo que creéis es pintar; ¡pintar como ha de hacerse, claro! ¿Veis esta pieza de papel blanco? ¿En verdad la pintaríais de color blanco?
- ¡Blanca es!
- Blanca es según la veáis con los ojos o con el espíritu – le dije -; aunque es más dificultoso; ¿Veis esa luz amarillenta que ilumina la pieza en la mesa? Pintad el papel en blanco e a nadie parecerá blanco; habéis de saber que, siendo blanco el papel, la luz que le da lo hace amarillento ¿Cómo lo veis agora?
- ¡Joder! – exclamó - ¡Blanco no lo veo, sino que donde más luz le da es más claro e amarillento e por el otro lado más obscuro!
- ¡Así es! – dije a todos - ¡Tomad esa mesma pieza de papel e miradla en el campo! ¡Celeste la veréis, que el cielo la tiñe! ¿Acaso no habéis visto aquellas paredes encaladas de Grazalema? ¿Las pintaríais de blanco con cal en un lienzo? Para que una pared parezca en el cuadro, la pared más iluminada un poco ha de teñirse de celeste… o acaso de violeta; si quisiéredes facer que pareciese la pared alumbrada por el sol poniente… ¿de qué color la pintaríais?
E hubo grande revuelo entre ellos al descubrir lo dicho; e todos decían el sol tiñe la cal blanca de las casas en color anaranjado.
- ¡Eso queremos todos ver, papá! ¡Decidnos cómo han de mezclarse los colores para que aparezcan como reales! ¡No, no son las cosas de un solo color, sino que hay que teñirlas con la luz que les da e obscurecerlas si a la sombra se hallan!
E viendo a los niños con grande entusiasmo por la visita pronta, a su estancia fueron e resté a solas con Marcos e, acercándome a él mirélo a los ojos e le oí hablar.
- Bien se entiende lo que decís de la luz e de cómo cambian los colores de las cosas mas… ¿quién da a cada cosa, además, su forma?
- ¡Los mesmos colores!
22 mayo, 2009
De la jornada de Sevilla a Madrid (2/2)

- Al hotel iremos con tiempo, Marino – dijo cuando comenzábamos a ver miles de casas e torres -; en paseos saldremos tras el aseo e tomaremos una merienda. Hemos de mostrar a los niños cuán grande e cuán hermosa es Madrid.
- No diría yo es pequeña – reí -, mas sí paréceme no toda ella es hermosa. Vos lo sabéis mejor que yo. Decid a los niños lo que vayáis viendo que sea cosa de conoscer.
- Acaso quisiéredes ir a hacer visita a vuestro sobrino, don Fernando…
- ¿A mi sobrino? – enojéme - ¿Qué he perdido yo en su casa agora? ¡Ni de mí ni de vos ni de Marinín ha de acordarse, que desde hace años ni un aviso nos ha dado por teléfono!
- Es tan grande agora Madrid, Marino – dijo -, que dificultoso paréceme hubiésemos encuentro con él por mala ventura ¡E no avisando aquí estamos…!
- ¡No se avise! – aserté - ¡Si quiere ver a su tío e a sus…! – dudé - ¡Vive Dios, que no sé si son estos pequeños sus primos!
- Mejor hermanos que primos – rió - ¡Dejemos siga su vida!
E así nos llegábamos al hotel, indicóme Marcos la calle e todos allí miraron.
- ¡Vaya! – exclamó Carlitos - ¡Fonda como esta no hay en Grazalema! ¡Quisiera yo la viese Lorenzo, que de seguro no sabe las hay tan grandes! Con vos, papá Marcos, fuera yo a esa «estación de gatocha» por recebir a Lorenzo; así mesmo sabría que es eso de la «gatocha»…
E mucho reímos Marcos e yo de lo dicho por el pequeño, mas decíale Marcos deberían todos restar conmigo en el salón del hotel, que es Madrid ciudad tan grande como toda la Serranía e bien podrían perderse e nunca ser encontrados.
- ¡Dejad al pequeño vaya con vos, Marcos! – le dije -, nosotros hemos de esperar en el salón e tomar un refresco.
