22 diciembre, 2008

De cómo nunca sabemos lo que nos depara la suerte

ormía profundamente, cuando oí un grande estruendo al abrirse la puerta e no vi a Marcos a mi lado, sino que por la puerta entraba trayéndome el jugo de naranja e sonriente.


- ¡Levantaos, Marino! – espetó -, que es día de facer cosas.


- ¿E qué hacéis vos ya vestido tan de temprano? – preguntéle -; sin mí os habéis levantado e dello no me he apercibido.


- Acaso olvidáis que venía hoy el nuevo cuidador de los caballos, como me dijisteis – manifestó –, e muy de temprano ha venido. Paréceme ese joven ha mucha ilusión por tomar para sí este puesto del servicio e… a lo que he visto, también paréceme que no es otro sino el zagal que llegóse antier por haber ciertas… «necesidades».


- El mesmo es, Marcos – confeséle -, mas desto no he querido cosa alguna decir, que en no viendo la su faz ni Su Ilustrísima ni nadie, nadie ha de reconocerlo.


- Cosa que en nada me atañe, Marino – dijo en acercándose -, que con él acabo de hablar por tomar sus datos para el contrato de su trabajo en Ronda e paréceme gentil y educado como pocos. Tomaos vuestro jugo e bajad presto, que abajo está en pláticas con Su Ilustrísima. Yo he de partir por hacerlo sirviente en lo tocante a la ley.


- ¿Con Su Ilustrísima está? – preguntéle asustado -; ¡no creo sepa éste quién es el otro e sepa el otro no debe llamar «cura» a don Juan! ¡Al punto bajo!


- Antes de hablar con don Juan – díjome con picardía – con él he habido unas pláticas e así hele aclarado que no ha de temer se le reconozca e que debe llamaros a vos «excelencia» e a don Juan «Ilustrísima», que no es cura, sino obispo e de grande renombre en Ronda.


En poco, tomé la ropa e abriguéme por bajar al punto y, en llegándome a las escaleras, oía a Lorenzo ya hablar con Su Ilustrísima.


- ¡Buenos días nos dé Dios! – saludélos -; bien veo que ya conoce Su Ilustrísima a Lorenzo… ¡No levantaos, joven, pues he de sentarme yo!


- Mucho tiempo no ha de perderse en el desayuno – apuntó Su Ilustrísima -, que pronto han de empezar a cantar la lotería desta Navidad los niños de San Ildefonso e hasta siete números llevo.


- ¿Siete números? – exclamé -. No me asombra sean muchos, sino que es el siete el número de la suerte.


- Así le decía a este joven, sobrino – contestó -, que si algún premio cayese en esta casa, he de repartirlo con todos e ya forma él parte desta nuestra familia. Su presencia me agrada, e siendo nascido como es en la Ribera e bautizado en Grazalema, aquí siempre ha vivido e poco ha estudiado. Mas bien paréceme sus padres le han educado en algunas materias.


- ¿No es vuestra educación de la escuela, Lorenzo? – preguntéle -; a fe que parecéis culto como si hubieseis examinado.


- Examinado no he, excelencia – sonrióme -, mas habiendo mucho tiempo para lecturas en la noche, mucho he leído, que en cuidando animales…


- ¡No decid nada más! – interrumpílo -, que vuestra cultura nos importa e vuestra educación sin mácula. No hablemos de trabajos pasados e sí del venidero.


E razonando éste yo no quería de las ovejas hablase, sonrióme en un gesto de aprobación e como cómplice.


- Haciendo excepción, sobrino – me dijo don Juan -, durante el desayuno habremos unas pláticas, pues a Lorenzo he invitado a sentarse a nuestra mesa.


- Os aseguro, Capitán – dijo Lorenzo en apuro -, que siendo campesino no ha sido mía la idea de sentarme a vuestra mesa.


