18 junio, 2008

Del octavo día (1/2)

arcos preparaba el coche frente a la puerta de la casa cuando salía a decir a Cayetano aprestase hasta tres caballos para montarlos, que habiendo elegido ya mi rocín moro (al que por nombre puse Temprano) a ese debería ponerle la rica silla que ordené fabricarme. E acercándome a mi compañero puse la mano en su espalda en diciendo:


- “¡No habed priesa, amigo, que quisiera mejor llegar a casa de Pablito cuando ya su madre le haya quitado el remedio! Salgamos pues hacia el pueblo dentro de media hora”.


Y en estando en acuerdo, sonrióme e allí dejélo con sus tareas e hube unas pláticas con Cayetano, que de muy contento estaba entre los caballos.


- “Perdonad mi atrevimiento, excelencia – me dijo -, mas atreveríame yo a pedirle me dejase montar algún día a este bayo (señaló a Faldero) que siento su sangre pura en corriendo por mis adentros”.


- “¿Al bayo decís? – acérqueme a hablarle -; Faldero ha por nombre desde que llegase ayer e dueño ha desde este mesmo momento, que debéis tomarlo como vuestro si notáis se os acerca”.


- “¡E parece me habla, excelencia! – exclamó - ¡Tal cosa nunca he sentido por un caballo e no sé cómo agradeceros vuestro gesto!”.


- “¡Seguid siendo Cayetano! – le dije -; aquel que siempre ha estado a mi lado e a mi servicio e al que amigo considero. Ensillad luego a mi moro Temprano con la silla que encargué al efecto, e ya no recordaba, pues hasta mis letras iniciales lleva bordadas a cada lado y el escudo desta Casa de la Fuentefría ¡Luego pasearemos, Temprano! – dije a mi potro - ¡He de mostraros la finca e que bien la conozcáis, que es vuestra!”.


Sonrióme Cayetano e acercóse a su bayo, cuando yo ya salía, atravesado de emoción.


- “No hemos de esperar más, Marcos – dije en acercándome al coche -; si todo está aprestado, he de avisar a Marinín porque venga e partiremos de espacio hacia Grazalema. Allí nos esperan grandes emociones”.


- “¡Así lo creo, Marino! – contestóme de contento -, que no todos los días se ven estas cosas e piensa la gente son milagros”.


- “Motivo ese asaz importante para aclararlo – le dije -, pues no es milagro, sino cura”.


Subimos sin priesa hasta Puerto Chico e sin priesa vimos luego aparecer ante nuestros ojos el pueblo, que cegaba al mirarlo por sus blancas paredes enjalbegadas y desparramadas sierra abajo teniendo por corona el Peñón Grande. Y en llegando al pueblo, no paramos en la consulta de don Rufino, pues había gente esperando, sino que subimos hasta la parte alta e fuíle indicando a Marcos por dónde habría de tomar, mas no pudiendo entrar el coche en calle tan estrecha, dejólo parado en otra más ancha e fuimos a pie el tercio.


Llamé gravemente a la puerta en golpeándola con los nudillos e no hubimos de esperar ni cinco segundos, que un Pablito sonriente, vivaracho e de piel sonrosada nos abrió la puerta.


- “¡Capitán! – rodeóme con sus brazos - ¡Lo que dijisteis cumplís, que hanse ido los males e habéis venido vos!”.


Salieron sus padres con emoción e sin querer acercarse a nosotros por saludarnos, mas no podían borrar de su rostro una alegría resplandeciente.


- “¡Pasad, Capitán!” – dijeron -, que en vuestra humilde morada entráis ¿Cómo hemos de pagaros el ver sanado a Pablito e la alegría que llena esta casa?”.


- “Pago suficiente es para mí el verlo sano – agachéme a mirar sus ojos – mas otras dos cosas me gustaría facer, que este pequeño curado está deste mal para siempre e ha de morir de viejo, mas no desto”.


No me soltaba Pablito e hablaba con Marinín de muchas cosas mientras sus padres e algunos vecinos habían grande algarabía e fiesta.


- “¡Tomad! – extendí la mano - ¡Esto es vuestro!”.


- “¿Qué cosa me dais en aqueste sobre bien cerrado?”.


- “¡Lo prometido! – dije -, que me entregasteis en mano una cosa e os dije os la traería por mil multiplicada si sanaba el pequeño”.


E abriendo un tanto la nema del sobre e mirando por la apertura, miróme espantada de lo visto e no quise hablase nada de aquello como no quiso ella nadie supiese me dio dineros por llegarme a su casa a ver al niño cuando enfermo estaba.


- “¡Guardad eso a buen recaudo, mujer! – le dije -, que no es momento agora de atender a aqueso teniendo aquí aquesto ¡Mirad qué rostro e que ojos e que sonrisa! ¡Bajemos en paseo a hacer visita a don Rufino, que ha de verlo!”.


E quiso entender la mujer yo no quería se hablase de lo que escondía el sobre e corrió adentro de la casa a guardarlo e salió con su marido y, entrambos, lo llevábamos tomado por las manos sin que dejase de contar cosas a Marinín y éste a él. A mi lado venían de contento Marcos e Guillermo e junto a su padre iba su madre, que no dejaba de mirarme.


- “¡De gran contento ha de ponerse también don Rufino – dijo ésta – pues él fue el que os buscó y os trujo!”.


- “Bien lo veréis, señora – dijo Marcos -, que más sano que antes de caer enfermo ha de encontrarlo”.


Y en esas pláticas bajábamos cuando preguntóme el padre (sin que callasen los pequeños) qué otra cosa deberían facer.


- “Bien decís qué otra cosa – respondíle -, que una ya está hecha. Con nosotros habréis de venir a mi casa como invitados todo este día, pues es esto cosa que ha de haber gran celebración e fiesta”.


- “¿A su casa, Capitán? – asustóse la madre - ¡No he puesto mis cabellos en orden ni ropas llevo para entrar en ella! Dejadme al menos me adecente un tanto”.


- “Bien os veo – le dije -; la fiesta ha de ser para nosotros e ante nadie habréis de presentaros, sino ante Su Ilustrísima, que lleva sotana menos adecentada que vuestros vestidos”.


E así bajamos toda la calle hasta salir a la entrada del pueblo. Atravesamos la carretera e nos llegamos a la consulta. Viéndonos aparecer dos familias que allí esperaban, en pie se pusieron e nos saludaron e dijeron había otra familia en la consulta que pronto saldría. E viendo a Pablito en pláticas con su amigo y en risas, asombrados nos miraron e dijeron pasásemos antes que ellos a ver al doctor.


Mas con aquella algarada e aquellos gritos, abrióse la puerta e apareció el médico con la su bata blanca y, en viéndolo el pequeño, a él corrió e se abrazó. E nos miró éste boquiabierto mirando también al niño.


- “No he de hacer prueba ninguna – dijo -, pues cuando alguna enfermedad se me esconde, he de buscarla; e no veo en Pablito sino salud que no había visto antes”.


Y en tanto subió Marcos a por el coche – e ahogado venía cuando nos recogió -, miróme el médico gravemente e, con mucho respeto, dijo:


- “Ante vos no me descubro porque no uso tocado”.

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