E fue gran contento de todos e así se fizo. Bien aprestadas estaban aquellas estancias y era hotel de muchas plantas e muchas dellas numeradas e todas aquellas las nuestras aledañas quedaban en un mesmo pasillo.
E no hubo otra cosa que contarse merezca, sino que a paseos salimos e parecióme los pequeños iban a tragar las pocas moscas que aquellas calles ruidosas hubiesen, pues no podían cerrar la su boca. Así, olvidando mis pequeños el pesar vivido, en sus rostros vi volver la sonrisa e, más tarde, el gozo de ver a Lorenzo de entrarse en el gran salón de aquella «fonda».
- ¡Jo, papá! No es una «gatocha», sino estación con jardines de por dentro e un helado de chocolate he tomado ¡Lorenzo me lo ha comprado!
- ¡Así traéis la boca e la pechera!
De la jornada de Sevilla a Madrid (1/2)
uedó Lorenzo en
Su Ilustrísima, que dijo mejor no hacer tales viajes, en Sevilla quedó con el servicio, pues también deseaba haber unas pláticas con Su Eminencia el Cardenal don Carlos Amigo, que la sede de Sevilla dejaba en junio.
Mas íbamos ya atravesando las llanuras por donde acaso antaño anduvo don Quixote con Sancho, cerca de Valdepeñas, cuando sonaron las chirimías de mi móvil.
- ¡Sobrino! – exclamó de contento Su Ilustrísima - ¿Cómo lleváis esos viajes?
- ¡Pronto preguntáis, Ilustrísima! – reí -, mas bien creo podréis oír las músicas e cánticos que hacen los niños.
- ¡Ay, mis angelitos! – rió también -; Dios los acompaña con vuesa merced e don Marcos, que ya es hablar de ir en buena compaña. Es el caso que hame dado aviso Lorenzo, que restando en la casa de Grazalema, asaz feliz dice se halla, mas… ¡paréceme hubiese querido hacer ese viaje con sus hermanos e vuesas mercedes!
- ¿Triste os ha parecido? – preguntéle curioso - ¡Decidme!
- No diría yo triste – aclaró -, mas sí con deseo que no ha podido llevar a cabo. Llamaba yo, sobrino, porque estando don Amancio con él bien podría aquél cuidar de la finca y éste, al menos, venir conmigo a Sevilla mientras acaba el viaje.
- ¿Con vos?
- ¡Veréis! – rió -; tras vuestra salida soy yo el que algo añora a los pequeños; e idea mía ha sido que Lorenzo aquí tenga unos días de solaz, que no conoce Sevilla.
- ¿Acaso he de daros yo licencia porque vaya Lorenzo con vos? – reí - ¡Tomad vos el camino que creáis conveniente!
- Acaso… - dudó -, quisiera mejor haber ido con los pequeños e con vos ¡No dice tal, mas lo sé!
- Esperad un instante, Ilustrísima – bajé la voz -, que de tales asuntos es Marcos el que sabe…
E preguntando a Marcos cómo sería posible que Lorenzo se uniese a nuestro grupo, miróme tan de contento, que al punto respondió.
- ¿Venir quiere? ¡Puede hacerlo, Marino! ¡Sitio habemos para él! Decidle tome el AVE hoy mesmo e nos dé aviso de la hora de llegada a Madrid ¡Yo iré a por él a
Así parecióme que bien le placía…
- ¡Ilustrísima! – dije al teléfono - ¡Decid a Lorenzo prepare equipaje, no mucho, e vaya a Sevilla! Vos sabéis mejor que yo cómo e cuándo debe tomar hoy mesmo el AVE e volar hasta Madrid. En llegando, debe darme aviso por ir a su encuentro. No es menester llaméis si así puede ser.
- ¡A fe, sobrino – gritó -, que agora mesmo he de darle el aviso, que aún habiendo tiempo, no es de razón hacer luego lo que pueda hacerse agora mesmo!
Y en diciendo luego a los pequeños nos encontraríamos con Lorenzo en Madrid, tanta fiesta e algarabía ficieron que hubo de decirles Marcos restasen en sus asientos.
