alía yo del baño y terminaba Marcos de vestirse e observé en su rostro la mesma seriedad que hubo desde que vio mi mancha en el cuello e, no queriendo yo se sintiese triste o incómodo habléle un poco de forma que viese que a lo ocurrido no habría de dar importancia.- “Hemos de hacer hoy lo que hubiere que hacer mañana – le dije – que estará el día ocupado si vamos a la visita obligada”.
- “No me parece siquiera tengáis que ir – contestóme sin mirarme -, pues bien sabéis, por su hermano, que la salud de Pablito está mejorada”.
E no queriendo callar más lo que en la mente había, acerquéme a él por la espalda e alcé un poco la voz.
- “¿Va a ser esto un comportamiento luengo e penoso? – inquirí - ¡Más penoso será para vos que para mí mesmo e nada vais a remediar dándome las espaldas! ¡No es esto sino otro sinvivir como el que hubísteis con Ildefonso e ya vísteis nada ocurrió! No es necesario os diga tras tanto tiempo juntos qué ocurre a todo aquel que a mí se acerca y es cosa tal que no puedo remediar en forma alguna ¡Aceptadla como es!”.
- “Bien me parescería fuese algo que no pudiéseis remediar – contestó inmóvil -, que culpa alguna habéis de que tal os ocurra; mas sois vos mesmo, vos e no otro, el que sigue ese juego que me disgusta”.
- “Una cosa trae a la otra, Marcos – seguí levantando el tono de mi voz -, pues no es de razón que alguien se me acerque transido e sin saber qué le ocurre e ponga mi mano o mi blanca de por medio porque no se me acerque ¡Entended esto! No hago sino complacer a quien esto siente e aclararle con luz de día que no puedo atender cuantas peticiones se me hacen ¿Acaso eso me apartará de vos?”.
- “¡Nada sé dese asunto! – dijo - ¡Si he de acostumbrarme a encornudar, he de suponer vendrán otros momentos como estos!”.
- “¡Pues aprended a llevarlos! – grité (mas no refiriéndome a los cuernos) -, que no habláis vos, sino vuestros ridículos celos que a ningún sitio os llevan sino al pesar!”.
Violvióse entonces en mirándome con extraño e pensando e parecióme bajaba la vista como en arrepentimiento de lo dicho e de su comportamiento, pues sabiendo a mi en derredor se esparcía aquella extraña influencia, en ningún momento habíale abandonado, sino que más bien di mi vida por él. E así me lo manifestó al acabar el día. Mas en aquel silencio quedamos, cuando nos pareció oír un coche acercarse e, pensando Marcos venía a verme Guillermo, asomóse al punto a la ventana e miróme sorpreso.
- “¡Oh, no, Marino! – acercóse a mí con tristeza -; aquello que pedísteis un día e no fue anotado, fue olvidado, mas a la casa llega”.
- “¿Qué cosa decís? ¿Qué pedí? – corrí a la ventana - ¡Santo Dios! ¡Bien inoportuno es el momento!”
Pedí unos caballos para montar por los campos aledaños e allí estaba el coche que los traía.
- “¿Qué hacemos agora, Marcos? – preguntéle -; ¡hay mucho que hacer e otro tanto que aprestar! ¿Cómo vamos a dedicar el tiempo agora a estos animales?”.
- “No preocuparos, Marino – dijo con ternura -; yo mesmo diré a Cayetano prepare lo que sea menester. Hagamos nosotros lo pendiente”.
- “Más me place oíros con ese tono en la voz – le dije – que saber lo que pensáis facer”.
- “Pues sabed también que vuestra fuerte voz no hame convencido – dijo -, sino yo mesmo, que pienso soy hombre con grande privilegio por teneros siempre a mi lado e no como otros, o algunas mujeres, que quisieran teneros siempre para ellos. Terminad vuestro aseo sin priesas; yo veré qué cosa hacer con los caballos”.
E terminado mi aseo e con grande apetito por desayunarme, bajé al salón y encontré a Su Ilustrísima de contento que, aunque ya no usaba de montar, era gran amante de tales animales.
- “Unos años menos – exclamó -, un cuerpo e unas piernas ágiles como las vuestras e haber seguido el uso, es cuanto me falta para pensar en cabalgar una pieza”.
- “¿E poco os parece os falta? – reí -; mucho habéis disfrutado de subir en ellos, que yo mesmo os he llevado asido a algunos paseos cuando hasta 4 ó 5 años habíais. Disfrutaréis agora de otras cosas, Ilustrísima, ¿a qué correr el peligro de una caída?”.
- ¡Sabe bien Dios que no montaría! – respondióme seguro -, mas ya sueño con ver a mis angelitos cabalgando plácidamente por alguno desos caminos”.
- “E los habréis de ver – contestéle -, pues hasta Carlitos, siendo aún pequeño, montará conmigo a lomos del mejor corcel; e deso disfrutaréis: de lo que ellos disfruten”.
E asoméme a ver de pasar el gran cajón donde venían e ya había dicho Marcos a Cayetano lo que debería aprestar e volvía a la casa y, estando Su Ilustrísima junto a nosotros, ladeó la su cara e besóme en «la mancha» del cuello.
En Grazalema e a diez y siete de junio del año de dos mil e ocho.


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