30 diciembre, 2008

De las compras e las fiestas (2/2)

antas Navidades he vivido como años tengo, mas ninguna como esta, pues preparóse la mesa de tal guisa, que ya todo servido en mesas con ruedas, sentóse el servicio con nosotros e movíanse aquestas mesas por detrás de nuestras sillas e de allí nos servíamos sin haber de levantarse.


Presidió Su Ilustrísima la cena e bendijo los alimentos e, junto a él, a su diestra, sus cuatro angelitos se hallaban; e Marcos e yo mesmo e Lorenzo – que porque así lo pedí, a mi lado acomodóse –; e Víctor e doña Pastora; don Pablo e su esposa doña Fuencisla e su hijo mayor Guillermo; Cayetano e María con el pequeño Marino, que hasta un año ya tiene, sobre sus faldas; Ramón e las cuatro mujeres del servicio (excúseseme nunca diga sus nombres que así lo piden). E a otras personas quisimos sentar a nuestra mesa mas, por tristes acontecimientos pasados, excusaron su asistencia.


E fue la cena preparada de modo tal, que con las salsas de colores sobre las carnes de cada plato hallábase escrito el nombre de quien habría de comerlo. E por esto hube gran contento e hice honores a Ramón, que a más de cocinar adorna los platos e hasta los nombra con sus salsas coloreadas.


E no cabían las viandas en las fauces de Su Ilustrísima, que así, de cuando en cuando, vaciaba su boca por beber buen vino e aconsejaba no comer mucho por haber luego la Misa del Gallo en nuestra capilla.


Mas hubo gran fiesta en el salón e cánticos e juegos; e ardía la leña en el hogar manteniendo la casa caliente. E, acercándose ya las doce, apagáronse las luces e restamos todos como en una cueva de techo iluminado de azules e destellantes estrellas. E así, abriéronse las puertas de la capilla e pasó solemnemente Su Ilustrísima hasta su propio belén rondeño con el Niño Divino arropado en paño blanco; e todos le adoramos. E púsose en el pesebre en señal de haber nascido e hubo cánticos angelicales de mis hijos, que a todos ellos Marinín había enseñado. Y en la penumbra de nuestra azulada «cueva», pasamos hasta la capilla.


Oficióse misa solemne e homilía tal nos dio Su Ilustrísima, que nadie osó parpadear en oyéndolo e mirábame Lorenzo con disimulo abriendo la su boca en señal de asombro.


E hubo también moderno ofertorio, que levantáronse mis cuatro pequeños e al altar llevaron un pan redondo, un cáliz de vino en barro cocido e dos velas blancas en candelabros dorados que a cada flanco pusieron.


E, terminada la misa y comenzada de nuevo la fiesta, arremetí a Su Ilustrísima porque me diese razón que yo no alcanzaba, pues habiendo pan e vino en el altar, siempre usábase la redonda hostia por ser consagrada.


- A fe, sobrino – me dijo -, que ni yo a veces entiendo por qué se facen ciertas cosas, mas esta puedo explicaros. Dícese que muchos años antes de nacer Nuestro Señor entre nosotros, usaban los egipcios de poner panes aplastados e redondos en sus altares esperando bajasen sus dioses a santificarlos. Y eran estos panes ácimos, entiéndase sin levadura, e hasta tres letras llevaban en ellos puestas: La «I», la «H» e la «S».


- ¡Iesus, Hominus, Salvator! – razonéle -, que así tengo dicho.


- Costumbre es esa que la Iglesia tomó para sí más tarde – apuntó -, que mucho se habla desto e nadie sabe a ciencia cierta por qué así está puesto desde el Siglo III, pues dícese aquellas letras que en los panes egipcios se ponían, no eran otras sino las de sus tres dioses: Isis, Horus e Osiris, así llamado Seb. Sea cual sea, pues, el origen o significado destas tres letras, sólo los panes redondos e marcados con ellas, las hostias, pueden ser convertidas en el cuerpo de Cristo por la llamada transustanciación.


E viendo yo era complejo el tal tema, en los libros decidí mirarlo por mí mesmo e uníme a la fiesta. Mas, acercándome a ver al Niño ya en su pesebre puesto, a sus pies descubrí el rosario de claras semillas e de borlón de seda que vi en manos de Lorenzo.


- Excelencia – dijo suave a mi oído -; así como un día un niño entregáseme ese rosario en esta mesma noche, quiero ponerlo agora a sus pies.


En Grazalema e a treinta de diciembre del año de dos mil e ocho.

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