- ¡Uno de mis palacios he de guardar para él, que aún puedo darle alguno dellos!
21 mayo, 2009
De los malos primeros de mayo – y Parte IX

Por ventura, al entrar en la cochera e ver los pequeños el lugar donde otrora viviesen, a los demás dijeron de contento habrían de llevarles a sitios que eran maravilla de ver e quisieron licencia por ir a buscar a sus amigos e jugar, que es la Calle Estrella calle por donde no pasan los carruajes, sino calle para paseo.
E la tristeza fue mermando e la nueva vida, en poco, floreciendo. Con esto, asustado Marcos por el viaje pronto a Castilla, quiso dar aviso por hacerlo el mes venidero.
- Puedo dar aviso al bufete que todo el viaje ha preparado, Marino – me dijo -; acaso fuere de razón esperar a que los pequeños un poco olviden, que no todo olvidarán en sus vidas.
- Dejad el viaje como está trazado, Marcos – respondíle -, que, según creo, a más lejos de donde venimos menos recuerdos habremos todos de lo acaescido.
- ¿E qué cosa haremos agora con estos niños? – exclamó apenado - ¡Perderlos no quisiera e sé perderlos no queréis!
- Así lo decís, así es, Marcos. Hablad con Su Ilustrísima e con don Justo. Aprestad cuanto documento sea menester. Esos niños han de ser mis hijos tal como lo es Marinín; según la ley.
- ¡Tal puede hacerse! – sonrió - ¡Dejad eso en mis manos! Como tutor seréis e como hijos adoptados quedarán de seguro ¡Mirad! ¡En la calle juegan e ríen!
- ¡Son ángeles, no olvidadlo! – reí -; negad aquesto a Su Ilustrísima e habréis de enfrentaros a ardua lucha.
- ¡Vayamos pues a Castilla!
E parecióme quedaba la tristeza donde debería quedar; en nuestra mente para siempre, pero dejando el camino expedito a los tiempos venideros. Así, pasada ya tal tristeza, el viaje se llegaba e así se comunicó a los pequeños, que hubieron gran contento. E viendo yo sus propios trazados facían de contento a todos les hable como en juegos.
- ¡Papá me llamáis! ¿Yerro?
- ¡No tal! – exclamó Pablo - ¡Como mi verdadero padre os tengo!
- Así pues – tiré de las ropas de cada uno - ¿querríais fuese yo vuestro padre verdadero?
- ¿Decís verdad? – vi la ilusión en los ojos de Guillermo - ¡Vos mi padre!
- Yo lo quiero – les dije -; si así lo quieren vuesas mercedes, licencia he de pedir por serlo, que en estos asuntos siempre mete las narices la ley.
- ¿E por qué ha de meterlas? – preguntó Antonio como en enfado - ¡Mi padre habéis sido e mi padre seguiréis siendo… si es vuestro deseo!
- ¡Lo es, pequeños! – sonreíles -; papá Marcos prepara ya el viaje a Castilla ¡Bien podríamos hacer fuere de provecho por mejor conocernos todos!
- ¿E veremos nuestros palacios, papi? – preguntó Carlitos - ¡Marinín dijo había uno para cada uno!
- Vuestros palacios veréis – tomé el teléfono en mi mano – e los míos, que vuestros son. Colocaos ahí, en el medio del patio e junto a la fuente ¡Voy a dispararos una «foto»!
- ¡Papá! – me abrazó Marinín - ¡Haréis vos mesmo las fotos de todos los lugares por donde pasemos! ¿Iremos a Plasencia?
- ¡Es vuestra tierra, hijo – aclaréle -; dentro del trazado está e algunos días allí gozaremos del parador e de vistas tan hermosas!
E todos pusiéronse sonrientes junto a la fuente, ya manando, e bajo el fuerte sol que en Sevilla nos alumbraba bien entrado el mes de mayo, una foto disparé de todos ellos; e todos sonreían.
Con esto, aunque mal e tarde, narraré nuestras andanzas por todas esas tierras de España pues, así como yo las conozco como si la palma de mi mano fuesen, ellos todos deberían conoscerlas e amarlas.
