ensaba aquel que me veía que no había yo preocupación alguna porque la salud de Pablito fuese a mejorar; e todo el que aquello pensaba erraba, que incluso en la noche – cosa que nunca antes recordaba haber sentido – veía ante mí aquellos ojos tristes en la obscuridad e la sonrisa que tomaron en viéndome entrar en su estancia. Su Ilustrísima habíame hecho pensar en que, así como decía, no era yo dios alguno que iba sanando niños por doquier, sino privilegiado hijo de Dios de mente preclara e preparada para aplicar aquellos remedios que aprendiese antaño.- “No habed cuidado por tal – me dijo Marcos -, porque en el poco tiempo que a vuestro lado llevo, he podido ver no sois hombre que un dios se crea ¡Mirad a esos pequeños aclamándoos como a un ídolo! No os adoran como sólo debe hacerse con Dios, mas sí os han en mente, que a muchos dellos hacéis felices e no es por curarlos”.
- “Dios no me creo – contestéle -; ni acaso sanador. Tendríais que haber visto a Marinín a mi lado en hablando con aquel niño. Como yo lo hacía; como si fuese mi amigo de jugar en la plaza e no como un padre que va a ayudarlo”.
- “¿Pensáis, Marino – preguntó curioso -, llegará un día Marinín a poner esos remedios como vos lo hacéis?
- “¡Buena cuestión os planteáis! – respondile -, pues en viéndolo yo en pláticas e a mi lado en preparando el tal remedio, parecióme lo hubiese hecho él mesmo sin mi ayuda. Recordad que, aunque no sabe todos los remedios que yo, tiene en su cabeza cuanta anotación había en el libro secreto en blanco. E hay en el tal libro escritos remedios que yo ignoraba. Cambiará Marinín cuando se haga hombre mas, siendo de por sí inteligente e cariñoso con todos, dedíquese a una cosa o dedíquese a otra, hará cual yo hago; que no dejo a nadie sin asistencia cuando lo necesita”.
- “Así lo pensaba, amigo – tomóme por el cuello -; Dios ha puesto en vuestras manos a la persona que necesitabais”.
- “Acaso tenga Dios otros pensamientos – le dije -, que puede haberlo puesto a mi lado porque le enseñe en pensando retirarme ya desta luenga vida”.
- “No hubiese querido oír tal cosa de vuestros labios, Marino – exclamó -; prefiero morir de viejo en vuestros brazos que tener que asistir a vuestra muerte, aunque ello os aparezca cosa de egoísta”.
- “¿Egoísta os llamáis por entregaros a mí sabiendo envejeceréis quedando yo en este estado? Entrambos llegaremos al momento de la muerte, puede que juntos, mas pensaría yo que uno ha de morir antes que el otro e no sufre el que muere, sino el que aquí resta. E mirad os lo digo por experto en ello”.
- “¿A qué hablar agora de muerte – alegróse – cuando esperamos ver vivo a Pablito en pocos días?”.
- “¡Vivo – aclaréle – e sabe quién si de otras cosas curado o mejorado!”.
- “A fe, Marino, que si este niño cambia como cambiaron los otros sanados, habremos cerca un buen compañero para vuestros hijos”.
En Grazalema e a doce de junio del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario