20 diciembre, 2008

PRÓLOGO a la PARTE DUODÉCIMA

Del paso del tiempo


asado el caluroso estío en nuestra casa y en algún viaje que trazó Marcos, a nuestros menesteres cada uno volvió. Vínose Víctor de Sevilla el mesmo día de Nuestra Señora de la Asunción, tras ver la procesión que allí hace la Virgen de los Reyes, por aprovechar unos días de solaz con nosotros, pues según refirióme, sin sus niños e sus mayores no podía haber descanso. E hubo grande fiesta e algarabía entre los pequeños a los que ya sumóse Pablito, que como de la Casa era parte.


- Así os lo dije – habló Su Ilustrísima a sus padres – e así ha sido, que este niño, en poco que con nosotros ha estado, otro paréceme.


- Verlo en cambiando día a día – contestóle don Pablo – no es como verlo agora e compararlo con el que fuese otrora, que a más de sano, hase vuelto culto, educado, disciplinado e cariñoso como nunca antes lo hubimos visto.


- Así pues – les dije -, si quisiéredes quedárase aquí con sus amigos, que como sus hermanos se han trocado, pusiérale yo su sitio en nuestra aula e de don Víctor recebería las liciones, que es tanto lo que ha aprehendido, que en la escuela acaso haya de ser estorbo para los compañeros o se atrase en lo que ya ha adelantado.


- Merced que no merecemos, excelencia – contestóme el padre -, e que quisiera con gusto aceptar. Mi señora e yo vendríamos a verlo, y a veros, de cuando en cuando, pues es cosa cierta que hermano parece de vuestros hijos y, en esto diciendo, os digo que hasta en su rostro veo vuestras facciones.


- Su casa e su familia aquí habrá – dijo Víctor -, pues hasta yo mesmo me siento extraño sin ellos.


- ¡Verdad decís, maestro! – díjole la madre -; viendo agora a estos niños de doña Pastori como hijos del Capitán, miro al mío e pienso que, aún habiéndolo parido, parece más hijo desta casa que de la mía.


- Quisiera yo – añadió el padre – deciros, si se me permite tal licencia, que así como doña Pastori ha dejado como hijos a los suyos propios a su excelencia, así mi señora e yo habríamos gran contento en que, además de sentirse hermano de todos ellos tres pequeños, sintiérase como hijo del Capitán, que más que cesión, sería para nosotros de orgullo, pues no he visto casa como esta hasta donde nosotros, los padres, hemos aprehendido cómo ha de vivirse.


E viendo a Pablito abrir la boca en sorpresa e alegría e mirándome con los sus ojos chispeantes, a él acerquéme e abracélo.


- Como mi hijo he de tratarlo, don Pablo – le dije -, que como tal lo siento ya, mas no quisiera usurparos lugar que os corresponde, sino en materia de educación.


E pude observar la tristeza e gravedad en la mirada de Guillermo, que a su padre e mí nos miraba; primero a uno e luego al otro.


- ¡Guillermo, hijo! – le dije -; con gusto aquí os daría un lugar e haberlo lo habéis como lo ha vuestro hermano pequeño. Mas es decisión que deberíais tomar vos mesmo, pues a vuestros padres ayudáis en sus labores.


- No es importante tal, papá – díjome con lágrimas en los ojos -, que mi segundo padre os considero e como tal os amo tanto como al mío verdadero. Con ellos he de volver al pueblo a cumplir mis obligaciones, mas aquí me tendréis cuando os sea menester, que gustoso me siento en aquesta casa e mucho debo a vuesas mercedes.


- E yo mesmo – alzó la su voz don Juan – he llevar a estos mozos por el camino que sus padres hanle inculcado desde muy pequeños. Aquí tienen la su casa como tienen la de Dios. Por esta escalera al Cielo he de conducirlos, que así se dice en el escudo desta vuestra Casa: «Scala Coeli, de la Fuentefría»; la escalera que al Cielo lleva, desde la Fuentefría.


Corrió Pablito a su padre, aferróse a sus piernas e miróle feliz tomándole luego la mano.