Pido agora a vuesas mercedes se me excuse narrar lo acontecido después de sucedido, pues de lo que de viaje ya llevamos mucho he de narrar.
De los malos primeros de mayo – Parte VIII
i pequeño angelito, sentado sobre mis piernas e con la su cabeza en mi pecho, nada decía e perdida había su mirada. Acaso, sin nada decirle, pensaba el pequeño esperaba malas nuevas. E María, como madre, a él acercábase de cuando en cuando e le sonreía. Acaso mis otros pequeños, aún estando en juegos, tenían también en sus cabezas lo que todos temíamos.
Luenga, silenciosa e triste fue la mañana hasta punto tal, que ni siquiera pidió Su Ilustrísima su bocado. E acercándose ya la hora del almuerzo e no habiendo ninguno la necesidad de yantar, vimos correr a Cayetano hacia la puerta e hube de decir a los niños subiesen a la buhardilla.
Abrió Cayetano la cancela, cerrada como dijo el inspector, e pasó éste en su coche parando ante la puerta y ante nuestras atentas miradas. E así le vimos de bajar, por su rostro descompuesto e cabizbajo, corrió Su Ilustrísima a él e tomóle las manos.
- ¡Hablad, hijo, hablad! – rogóle - ¡Vuestro rostro nos dice mucho, mas no qué!
E caminando muy quedo e mirando a uno e al otro, a la casa se entró sin decir palabra, mas llevaba los sus ojos llenos de lágrimas, que hablaban más de lo que todos hubiésemos querido.
Pasamos al bufete e, sin tomar asiento, en llantos hubo de comunicarnos lo acaescido.
- ¡Cómo me pesa! – exclamó - ¡He de deciros lo ocurrido en Grazalema, aunque quisiese no estar vivo por no hacerlo! Sabiendo don Rufino le venía la muerte segura en poco, aviso dio a los parciales e la fábrica tomaron como ya he dicho a vuesas mercedes. Agora he licencia para deciros el resto, pues como inmolándose quiso morir e, según dice la guardia, hasta tres cientos kilogramos de explosivos en los basamentos de la fábrica colocaron. Pensaron acaso irían todos los invitados, mas muchos fueron avisados y han salvado su vida, mas los que nada sabían, allí se llegaron e fueron presos. Viendo don Rufino acaso que llegada la hora no se llegaban los invitados de importancia, es seguro hizo volar la fábrica por los aires…
Hizo un corto descanso e no osaba a mirar a nuestros ojos.
- Muerto está – continuó -, e muertas con él hasta diez y seis personas ¡Vuestra fábrica no es agora sino un rimero de piedras y polvo!
- ¡Decidme, inspector! – corrió a él Su Ilustrísima - ¡Decidme por caridad qué almas hase llevado ese diablo consigo!
E alargando la mano, entrególe papel manuscrito e leyó en silencio Su Ilustrísima e, volviéndose luego en llantos, del bufete salió entregándome aquel papel. Entre las diez y seis personas fenescidas en tamaño disparate, estaban doña Pastora, doña Fuencisla e don Pablo ¿Cómo iba a decir aquello a los niños?
- Sé penáis tanto como yo, amado Marino – díjome Marcos -; yo he de acompañaros por decir a los niños lo ocurrido, mas hemos de ser cautos ¡No dejemos vean nuestras lágrimas!
Así, Marcos e yo (acompañados de Su Ilustrísima que en silencio permanecía), hubimos de decir a los niños lo ocurrido. E recordar no quiero, ni escribirlos, los momentos vividos, sino que hubieron de pasar hasta tres días para comunicarle a Marcos buscase a don Justo Severo, el abogado de Sevilla.
- ¡Dadle aviso, Marcos! – le dije -; nada decidle de lo acaescido que tiempo habrá de saberlo. Recojamos lo que nos sea menester e volvamos a vivir en Sevilla ¡Más que nada amo a este pueblo, que es la tierra que me vio nascer, mas también entre las perlas se mueven las ratas!
