22 diciembre, 2008

De la noche que narraba el zagal

erminaba mis afeites por la tarde, pues por la mañana no hube tiempo, mientras ojeaba Marcos los papeles de Lorenzo y en voz alta me hablaba:

- A fe, Marino, que este zagal no es como los otros, pues a los niños da juegos e como niño se aparece e, hablando luego con él, adviértese una mirada dulce, un rostro resplandeciente e palabras sin mancilla. Nadie diría pudo verlo Su Ilustrísima en ciertos menesteres.

- De lo que me habláis asaz conozco – le dije -, que hablando con los niños es como uno dellos e hablando con Su Ilustrísima diríase de todo sabe y de todo habla con conocimiento mas, ¿cuándo ha comenzar su trabajo en nuestra casa?

- Acaso pasada la fiesta de la Navidad – me dijo -, mas arde en deseos de comenzar y esta mesma tarde ha venido e arriba en la buhardilla jugando con los pequeños se halla.

- ¿Arriba decís está? – puse atención -.

- Arriba – repitió -, que hace frío para andar en juegos en el campo.

Y en oyendo lo dicho, excuséme por ir a verlos en sus juegos e subí muy quedo e a la puerta acerquéme, que entreabierta estaba, por ver qué hacían. E vi a mis niños sentados en la alfombra, todos ellos frente a él, e a Carlitos tenía sentado en una de sus rodillas e algo les narraba:

«Sabed, les decía, que mañana por la noche, cuando es el momento de recordar el nascimiento del Niño Divino, un año hará que estaba yo en cuidando mis ovejas ahí cerca y, hallándome en lecturas, sentí un grande frío que helaba mis huesos. Con esto, púseme junto a una pira que encendiese a la entrada e donde había una jarrita de la dulce leche de las ovejas calentándose un poco. E fui a beberla cuando, caminando por entre los árboles en la obscuridad de la noche, vi se acercaba un bulto resplandeciente; e no era ese bulto otra cosa sino un niño de edad como hasta la de vuesas mercedes, que hasta los once años no había. E venía con poca ropa, pues sólo vestía una a modo de túnica blanca que hasta sus pies le cubría y eran sus cabellos largos e dorados e, acercándose a la luz del fuego, turbéme al vello ¿No habéis frío con esas ropas? ¡Acercaos al fuego!, le dije, que horas no son estas de andar por los campos ¡Tomad! ¡Bebed un poco de leche caliente! E tomó mi jarrita con entrambas manos por calentarlas acaso e un poco bebió sin dejar de mirarme ¡Dime, niño!, le dije, ¿De quién eres todo vestidito de blanco? E dejando de beber e sonriéndome, oí la su dulce voz en diciendo: Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo. E tanto turbéme al oír su palabras, que caí hacia atrás como en sueños y en el suelo caído despertéme e no sabía si soñando estaba. Mas, por acercarme al fuego e calentarme, vi mi jarra puesta sobre un tronco grueso que a la sazón está junto a la puerta por atrancarla, e allí encontré mi jarrita. E no había leche en ella. E cuando acerquéme por ver si toda la había bebido, a vino olía. E mirad soy verdadero, que poco vino bebo, mas por paliar el frío apreté mi capa e de allí bebí toda la jarrita llena. ¡E a gloria sabía!».

- ¡Acaso – dijo Marinín con sus ojos muy abiertos – dormido os quedasteis!

- No tal, Marino – respondióle -, que la pira encendida con algunas ramas secas aún ardía e junto a mi jarrita esto hallé.

E vilo tomar algo de su bolsillo e mostrarlo a los niños e parecióme un rosario con cuentas de semillas de color claro e, donde la cruz había de estar, había un brillante borloncillo blanco de seda. E no queriendo interrumpir sus pláticas e sintiéndome turbado, bajé con sigilo, mas a priesa, por decir lo oído a Marcos; e tan turbado como yo quedó.

En Grazalema e a veinte y dos de diciembre del año de dos mil e ocho.

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