- ¿Podría llamar papá al Capitán como Guillermo lo ha hecho? – preguntóle - ¡Dadme licencia para ello!


- Entrambos los dos mis hijos la tenéis – hablóles don Pablo -, que no por eso vais a dejar de ser nuestros hijos, sino que hasta dos familias habréis e con la que quisiéredes os quedaréis llegado el momento.


E hubo un silencio; e viéronse miradas y sonrisas; e corrió Pablito a abrazarse a Marinín en besándolo e abrazándolo; e lo mesmo fizo luego con Carlitos e con Antonio. E viniéndose al cabo a mi lado, a mi brazo asióse e mi rostro miró en levantando el suyo de contento.


- ¡El Capitán mi papá! ¡Como de Marinín lo es!


E no hubo momento en que dijese el niño quisiera ir a gritarlo en el pueblo, sino que para sí lo guardó; ¿a qué pregonarlo?


E como se trazó se fizo, que volvióse Guillermo con sus padres al pueblo e restó con nosotros Pablito. E vienen su hermano e sus padres cada día como viene doña Pastora: a su casa a ver a su hijo.


- ¿Sabéis, papá – díjome Pablito en paseos -, que en poco he de cumplir hasta los once años?


- ¡Casi un hombre sois ya, pardiez! – reí -, que más que Pablito, diría yo se os llamase Pablo desde agora, que niño no sois.


- A mis hermanos he de decirles aquesto – enorgullóse su mirada -, que a poco soy casi como Antonio e no es de razón se me llame Pablito ¿No lo pensáis así?


- Pablo seréis desde este momento – le dije – e no llamaremos de otra forma ni a Carlitos ni a Marinín, pues es aquel aún pequeño y éste ha mi mesmo nombre. Así, por distinguirlo, seguiremos llamándole Marinín, como a la madre de tío Juan, siendo ya octogenaria, llamábanle Teresita «la niña».


- ¡Volvamos a casa, papá, que he de decir esta nueva a mis hermanos!


E con esto, púsose otra cama en el dormitorio de los pequeños, que hasta tres había por ser muy grande la estancia e dormía Carlitos en su cama pequeña, mas ancha, Pablo en la suya e Marinín e Antonio juntos yacían como habían costumbre desde que vínose éste último con nosotros.


E comenzaron a menguar los días y en la buhardilla las clases e fuése enfriando el ambiente e nos adentramos en el otoño. Así, celebrando el día de la Inmaculada Concepción de María, acercóse Marcos a mí por la espalda mientras una misiva escribía e apretó mi pecho con sus fuertes manos.


- A fe, Marino – me dijo -, que como vos me siento; padre de un nuevo hijo.


- ¿Acaso – preguntéle – al serlo yo no pensáis lo sois?


- ¡Así lo pienso! – besóme -, que mi alma daría por descubrir el secreto que paró vuestros días por parar los míos e no dejar nunca vuestro lado. Sabed que os amé desde el primer día, os amo e os he de amar mientras viva aunque paséis antes que yo.


- ¡No digáis tal, Marcos! – sonreíle -; a mi lado estáis. Dejad lo demás en manos del tiempo, que es Dios Nuestro Señor el que lo para o lo azuza.


- Pues a Él plugaré a diario – respondióme – porque me diga tal secreto… ya que vos no lo hacéis.


- Tal daño no he de haceros – tomé su rostro –, pues la vida sin fin, no es vida.


Así mesmo, en llegado el tiempo del Adviento, pidió Su Ilustrísima pusiérase en el salón el belén que él mesmo ficiese a imagen e semejanza de Ronda; y abajo, en la parte que llámase de Los Molinos, púsose el pesebre como en una cueva e veíanse los pastores todos vestidos a la usanza de los bandoleros e pusieron Marinín e Pablo unas músicas que con sus máquinas ficieran, de modo tal, que en mirando aquel paisaje de fantasía en la obscuridad de la noche con luces de colores como estrellas titilantes, veníanse a la mente recuerdos de otrora e al corazón el gozo de ver todos aquellos ojos curiosos buscando un sitio para ellos mesmos en tal paisaje.


En Grazalema e a veinte de diciembre del año de dos mil e ocho.

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