Y en sabiendo Su Ilustrísima dejábamos la casa de
20 mayo, 2009
De los malos primeros de mayo – Parte VII

- ¡Nadie salga desta casa, excelencia! – nos dijo - ¿Podríamos entrarnos en ella por haber unas pláticas?
- ¡Entremos! – dije con sospechas -; Cayetano ha de guardar vuestro coche.
E pasamos al bufete con Marcos e, viendo yo Su Ilustrísima restaba en la puerta como queriendo saber qué cosa ocurría, pedí licencia al inspector porque pasase e al punto dijo se entrase. Y sentados ya todos a la mesa esperando sus nuevas, comenzó a manifestarnos historia no creíble.
- Es el caso, excelencia – dijo -, que bien sé qué cosa esperáis todos en la carretera, mas he de deciros las familias que esperáis en el pueblo ya se hallan.
- ¡Dios Santo! – exclamó Su Ilustrísima - ¿E algún peligro corren?
- A pregunta alguna – contestóle – puedo dar aún respuesta, que está la guardia vigilando en secreto e, hasta nada saber, sólo puedo deciros lo que háseme permitido.
Sin alcanzar las razones del inspector, nos miramos quedos y escuchamos su plática.
- Día del Trabajo e primero de mayo – manifestó -, cerca del Ayuntamiento se ayunta un grupo de hombres puño en alto, con banderas rojas e bandera tricolor. E órdenes ha la guardia de no decirles cosa alguna, pues esa segunda bandera que cito no puede enarbolarse, sino la de España. Cantan consignas e a nadie dejan se acerque. Mas hase descubierto don Rufino entró de temprano en la fábrica con algunos parciales portando pesadas bolsas, aprovechando esta manifestación pública atraía la atención del pueblo. Desde entonces se vigila la entrada a la fábrica sin osar acercarse, que según sabemos, por ellos está ocupada.
- ¿E quién ha dado licencia a tales personas por entrar en lugar ajeno? – pregunté con ira - ¡Nadie puede entrar en esa fábrica sin mi licencia!
- Vuestra… licencia, excelencia – dijo -, a estos hombres importa tanto como el bienestar de su pueblo. Teme la guardia piensan impedir se abra la tal fábrica e, acercándose la hora de que los invitados vayan a la fiesta, una lista de personas que desvelar no puedo, obra en su poder. Hasta quince ya han entrado e ninguna dellas ha salido. ¡Por mala ventura lo peor se teme, mas nada puede hacerse!
Hubo grande silencio e miradas de espanto e, pasando otra corta pieza, levantóse el inspector e del bufete salimos tras él.
- Nadie abandone esta casa – dijo -; siento que un inspector de poco talle haya de dar órdenes a Su Excelencia, mi coronel, mas órdenes tengo yo de hacer tal cosa por el bien mesmo de su familia e de otros inocentes del pueblo llano.
Así, sin decir otra cosa más, hacia la puerta íbamos cuando oímos grande explosión lejana e corrió el Chusco a la puerta, miró a los aires e dio aviso por teléfono. No entendíamos qué cosa acaescía, mas nadie osó decir palabra alguna hasta que volvió a hablarnos.
- Siento comunicaros, excelencia – dijo -, que las sospechas de la guardia realidad son agora. Cierre Cayetano esa cancela con cadena e candado cuando yo salga e no la abra hasta mi vuelta ¡Quedad todos con Dios!
- ¡Con Dios quedaremos! – dijo Su Ilustrísima como resignado -, mas no sé ya qué oración ofrecerle o qué otra ofrenda porque nada malo ocurra a nadie.
- Por desgracia, Ilustrísima – contestóle el inspector -, lo malo que se esperaba ocurriese, ya ha ocurrido. Por esto os digo he de volver, pues con todo detalle serán vuesas mercedes informadas de lo acontecido… ¡E orad, orad; que tal será menester e a todos reconfortará!
16 mayo, 2009
De los malos primeros de mayo – Parte VI
o mucho tiempo después, partía Marcos de tal guisa que hasta yo mesmo tomáralo por menesteroso. Iba en el coche con Lorenzo e partir hacia el pueblo los vi y en espera resté en el salón con Su Ilustrísima.
