30 diciembre, 2008

De las compras e las fiestas (1/2)

n llegándonos a la tienda que en Ronda vendía estos tales equipos portátiles, arremetióme al punto un joven por preguntar qué cosa deseábamos e, viendo yo que Marinín colocábase en el centro de la sala e miraba de espacio a su en derredor, hícele señas al tal joven porque esperase.

E mirando a la parte frontera e luego a mí sonriente, acercóse mi hijo e señalóme un estuche:

- ¡Ese, papá! – dijo -; como ese no hay otro, que es el mejor.

- Dice verdad vuestro hijo – apuntó el joven -, que como ese no hay otro y es el mejor, mas es también su precio el más alto.

- Acaso – contestéle – sea lo mejor lo más valioso e para mí ha de ser como presea e como ayudante en mis labores e para mis cuatro hijos e mi acompañante (a Marcos señalé) han de ser también de gran ayuda.

- Rencillas habréis por sentaros ante él, señor – dijo el joven en riendo -, que ninguno querrá dejar de usarlo.

- ¿E por eso habremos de reñir? – extrañéme - ¡Pónganseme seis dellos e cada uno use el suyo!

E mirándome con espanto, retiróse al punto el joven balbuceando:

- Mirad, señor – decía -, que como bien dice vuestro hijo, es el mejor, mas siendo el más costoso, es el único que habemos ¿E pedís seis dellos?

- Prepárese ese como diga mi hijo – contestéle con amabilidad – e dígame vuesa merced si otros cinco podrían encontrarse.

- ¡Otros cinco, claro está! – creí se ponía enfermo -. A fe, señor, que otros cinco tendríais aquí en acabando la fiesta de los Reyes Magos (miró al pequeño)… que están agora los Reyes muy ocupados en sus repartos.

- ¡Sea así, joven! – miré a mi pequeño -; ese que dice mi hijo he de llevar e todo lo que él os pida e, así como yo retire agora, así quiero cinco más.

Y en sacando mi cartera, puse sobre la mesa hasta cinco mil euros e pregunté el precio e aquel joven, oyó a Marinín sin dejar de mirarme e fue poniendo en una mesa todo lo preciso, hizo cálculo de su precio, entregué el dinero deste e parte de los pedidos y hasta la puerta salieron cuatro jóvenes a despedirnos.

- ¡Jo, papá! – decía mi pequeño en el viaje -, os aseguro que con estos equipos no saldremos nunca de nuestra estancia, ¡que todo lo hacen!

- A alguna cosa habrá que salir – le dije en riendo -, pues ni la comida ni el aseo se os servirá sentado ante el equipo.

- Yo mesmo he de prepararos cada cosa – añadió -, hasta tal punto, que esta mesma noche lo estéis usando.

E como dijo Marinín fue, pues pusimos cada cosa en su sitio e preparó el equipo para mi uso e, descansando para el almuerzo, seguimos con unas liciones de cómo debería de usarlo. Y era maravilla de ver cómo lo que yo hablaba se escribía e cómo podía darle órdenes en diciendo «haz esto», «borra eso», «copia eso»…

Así, pedí se me dejase a solas e púseme el cairel con las esponjas en la cabeza (que son llamados «auriculares») e lo que agora leen vuesas mercedes, escrito está sin tocar tecla alguna, sino en hablando. E quise mi equipo se llamase «Chuti».

En Grazalema e a treinta de diciembre del año de dos mil e ocho.

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