21 diciembre, 2008

De la pronta visita del zagal

n día sólo hubo pasado cuando volvió por la mañana a llamar a nuestra puerta el joven zagal que las ovejas cuidaba cerca de la casa. Abrióle Cayetano e dióme aviso, pues supo quién era aunque no qué le traía.


- ¿Capitán? – preguntó el zagal -; acaso os sea agora de estorbo…


- ¡No tal, zagalón! – sonreíle -, que en estando el tiempo tan frío no he de salir y en la chimenea me caliento ¡Pasad!


E quitando su embozo, descolgando su capa e destocándose, le dijo Cayetano podía dejar ropa e sombrero en el vestidor e ponerlos luego al salir.


- ¡Compadre – díjole Cayetano -, buena capa parda lleváis!


- ¡No tanto – respondióle -, que poca he comprado para estos helores por no haber caudales!


E a esto, mirólo Cayetano con extraño e dijo el zagal trabalenguas tal, que aún intento decirlo sin errar:


- Quien poca capa parda compra, poca capa parda paga; yo, que poca capa parda compré, poca capa parda pagué.


- Así ha de ser – le dije -, que además de dificultoso el decir eso, debe ser dificultoso el hacerlo; mas paréceme capa de mucho abrigo. Pasad una pieza a calentaros, que siendo hoy domingo, hanse ido todos al pueblo hasta el medio día y en lecturas ya me aburro.


- Poca educación pensaréis tengo – dijo dulcemente -, pues ni siquiera os he dicho mi nombre.


- Así es que no lo sé – contestéle -; e si el mío no sabéis, sabed es Marino aunque todos me llamen excelencia.


- Ya lo sabía, excelencia – dijo en entrando -, pues no muy lejos de aquí con mis padres vivo e, aún más cerca, las ovejas cuido por ganar unos céntimos por las tardes e las noches.


- ¿Unos céntimos decís? – creí era una chanza -; algunos euros, supongo.


- Como decís no es – dijo en acerándonos a un asiento -, que más no me da el dueño desas ovejas e poco más de dos euros he de ganancia en toda la noche.


E mi mirada en sus ojos quedó como pegada al oír aquello.


- Lorenzo he por nombre, excelencia – sonrióme -, e Lorenzo me llaman, que título alguno tengo.


- Para poco os serviría, Lorenzo – le dije -, sino para ganar unos cuartos e gastar el doble. Mas a lo que me decís de vuestra soldada por toda una noche no alcanza mi razón, que aunque tengáis «buena compaña», paréceme penoso tal trabajo por un par de euros.


- Otra cosa no hago – dijo – e casi siempre duermo. Así, no duermo en casa mas gano algo.


- ¿Quisiéredes haber otro sueldo más? – preguntéle -; trabajo tendría para vos e no por dos euros.


- E… - miróme dudoso - ¿qué habría de hacer e cuánto ganaría por ello?


Reí, pues sabía había otros pensamientos por lo hablado el día anterior.


- No habed cuidado, Lorenzo – así su mano fría -, que es trabajo honrado el que os ofrezco. Unos caballos tengo que han de cuidarse debidamente e Cayetano lo hace con gusto, mas no es su trabajo allende, sino aquende; dentro de la casa. Así pues, seríais el cuidador e yo mesmo os diría cuál sería vuestra labor. Sólo trabajaríais hasta ocho horas de día cuidándolos e hasta dos mil euros en un mes os daría con descanso dominical como es costumbre desta casa. E a más, si quisiéredes aquí haber aposento alguna noche, vuestra estancia tendríais.


- ¡Creer no puedo lo que me decís! – exclamó - ¿E cómo digo yo agora a don Amancio dejo de cuidar sus ovejas?


- Acaso conozcáis a otro zagal que quisiera hacerlo – dije insinuante – por tal cantidad de dinero.


E volvió a mirarme sonriente mas dudando de mis intenciones y, en esto, trujo Cayetano algo de café caliente que le hube pedido e habló al zagal.


- A fe, Lorenzo, y excúseme su excelencia entre en puertas cerradas, que lo que el Capitán os dice es cierto, pues no ha mucho que llegaron los caballos e yo mesmo los cuido e hasta uno dellos es regalo que se me fizo. Sé que muy bien cuidáis a los animales e cómo los amáis e, siendo así, a su excelencia aconsejo tome a Lorenzo como cuidador de caballos e a vos, compadre, toméis tal puesto. E de tal decisión nunca habréis de arrepentiros.


- Dejadme pensarlo – nos dijo a entrambos -, que otro trabajo como el que se me brinda nunca he de encontrar ni aquí ni en Grazalema ni en Ronda.


E haciendo reverencia, marchóse Cayetano e seguía mi vista clavada en los ojos de aquel zagal.

- Capitán – dijo cabizbajo -, a veros he venido por el gran placer que ello me causa, no por obligaros a darme un trabajo en esta casa ni…


- Lo que pensáis sé e no importa, Lorenzo – sonreíle -, si es vuestro deseo el verme, trabajando aquí me veréis cada día mas… también os veré yo.


- En casa extraña me hallo – dijo – e asustado por volver a ver al señor «cura» que aquí vive.


- Lo que teméis – le dije – ya no habréis de temer, que está enmendado e, si quisiéredes acompañarme, os mostraría con gusto la casa e conoceríais al resto del servicio.


- Con gusto os acompañaré a donde digáis – apretó mi mano – e con gusto he de tomar ese puesto de cuidador que me ofrecéis; e con gusto he de trabajar para vos.


E sabiendo yo lo que pasaba a todo el que a mí se acercaba e que luego Marcos sentíase mal, a nadie dije lo que hicimos en el paseo por la casa, sino que advertí a Lorenzo de que a trabajar habría de venir e no a otra cosa. Con esto, fuimos a las cocinas e hubo unas pláticas con los criados (a los cuales bien conoscía) e quiso marcharse antes de que llegase mi familia mas, al abrir la puerta para salir, ya embozado, llegaron mis niños en gran contento e besáronme todos (mas no así Su Ilustrísima) e así supieron habrían a un nuevo sirviente, mas no vieron su rostro. E habló don Juan cuando fuése.


- A fe, sobrino – me dijo -, que ese zagal paréceme el adecuado para cuidador de los caballos e, siendo tan joven como en sus ojos se advierte, muy amigo habrá de ser también de Víctor e de mis angelitos.


- Así lo decís, así lo pienso, Ilustrísima.


En Grazalema e a veinte y uno de diciembre del año de dos mil e ocho.

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