- ¡Pánico siento de lo venidero, sobrino – me dijo don Juan -, mas la fe me dice todo ha de ser cumplimentado! No os digo la inquietud no me invada, sino que acaso con la oración sea menos.
- ¡Oremos juntos, Ilustrísima! – exclamé -; ha de oír Dios Nuestro Señor mejor nuestras dos voces a una que cada una por su lado.
- Hay oración – dijo calmo – que bien vendría para este caso. He de deciros cuál; mas el rosario es la herramienta, como bien se dijo en certeras palabras, para luchar contra el mal ¡Oremus!
Y en oraciones estábamos cuando llegóse Cayetano con sigilo e, sin nada decir, a nuestro lado sentóse e las oraciones fue diciendo. E acabado el primer rosario, miraba yo con disimulo al reloj del salón e parecíame mucho tiempo tardaba Lorenzo. Dentro de una corta pieza, levantóse Cayetano como vigilante e manisfestó parecíale se llegaba el coche a la casa.
- ¡Excelencia! – entró Lorenzo en ahogos - ¡Excusad mi tardanza, que no he querido dejar a don Marcos solo en la noche por esa mala carretera de Dios! ¡Hacia el pueblo ya va!
- Descanso dais a nuestras almas - suspiró Su Ilustrísima -, que como pecadores orábamos porque todo fuese como trazado estaba.
- No digo yo… - repondióle Lorenzo – que todo el trazado haya llevádose a cabo, mas sí la primera parte. Es agora tiempo de espera ¡No sabemos a qué hora volverá caminando!
E sentándose también con nosotros, púsose a orar, que no es sólo la oración herramienta a Dios por pedirle un ayuda, sino que hace el tiempo pase con más rapidez.
Mas mucho parecíame ya rezábamos, que hasta vi asomarse a Marinín con sigilo por ver qué hacíamos orando cuando acercábase el alba.
- ¡A fe, sobrino – hizo un inciso Su Ilustrísima -, que si mucho más tarda en volver Marcos, acabaremos todo el repertorio de oraciones e rosarios que sabemos! Pienso algo ocurre, que no es de razón tal tardanza.
- No me inquietáis, Ilustrísima – le dije -, porque ya lo estoy e lo mesmo pienso; ¡que ya asaz hemos orado como para que hubiese vuelto hasta tres veces!
- El alba se llega – dijo Lorenzo con misterio – e aunque largo es el camino de vuelta, corto es el dar esos avisos. Acaso vuelva a Puerto Chico e allí lo espere hasta el amanecer e, si acaso no le viese de volver, al pueblo iría a buscarlo.
- Cosa que os agradecería, Lorenzo – dije inquieto -, que no es de razón ya tal tardanza.
Y en esto diciendo, partió Lorenzo otra vez hacia Grazalema y otra luenga pieza oramos y esperamos tomando ya un café que nos sirviera Cayetano.
Estando ya el sol asomando por el horizonte (desde nuestra casa no se ve hasta después de las diez), nos dio aviso Cayetano de que volvía Lorenzo por no verlo de volver e por esperar hasta el amanecer.
E a las claras del día e a paso ligero, como si algo le preocupase, le oímos llegarse. Con esto, a la puerta fuimos todos a recebille y, en entrándose por la cancela, ya venía relatando.
- ¡Cosa es esta en la que Dios debe haber puesto su mano, Marino! – venía diciendo – En llegándome a la casa de doña Pastora nadie abría; así, bajé a la casa donde sirve e pregunté por ella. No sabía lo que os digo, mas doña Pastora, según de natural me parece, estando viuda hace tiempo, con uno de los señores de la casa está en Sevilla e no ha de volver hasta llegado el día por asistir a la inauguración de la fábrica.
- ¡Dios Santo! – exclamó Su Ilustrísima - ¡Aprestados hemos de estar para cuando se llegue al pueblo, que no debe ir a la fábrica!
- Pues cosa parecida hame ocurrido con don Pablo e doña Fuencisla – continuó -, que tampoco abriendo la puerta, he tenido que sacar de sus sueños a los vecinos, que asustados abrieron al verme…
Hizo una pausa e respiró de seguido para poder seguir manifestando lo ocurrido.