- Mal me parece – le dije -, que campesino o marqués, según oí decir acaso hace un par de años, todos somos iguales. Con nosotros habéis de desayunar, pues aún no sois parte del servicio. Y esto digo, no por prohibir al servicio sentarse a mi mesa, que en Navidad lo facen, sino que tiene el servicio otro horario y en comedor tan lujoso como este las mesmas viandas que nos han por desayuno, almuerzo e cena.


- A fe, excelencia – dijo con dulzura en mirándome -, que no he de encontrar lugar alguno donde las cosas así sean. Un honor e un privilegio habré en yantar en la mesma mesa que vuesas mercedes en no siendo aún del servicio, y el mesmo honor y privilegio será compartir mesa con los que han de ser mis compañeros en las labores desta casa.


E levantóse Su Ilustrísima a encender la «ventana luminosa» por oír el sorteo e, tan fuerte se oía, que molestaba.


- ¡Por oírlo desde el comedor hablan tan fuerte – gritó -, que no quiero perderme premio alguno que del bombo salga! ¡Desayunemos!


- ¿E dónde están mis niños, Ilustrísima? – grité - ¡Por aquí no los veo!


- Siguiendo las costumbres desta Casa – dijo entrándonos en el comedor – aquí les tenéis ya sentados, que no era de razón estuviesen presentes en conversaciones de adultos.


- ¡Papá, papá! – vino a mí Pablo -, que no es otro, sino Lorenzo, el que ha de cuidar de nuestros caballos.


- Así es, pequeño – diles los buenos días -; un vecino de la Ribera que creo conoscéis.


- ¡No hay duda, papá! – respondieron también los otros -, pues muchas veces ha jugado con nosotros a la pelota y es divertido e muchas historias nos cuenta.


E mirando con cuidado a Lorenzo, que sonreíame, hícele pasar e díjele se sentase junto a los niños e hubieron éstos gran contento.


Así, tomamos el desayuno en pláticas y entre risas en oyendo allá, al fondo, el cántico navideño de la lotería e, sin cosa decir alguna, levantóse Su Ilustrísima en limpiando sus labios e al salón corrió.


- Acaso – les dije – ya tenga premio.


E no fue así, sino que volvió mirando sus papeles con desilusión y en diciendo había más premios. E, acabado el desayuno, en el salón quise yo nos sentásemos todos con Lorenzo (Marcos en Ronda estaba) e junto a éste acomodéme, aunque algo justo, pues los niños me empujaban por oírnos.


E tomando un anís con guindas de la cosecha de don Juan e algunos dulces, vimos (e oímos) grandes voces, pues el premio que llaman «el gordo» había salido. Y en mirando don Juan sus papeles, trocóse su rostro en alabastro, levantóse e retiróse a su estancia.


- ¿Acaso hemos dicho o hecho – dijo Antonio – cosa alguna que le haya disgustado?


- Más bien paréceme, hijo – acariciélo -, que el tal «gordo» le ha tocado. Pronto volverá ya recuperado del susto e lo sabremos.


- ¡No he de tomar yo parte desto! – murmuró Lorenzo -, que aunque de la casa me siento, tal merced no merezco.


- A Su Ilustrísima no conoscéis, Lorenzo – toméle la mano -, que cuando habla de repartir el premio, incluye al servicio e como parte dél os toma ya.


- A fe, excelencia – díjome muy quedo -, que si supiese a quién va a darle parte dese premio, otra semblanza habría.


- De ovejas no habléis – le dije – e nada desto sabrá. No rechacéis lo que os dé, si es que nos da algo.


- ¡Vive Dios que tal cosa no he de hacer!


Y en esto, volvía Su Ilustrísima con otro semblante e otra sonrisa:


- ¡Buena parte del gordo me ha tocado!


Y en una corta pieza, supieron Marinín e Pablo cuánto había tocado e a cuánto tocábamos cada uno.


- ¡Jo, papá! ¡Hasta 7.000 euros por cabeza!


En Grazalema e a veinte y dos de diciembre del año de dos mil e ocho.

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