
evantéme, aseéme e vestí mis galas antes de que mi compañero advirtiera me movía por la estancia; así, siguió durmiendo toda esa pieza. Mas cuando abrió los ojos e movió la mano hacia mi lugar, no encontróme yaciendo a su lado e incorporóse asustado.
- “¿Acaso pensáis he huido? – bromeé -; no quería despertaros hasta no estar presto”.
- “¿Presto para qué cosa? – me miró con extraño - ¿Qué hacéis con vuestras ropas de gala e asomado a la ventana?”.
- “Nada hago – le dije – sino esperar, que priesas no tengo. Levantaos con calma e aprestaos para tomar el desayuno, que ya he bebido mi jugo de naranja”.
- “Bien entiendo os hayáis levantado vos antes – dijo – mas no alcanza mi razón a adivinar a do vais desa guisa, que no es día de fiestas, según sé”.
- “No es día de fiesta – contestéle en riendo -, mas lo haremos. En tanto os levantáis, aseáis e vestís, he de deciros lo que en el pensamiento tengo”.
- “¡Mas os vale! – exclamó saltando de la cama -. Dadme detalles desa fiesta que decís pues el motivo para fiestas no encuentro”.
- “No es otro – le dije – que habremos de visitar las escuelas. Será gran fiesta para los niños ver al Capitán; ¿no creéis tal?”.
- “¡Sin duda!”.
- “No se hará visita a Pablito – continué -, que claramente veo está mejorando pues nadie nos da aviso de lo contrario. Hablaremos con don Jacinto, el profesor, e los reuniremos por darles algunas enseñanzas. Repartiremos dulces entre ellos e les aseguraremos tendrán a Pablito a su lado en breve ¿Qué os parece? ¿No ha de ser una fiesta?”.
- “Acaso, Marino – asomó la cabeza desde el baño -, mejor sería nos acompañase Su Ilustrísima que paréceme adivinar de qué cosa queréis hablarle a los niños”.
- “¡Bien pudiera o quisiera venir! – pensé en hablando -; ¡He de bajar a decirle se apreste e nos sirva de un ayuda en esta visita!”.
- “¡No desayunad sin mí!"
Bajé al salón e allí encontrélo en sus rezos e bien me pareció había estado en la capilla, pues olía al pabilo apagado de las velas. Sentándome a su lado, le manifesté mis propósitos e no salía de su asombro, pues parecíale la escuela el mejor sitio para esas enseñanzas. Desta manera, ofrecióse a acompañarnos e a hablar con el párroco del pueblo, que era seguro se encargaba de las clases de Religión.
Puso Marcos el coche en la puerta tras el desayuno e partimos hacia el pueblo a la hora de las primeras clases. En llegando al rellano donde se encuentra la consulta del médico, le vimos en la puerta echado hablando con el cura e nos dijo don Juan allí parásemos. Bajó del coche e acercóse a haber una corta plática con ellos e pareciónos el médico se quitaba su bata blanca e cerraba la puerta.
En poco, dejó Marcos el coche allí parado e bajamos hacia
Nos vio don Jacinto de entrarnos e salió de un aula asustado.
- “¿Algo pasa que yo deba saber?”.
- “¡Algo pasa! – sonreíle -, que juntos venimos a hablar a los niños porque sepan ellos cosa que no se les enseña en escuela alguna”.
- “Lo que vayan a enseñarles vuesas mercedes – nos dijo – no ha de explicárseme; sé de cierto será provechoso para ellos e para mí mesmo ¡Pasen vuesas mercedes!”.
E viendo los niños aparecer la silueta obscura del Capitán asomar por la puerta, todos pusiéronse en pie e muy quedos por recebirme. E tras de mí entró Su Ilustrísima vestido también con sus galas y el cura, el médico y el maestro con Marcos.
- “¡Sentaos, niños, sentaos! – hice un gesto en descubriéndome -; e no pensad traigo malas nuevas, sino buenas. Mas antes quisiera yo haber unas pláticas con vuesas mercedes”.
En esto, levantó un niño el brazo e dióle permiso el profesor para que hablase.
- ¡Capitán! – me dijo en alzándose - ¡La salud e Pablito nos interesa tanto como vuestra presencia!, e ya sabéis recordaremos este día en muchos años, si no en todas nuestras vidas”.
- “Bien decís os interesa más la salud de vuestro compañero, pequeño – le dije -; sentaos e dello ya hablaremos, pues quisiera yo agora que viéseis no soy persona a la que uno no puede acercarse e hablar, como se acerca con el debido respeto a cualquiera persona mayor. En mi palacio de
E otro niño, sin esperar a que yo acabase, alzó su brazo en pidiendo la palabra. Levantóse e habló.
- “Si las enseñanzas que decís vienen destas personas que señaláis, Capitán, pensamos nosotros que nadie nos enseña a cómo ser felices e, siempre que estamos tristes, deseamos aparezcáis; mas no aparecéis siempre”.
- “Aquí me tenéis – les dije – e a haceros felices vengo e a mostraros el camino para serlo. Agora, mientras os hablo, os entregará mi paje unos dulces e bien quiero oigáis cuanto tengo que deciros”.
Desta forma, fue pasando Marcos con una bolsa y entregándoles dulces de colores e no hicieron gesto alguno ni ruido, sino que me oyeron con atención e, cuando manifestéles que no era yo el que debería solucionar sus problemas, sino ellos mesmos, miráronme con extraño mas con grande contento, pues diles en cuentos unas liciones de cómo ser felices e hacer felices a los demás.
Hablóles luego Su Ilustrísima y escucháronle sin parpadeos e terminó el médico en diciéndoles que a salvo habían sus vidas e que, si Dios les enviaba mal alguno que él no pudiese curar, llamaría al Capitán para que pusiese sus remedios curativos.
Y en quedándoles claras las enseñanzas que debían haber e de quién debían recebirlas, pasé entre ellos e jugamos una luenga pieza.
- “A fe, Capitán, que si no os he parecido orgulloso como otros médicos, humilde como campesino os habéis presentado ante los niños dejando el puesto a cada uno”.
En Grazalema e a trece de junio del año de dos mil e ocho.


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