- Es el caso – dijo -, que sabiendo hoy era la gran fiesta, a Sevilla también han partido e, según piensa su vecina, a comprar algún presente fueron.
- ¡De esa cancela – gritó Su Ilustrísima – e junto a la carretera he de esperar porque hasta el pueblo no se lleguen! ¡Tomad todos desayuno con los niños agora e alguien tome mi puesto luego! He de decir una misa porque todo sea como se ha trazado.
E corrió hacia la carretera e allí apostóse atento. E nosotros pasamos a la casa e a los pequeños encontramos, como apenados, esperando oír nuevas. Así, les dije nada ocurría e que todo iba acaesciendo como era menester e al comedor pasamos e algo más a priesa que de costumbre hubimos el desayuno; e terminado éste, Marcos e yo corrimos a la puerta por guardar la subida al pueblo e dejar Su Ilustrísima dijese su misa e hubiese también su desayuno, que como bien decía Antonio, la misa dicha, el desayuno le pide.
12 mayo, 2009
De los malos primeros de mayo – Parte V

- ¡Excelencia! – dijo quedo -; el Chusco soy e nuevas os tengo, mas nada habréis de decir de lo que os hable ni a vuestra propia consciencia, que bien sabéis no hay pueblo donde las piedras oigan hasta lo no dicho.
- ¡Así ha de ser! – contestéle -; colijo sabréis aquí ha estado don Rufino con su mal porque yo lo sanase…
- ¡No lo colijo, excelencia, sino que lo sé! – puntualizó -, e no habiendo vos querido remediar sus dolencias guarda terrible venganza para vos sin importarle mueran inocentes ¡Oídme con atención e nada decid! ¡No asistid mañana a la inauguración de la fábrica e manteneos alejado della a las doce! El resto, porque nadie pague con su vida pecado que no ha cometido, yo mesmo tengo resuelto ¿Habéis entendido lo por mí dicho?
- Entendido está – contestéle -, mas mi razón no alcanza a saber los motivos por los que no he de asistir a acto de tal importancia.
- Mañana lo sabréis, excelencia – dijo -, si lejos de la fábrica os mantenéis ¡No dejad a nadie se acerque, mas haced jurar sobre la Biblia nadie dirá a nadie no debe acercarse a la fábrica!
- En vos confío, inspector – concluí – e, no razonando lo que me pedís, he de hacerlo, que lo que deseo es la fábrica se inaugure mas no es para mí condición sine qua non sea la tal inauguración mañana ¡No habed cuidado, pues bien sabéis hago lo prometido!
Y en esto diciendo, e sin despedida alguna, colgó el teléfono e miré a Marcos con tal semblante que vi el pánico asomar a sus ojos.
- ¡Nada decidme que nada quiero saber! – dijo -; por lo oído sé el inspector os pide no vayáis mañana a la fábrica e tal cosa no razono ¡Algo muy malo prevé!
- Tan malo, Marcos – no quise decir todo lo que pensaba -, que hemos de decir a todos no hay mañana inauguración alguna mas, a cada persona que se le diga habremos de pedir jure sobre la Biblia nada dirá de lo oído ¿Comprendéis? Decid en la soledad del campo un secreto e ya lo sabe todo el pueblo ¡Sepamos éste sólo nosotros!, así, a los que digamos no vayan a la fábrica, también hemos de decir oigan nuestras palabras e callen para siempre.
- ¡Santo Dios! – exclamó -; lo que siento no lo sé, que es cosa nueva en mí, mas veo algo que me aterra ¡Con vos hemos de restar todos!
- Antes de retirarnos al descanso – le dije – hablemos con Cayetano. A todos quiero en el salón dentro de una corta pieza e a todos he de pedir no se abandone esta casa so pretexto alguno e, si fuere necesario, tome Su Ilustrísima juramento sobre El Libro Sagrado.
