16 junio, 2008

Del sexto día de espera

uese Guillermo esta mañana casi a medio día tras haber andando en paseos conmigo por la finca donde le mostré algunos de nuestros lugares preferidos e, iba rodeando la casa para llegar al jardín, cuando parecióme venía bajando Marcos por la carretera de Puerto Chico.


- “A fe, Ilustrísima – dije en sentándome -, que si no hubiésemos jardineros, no podría tenerse esta finca sin maleza e tanto árbol bien podado”.


Mirome un solo instante e siguió mirando a su libro en hablando.


- “Cierto paréceme lo que decís e bien veo que vos mesmo ponéis vuestra ayuda, pues acaso de un golpe o de un tiznón, habéis una mancha negruzca en el cuello”.


E mi brazo elevóse presto tapando mi mano la tal mancha que en el cuello había mientras hubo de asomar a mi rostro una cierta preocupación.


- “¿A qué preocuparos, sobrino? – farfulló sin alzar la vista -. Si acaso es mancha bastará con lavarla e si fuere de un golpe, buena encarnadura tenéis y presto desaparecerá”.


E no era esa mi preocupación, sino que oía a Marcos en llegando e incliné algo la cabeza por apoyar mi codo en el brazo del asiento dejando mi mano en tapando «la mancha negruzca».


- “¡De vuelta estoy, Ilustrísima e Marino! – dijo acercándose -, pues poco he tardado en mover los papeles necesarios en el Ayuntamiento”.


E parecióme hizo ademán de inclinarse e besarme mas no podía yo levantar la cabeza.


- “¿Os sucede algo, amigo? – extrañóse -; dejadme ver ese cuello que desa guisa acabaréis con tortícolis”.


- “Parece se ha dado un golpe con una rama – dijo don Juan indiferente – e, en advirtiéndole yo había un golpe en el cuello, parece haber comenzado a dolerle”.


- “¿Un golpe, Marino? – extrañose Marcos -; bien claro os he dicho ya varias veces que dejéis a los jardineros adecentar la finca aunque os plazcan esas labores ¿Podéis mostrarme la herida?”.


- “¡Herida no tengo, compañero! – me tapé con más cuidado -, sino que parece me he dado un golpe e ni siquiera recuerdo ni do ni cuándo ni cómo”.


Mas aprovechando un momento en que acomodéme en el asiento, tiró de mi mano casi dejándome caer e miró la marca e, mirándome luego con cierta sorna e picardía, dijo en voz alta:


- “A fe que un buen golpe os habéis dado mientras yo estaba en el pueblo, mas habiendo la encarnadura que habéis, mañana habrá desaparecido”.


- “¡Aqueso mesmo le he dicho yo, Marcos!”.


En Grazalema e a diez y seis de junio del año de dos mil e ocho.

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