19 septiembre, 2008

Epílogo a la Parte 11 – Fragmento II

legóse a nuestra casa otro día con sus atuendos rústicos don Álvaro de Mendoza, el chusco, que había agora su morada en Grazalema y en paseos llegó hasta nuestra casa. Hícele pasar e no quiso a la primera, mas avinióse a la tercera.

- “No sé qué siento que no siento – dijo – entrándome en palacio como aqueste con estas ropas, mas no he de despreciar la oferta de huésped como vos”.

- “En vuestra casa entráis, don Álvaro – repuse -, e no habéis de pedir licencia alguna ni a nadie para hacerlo, que como vuestra deberéis tomarla”.

- “¡Ah, Ilustrísima – besó su pectoral -, cómo os envidio! ¡Dios debería enviarme castigo por lo que siento al veros lozano e disfrutando desta su familia!”.

- “Mercedes os concederá, chusco – contestóle don Juan -, que es vuestra envidia tan sana que salva vidas. E yo mesmo plugo por vos al Altísimo cada día e como parte de la familia que decís os incluyo. Sentaos e acomodaos una pieza aquí, que es cercana la hora de mi bocado e un buen vino lo acompañará”.

Así, estuvimos en pláticas una pieza e narrónos don Álvaro su nueva andadura en viviendo en el pueblo.

- “A dar paseos salgo – dijo – vestido desta guisa, que todos han de seguir conociéndome como a «el chusco», pues noticias tengo de que «las ratas» han nueva camada e aprestándose están para ir a por su ración de queso. E no han de tomarla; ¡qué lo van a hacer!, si está aquí el mismísimo Capitán Alacaída e buena compaña tendrá siempre. Quisiera yo agora – excusóse – dar con vos un paseo hasta cerca del lugar donde otrora yo viviese e haber unas pláticas”.

- “Excusa alguna debéis pedir, chusco – levantó sus manos Su Ilustrísima -, que en los asuntos del Señor está mi labor e no en la de hacer trazados para defensa alguna. Idos pues a pasear e no volváis muy tarde, que el almuerzo espera e hace calor por los campos”.

Así, salimos entrambos de la casa con atuendos de labradores (que sembrando desde temprano me hallaba) e bajamos por la carretera en pláticas. E fui sabiendo que aquellos que me buscaban para darme muerte otra vez estaban armándose en ejército; no numeroso, mas sí poderoso.

Y en estas estábamos, cuando paró un coche carretera abajo, cerca del puente que cruza el Gaidóvar. E deste coche apeóse forastero que a todos lados miraba e, viéndonos de bajar hacia donde estaba, comenzó a subir por la serpenteante carretera.

- “¡A loh güeno día!” – saludólo el chusco -.

- “¡Buenos días, señores!” – respondiónos el forastero -.

E oyendo entrambos su acento castellano, con grande disimulo nos miramos e volvióse el chusco a mirarlo e a hablarle.

- “Forastero sois, señó – le dijo -, que por er habla e por no conoceros lo sabemos. Si acaso alguna cosa quisiéredes e pudiésemos serle de un ayuda…”.

- “En esta ribera – contestóle – sé hay gente como vuesas mercedes, campesinos, e otros que a pasar el estío vienen e tienen casa e piscina e no vuelven a la ciudad hasta llegado septiembre. E así mesmo los hay que aquí viven siempre”.

- “Así como lo decís es – contestóle el chusco -, que a má de campesinos como nosotroh, también aquí han morada muchoh forasteroh de Sebiya, de Jeré, de Ronda e de Málaga. ¿Buscáih acaso a arguno delloh?”.

- “No diría yo lo busco – seguí yo en silencio -, sino que ha llegado a mis oídos que un gran amigo mío, el Capitán Alacaída, en estas tierras ha su morada. E si el tal gentilhombre la tiene, ha de ser porque es este lugar placentero. Así pues, con él quisiera haber unas pláticas porque me diese un norte para comprar una casa”.

- “Tal gentilhombre que decís – hizo como que pensaba – paréceme fuése a Sebiya unoh día… E no hablaría yo con er servicio de su casa, pues bien lo conohco e saben tanto como yo de dónde para”.

- “Tal no es importante – respondióle el forastero -, pues en sabiendo es cierto que aquí ha su hogar mi amigo, a hacerle visita vendremos en acabado el verano e las fiestas; en febrero, diría yo”.

- “Bien lo conohco – usé mi acento andaluz – e sé ha de pasar asquí to er invierno. Vorvé en febrero y en la su casa lo hayaréi”.

- “¡No tan bien como yo lo conoceréis, amigo! – sonrióme -, que sé es hombre de mucho trafego e poco tiempo vive en un mesmo lugar”.

- “Así como lo desíh ha de sé – añadí -, ques «culillo de mal asiento» aqueste capitán e de acá a acullá anda siempre”.

- “¡Vayan, pues, con Dios vuesas mercedes! – despidióse -, que entreteneros no quisiera de vuestras labores. Una pieza subiré hasta su casa e volveré el año venidero”.

E despidiéndonos dél e dándonos la vuelta, hubimos de contener las risas, que descubrióse la rata sola y en la ratonera cayó. Y en esto que vimos subía a priesa, al campo nos entramos entre los matojos e por una trocha estrecha subimos en observándolo.

- “Paréceme, excelencia – musitó el chusco -, que a hacer «fotos» de vuestra casa viene como si fuese forastero interesado en buscar aquí aposento”.

- “Así también lo creo yo – le dije -, que ni estando a un metro dél ha sabido hablaba con el mesmo capitán e amigo que buscaba”.

- “¡No riáis, excelencia – advirtióme el chusco -, que es éste asunto muy serio! A ver la casa vienen por reconocer su «talón de Aquiles» para poder invadirla; e tal cosa significaría un ataque a otras personas que tan inocentes como vos son mas no saben defenderse. Y en estando yo de cuerpo presente, aseguraros puedo que ni una desas ratas ha de acercarse a vuestra casa sin catar «el queso» que a las otras pusimos”.

E allí agazapados esperamos hasta que fuése carretera abajo y en su coche partió. Salimos dentre la maleza a la carretera ya cerca de casa e de la hora del almuerzo e así entramos en la finca, arremetióme Antonio como aterrado e a mis piernas aferróse como en llantos.

- “¿Qué cosa os sucede, hijo? – agachéme a la su altura -; llorando veros no quiero. Decidme qué os apena”.

- “Me apena, papá – gimió -, el haber visto a un hombre andando por la carretera e, acercándose a la casa e creyendo nadie lo veía, unas «fotos» se ha llevado”.

- “¿Y a qué esa tristeza? – añadí - ¿Acaso no sabéis vuestro padre con el inspector nunca van a dejar se acerquen esos hombres a esta casa?”.

- “Seguro dello estoy – contestóme más tranquilo -; a esta casa no han de acercarse esos hombres, papá, mas bien sé que os retiraréis vos porque os sigan e por librarnos dellos poniendo en peligro vuestra vida”.

- “¿Dónde está Marinín?” – preguntéle -.

- “¡Ahí dentro!” – contestóme sorpreso -.

- “¿E llora?”.

- “¡No tal!”.

- “Pues en ello habréis de reconocer que no hay ejército que vencer pueda al Capitán Alacaída. ¡Almorcemos!”.


Adendum

Quisiera yo esta última parte dedicarla a Su Reverendísima Ilustrísima don Juan de Lobo, que cada línea deste mi diario ha leído, ha gozado e ha inspirado con sus sabios consejos. ¡Va por Uhté, Maehtro! ¡Ar Sielo con Eya!

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