Así, e sin haber de manifestar otra cosa, dio Marcos aviso a Cayetano (que en su alcoba estaba ya con su esposa e su hijo) e pidióle avisase a todos por asunto grave. Y en el salón, a media luz, a todos pedí no saliesen de la casa el primero de mayo e quedábase la inauguración para mejor día mas, hube de añadir que lo dicho no debería llegar a otro oído e, no por desconfianza, sino por confianza e fe en Dios Nuestro Señor, pedí a Su Ilustrísima se jurase silencio sobre la Biblia e, sin obligar a nadie a hacerlo, todos prometieron callar lo oído e cumplir mis órdenes.
- ¡Marcos, amigo! – manifestéle aparte -; a doña pastora, doña Fuencisla e don Pablo hemos de dar aviso ¿Cómo lo haremos? ¡Acaso alguien oiga nuestra voz por los aires si a sus teléfonos llamamos!
- ¡Dejad aqueso en mis manos, Marino! – me dijo -; las ropas de labor de Lorenzo de mi mesma talla son. He de vestirlas e ir a sus casas por avisarles. Diré al mesmo Lorenzo al Puerto Chico me lleve en el coche e, ya de noche, nadie advertirá mi presencia por lo obscuro e por aparecer como menesteroso.
- ¡Buena idea habéis e Dios habrá de recompensárosla! ¡Suerte, amigo!
11 mayo, 2009
De los malos primeros de mayo – Parte IV
rande silencio hubo en partiendo el doctor e los niños se vinieron al salón con sigilo e sin nada decir y en mirándonos como apenados.
- ¡Hijos! – mirólos Su Ilustrísima - ¡Volved a vuestros juegos e agora iremos nos!
Nada dijeron, que estos niños saben tanto como los menos niños y en nuestros rostros leyeron nuestros pensamientos.
- ¡No lo entiendo así, Marino! – farfulló Marcos -; aunque bien razono si vive ese hombre ha de seguir dando avisos porque vengan sus parciales, no paréceme de principio se le hable con tal crudeza, pues en su propia jerga habéis dicho cosa tan terrible, que la fe perdería yo en oyéndola.
- Acaso, Marcos – repliqué calmo -, más dellos han muerto ya por darme muerte, mas mi vida nada vale a las perdidas en Sevilla ¡Vos no vivisteis aquel trance! E nada sabéis como yo de lo que ese hombre tiene en la mente, pues en sabiéndome invencible, a los más débiles ha de ir. Esperad sólo un día e volved a razonar lo razonado. Si he errado, como asesino podéis tenerme e libertad os dejo por abandonar esta vuestra familia… si antes no os dan muerte estos.
- ¿Muerte? – exclamó - ¿Muerte a mí a qué? ¿Qué cosa hago contra ellos?
- ¡Nada, amigo, nada! – dije - ¡A mi lado estáis! ¡Ese es vuestro error para ellos! ¡Esa es la razón para quitaros la vida! ¡Repito! Esperad sólo un día e volved a razonar lo razonado.
- Destas cosas – dijo Su Ilustrísima – confieso no entiendo, sino que a esta vida me trujo Dios Nuestro Señor para hacer el bien e no para el mal; oíd a mi sobrino, Marcos, que cuando dice oye las aguas del río, agua ha de llevar. Según colijo, e por lince no me tengo, este hombre quiere sanar, decir es nuestro mejor amigo e a nuestras espaldas ir diciendo a esos guardias dónde está nuestro «talón de Aquiles». Dejar pasar al enemigo a la casa es abrirle la puerta a la venganza e a la muerte e, aunque como sacerdote a nadie deseo mal alguno, mejor prefiero
- Malos días postreros ha de pasar – dijo entonces -, que con razón se dice no hay peor enfermo que el médico; e sabe éste lo que le roe las entrañas, cómo lo hace e su muerte es segura.
- Tan segura como la vuestra, Marcos – apunté -, aunque la nuestra no sabemos cuándo ha de ser y la suya sabe es pronta. Vayamos pues a jugar con los pequeños e dejemos el tiempo germine esa semilla. Siendo ya planta, es cuando sabremos si es buena os es mala; de nada sirven nuestros pesares agora. Esperemos a mañana.

