espués de dar una vuelta por la finca por ver si cosa alguna era menester e viendo los jardineros mantenían cada cosa como yo les había indicado, decidí hacer el tercio con Su Ilustrísima e Marcos, que en el cubierto del jardín platicaban como todas las mañanas.
- “¡Pobre criatura, decimos! – díjome don Juan al acercarme -; no debería enviar Dios esos males a tales inocentes, sino a los que ya no lo somos tanto; mas es Su voluntad”.
- “Dícese, Ilustrísima – comentéle – que así como la vida de un perro es, normalmente, de hasta unos 15 años, es la del hombre de hasta 25 ó 30. Toda muerte, en pasando esa edad, no debería sernos de extraño, mas nos duelen las muertes de antes e después de la tal edad”.
- “Más pareciérame a mí nos duelen las de los pequeños – espetó Marcos -, que las de los mayores sabemos son seguras… ¡a excepción de la vuestra, Marino!”.
- “Manda Dios estos males a cualquiera – dijo solemnemente don Juan – sin distinguir edades ni sexo; e no debemos hacerle culpable por ello, sino que habremos de entender por qué razón lo hace. Vuestros remedios curativos, sobrino, parecerían ir en contra de la voluntad del Altísimo pues paráis el mal enviado. Mas no es así, sino que Él mesmo os ha dejado aquí larga vida y el poder curativo que a muchos sana ¡No caigáis en la tentación de pensar se os adora como un sanador por estos críos!, sino pensad mejor estos críos os consideran mensajero de Dios”.
- “Tal cosa ha de aclararse, Ilustrísima – dije -, que estos niños han fe ciega en que la aparición del Capitán los sana”.
- “Encargaos, hijo mío en el Señor – razonóme -, de llevar a estos niños por el camino adecuado, pues es bien fácil decirles sois como los Reyes Magos, que a traer regalos vinieron al niño Jesús, e vos venís a curarlos como si del mismo Niño Divino tratárase”.
- “Así he de hacerlo – miré a Marcos -, pues no soy yo el que los cura, sino una sabia combinación de elementos naturales, como remedios, que algún hombre recopiló guiado acaso por la mano del Señor e que sólo aquellos a los que da el poder necesario pueden usarlos”.
Así, determinó Su Ilustrísima elevar sus rezos por Pablito en aquellos ocho días e haber yo unas pláticas con los pequeños por asegurarles que no es otro, sino Dios Nuestro Señor, quien me envía a ellos.
En Grazalema e a once de junio del año de dos mil e ocho.


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