18 septiembre, 2008

Epílogo a la Parte 11 – Fragmento I

nsí que llegó el estío se llegó también el tiempo de holganza e hasta los parciales de la guardia que a acabar con mi vida estaban dispuestos parecieron cesar en su empresa. Fuése Víctor a Sevilla e más parecióme lo hacía por seguir allí estudiando lo que a mis hijos había de enseñar que a haber descanso, que no es Sevilla ciudad de frescura en verano e poco o mal se duerme; si acaso se duerme. E hubimos nosotros muchas visitas que más venían a vernos por tomar baños en nuestra piscina que por otra cosa alguna.


Mas no todo fue visita de compromiso, pues a menudo invitábamos a don Rufino, el médico, e con nosotros restaron hasta dos meses Pablito e Guillermo viniendo sus padres casi en diario a ver a sus hijos e disfrutar – así lo dijeron – de nuestra compaña; e una buena pieza restaban en casa al atardecer.


- “Verán vuesas mercedes – les decía Su Ilustrísima – cómo el pequeño Pablito va mejorando de cuerpo e de alma, que hase acomodado a nuestros hábitos en poco e con él tengo largas pláticas e paréceme niño bondadoso, de gran corazón, que nada tiene suyo, sino que lo poco que posee es de todos. E mejorando día a día, como yo lo veo, al pueblo ha de volver como un ejemplar para sus amigos”.


- “Vos, Ilustrísima – le decía el padre -, mejor que otros, ha de saber cómo cambia, pues en él vemos mudar la su color e su alegría, mas no vemos esos cambios del alma de que habláis porque no son visibles ni nuestra razón a ello alcanza como lo hace la vuestra”.


- “Acaso – contestóle don Juan -, en dejándolo se acerque más a vuesas mercedes, habrán de notar el cambio que les digo, pues véolo yo en sus abrazos y en sus besos y en esa sonrisa que asoma a sus ojos cuando nos mira ¡Observadlo!”.


- “Así como lo manifestáis – dijo doña Fuencisla -, sí paréceme cambiado. A nosotros arremete con cariño en su rostro, en sus caricias y en sus besos e, desde sanado, nos asombró su dedicación a los estudios que, según nos dijo Guillermo, no se entiende cómo aprehende las materias en un libro escritas con sólo leerlas una vez”.


E a todo esto, iba yo también sintiendo a mí se llegaba en diferente modo, que sin perder su respeto por «el Capitán», como uno más de mis propios hijos me hablaba e alguna vez llamaba «tío Juan» a Su Ilustrísima como lo hacían mis tres pequeños.


E no acabó el mes de julio caluroso, hasta en la Serranía, cuando su cercanía a Marinín obró en él prodigios, pues vilo (e oílo) un día contar hasta un ciento de folios con mirarlos e sin poner sus manos encima, e parecióme Marinín lo miraba cómplice de aquella gesta infantil como si examinase.


- “Sabed, Pablito – le dijo mi pequeño -, que si en la mente ordenáis las ideas como cosas, lo que los demás ven el cielo como nubes desordenadas, veréis con riguroso orden. E siendo que este orden lo veis en dentro de vuestra cabeza, a palabras podéis convertirlo con facilidad”.


- “A nadie decid lo que he de confesaros – respondióle Pablito en susurros -, pues no sé en qué modo o manera, he aprehendido a sumar cuantos números se me digan e, así se me van diciendo, en mi cabeza se me figuran, como vos decís, e veo la suma al punto e puedo decirla. Mas ya sabiendo puedo facer esto, me desespera no poder facer esotro”.


- “¡Nihil desperandum! – hablóle Marinín en latín -.


- “No es aqueso – contestóle el pequeño en oyendo la frase latina -, sino que a más sé, más sé no sé”.


- “Pues todo habremos de razonarlo e aprenderlo – susurróle Marinín entonces -; no tengáis cuidado de olvidar cosa alguna, que en habiendo orden en la mente, lo habrá en el cuerpo. Así pues os digo que razonéis lo que ya sabéis, pues de un árbol que da frutos nacen ciento, e destos, otros tantos por cada uno. Con esto, a más aprehendáis, más aprehenderéis; ¿a qué desesperar pues si priesa no habéis?”.


E hube de llamar a Marinín a mi bufete por haber unas pláticas con él, pues nada habíame manifestado de lo por Pablito logrado e no era tal lo acordado entrambos.


- “A fe que en ello no he pensado, papá – me dijo -, pues es tan rápido el cambio que en él se obra, que en alguna materia ya me alcanza, pues puede leer a tal velocidad, que cuando yo he terminado mi libro él ya ha leído dos”.


- “¿Es cierto lo que decís? – extrañóme tal cosa -; vos leéis con presteza e todo lo aprehendéis e lo razonáis al punto; ¿puede hacer esto Pablito aún con más rapidez?”.


- “Con tanta – respondióme en acercándose misteriosamente -, que hasta hame confesado que sabiendo el tamaño de una gota de agua, bien podría decirme al punto cuántos litros hay en la piscina”.


- “¡Santo Dios – exclamé sin remedio -, que cosa tal no he oído en toda mi vida!”.


- “Pues cierto ha de ser, papá – sonrióme feliz -, que una cifra muy alta me dijo sentados entrambos a la mesa del cobertizo e, no sabiendo a qué millones se refería, preguntéle; e dióme razón, que me decía el número de gotas de leche que en su vaso aún quedaban”.


E fue tan grande mi sorpresa que asustéme. Destreza no me falta para el cálculo y escapaba aquello a lo por mí alcanzado en toda mi vida. E así mesmo, colegí entendía lo dicho en latines por mi pequeño e dello quise saber.


- “¿Acaso sabe Pablito – preguntéle – cosa alguna de idiomas? ¡De latín, digamos!”.


- “Con facilidad entiende – respondióme calmo – todo aquello que se le diga; sea en latín, francés o inglés; e tal me hace pensar en su casa ya le enseñaron algo de otras lenguas”.


- “¿Pensáis que sus padres – insistí -, siendo como son humildes, hayan podido dar liciones de otros idiomas a vuestro nuevo amigo?”.


- “Tal no se me figura, papá – dijo -, pues bien he oído hablar a don Pablo e doña Fuencisla e mucho he platicado con Guillermo e ninguno dellos hame respondido si en otra lengua les he hablado. Si quisiéredes más desto saber, podría yo asacarlo con cautela e os diría de dónde le han llegado tales conocimientos”.


E besándolo e tomándolo en mis brazos acaricié su infantil cabellera e agradecíle cuanto me había dicho e cuanto había en mente asacar. Así, salimos de allí entrambos de contento dentro de una corta pieza e di órdenes se les sirviese una merienda con helado e frutas frescas. E todos gozaron y en los rostros de Antonio e Carlitos también asomaba una mirada de admiración e agradecimiento. E hube gran contento dello e a Marcos manifesté lo sabido.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario