
entado ante mi estuche portátil, decidido estaba ya a narrar a vuesas mercedes cuanto vivimos en las pasadas Fiestas de
En esto estaba, cuando parecióme oír alguien tocaba prudente a mi puerta.
- ¿Quién va? – grité - ¡Podéis pasar que atrancada no está la puerta!
E abrióse ésta muy de espacio e asomó la cabeza de Marinín e veíase en su rostro el asombro.
- A fe, papá – hablóme azorado -, que tales gritos dais que he pensado algo os sucedía.
- ¡Pasad, hijo – sonreíle -, que si bien es cierto que algo me sucede, no es cosa que remedio no haya, sino que mi estuche portátil no quiere que hoy escriba mi diario.
E acercándose, mirándolo e tocando algunas partes dél, fizo gesto de extraño e miróme sorpreso.
- Diría yo – habló – que ni podéis ni podréis escribir más vuestro diario en este estuche, papá, pues estos equipos han corta vida y este la suya ha cumplido.
- Al taller de expertos he de llevarlo pues, porque se me repare – dije enojado -, que en este he escrito siempre y en este he de seguir haciéndolo.
- Cosa tal no es posible, papá – abrazóme e acaricióme -, que como difunto está e no como enfermo. Ya os digo que estos equipos han corta vida y, en muriendo, con la basura habréis de ponerlo e comprar uno nuevo.
- ¡A tal me niego! – alcé la voz -; como mi compañero es ¿Pensáis acaso voy a arrojarlo con la basura?
- Sí – contestó seguro -, pues no es persona, sino equipo.
- ¡Esperad, hijo! – quedé en pensamientos - ¡La palabra exacta habéis dado!, pues no es esto ordenador ni computadora ni estuche ni portátil, sino máquina llena de herramientas invisibles que tanto nos dejan escribir, como dibujar, como hacer músicas o jugar ¡Equipo! ¡Pláceme tal palabra!
- Pues así os ha de placer – dijo – el venir a mi estancia e usar el mío por escribir vuestro diario e ver la grande diferencia que entre este (el mío señaló) y el que yo uso hay.
Tendió su mano porque le acompañase e levantéme, que no era de razón negarme a algo que mi hijo pensaba era mejor para mí. Y en llegando a su estancia, hízome sentar frente a su «equipo» e puso sobre mi cabeza un a modo de cairel negro con sendas esponjas que mis oídos tapaban e una a modo de manecilla que por delante de mi boca quedaba.
- Ahí tenéis la página en blanco, papá – apretó mi mano -; decid cualquiera cosa que queráis escribir. Y en esto dije: «Pues agora no sé qué decir».
E así lo dije, en el papel luminoso vi escritas las mesmas palabras: «Pues agora no sé qué decir».
Quitéme el cairel e levantéme espantado.
- ¿Qué cosa es esta que escribe lo mesmo que yo digo?
- A fe, papá – díjome mi hijo en riendo -, que si no me tomáis como otro «Chuti» que os enseñe, nunca vais a avanzar. Un equipo nuevo habréis de comprar; no tan costoso como el vuestro e que muchas otras cosas face e más rápidamente. Así, cuando queráis escribir vuestro diario, sólo habréis de decir las palabras, narrándolo, y solas se escribirán; e cuando queráis repasar lo escrito, le decís al equipo os lo lea, que es cosa que hace en perfecto castellano.
E sin dejar mi sorpresa y estupor, mirélo fíjamente e sonreíle.
- Mañana mesmo – le dije -, hemos de ir a Ronda a comprar el mejor… «equipo» que encontréis, que quiero haber unas pláticas con él e que me escriba el diario e luego lo lea, pues mucho he de narrar de lo acontecido en estas fiestas.
- Decidlo a papá Marcos – contestóme -; Pablo e yo, que desto mucho habemos conocimiento, hemos de acompañaros e yo mesmo he de daros cuatro liciones.
- A buscar a Marcos voy – dije en acercándome a la puerta -; preparaos para venir con nosotros a por ese «equipo» que me escuche e que por mí escriba e que luego lo lea.
E derramando en los aires una sonrisa (que Su Ilustrísima hubiese querido ver por angelical) ofrecióme el suyo por no quedar sin escribir, mas decidí hacerlo con el que fuere mi nuevo «equipo».
En Grazalema e a veinte y nueve de diciembre del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario