22 junio, 2008

Del corto descanso de los niños

ubo un gran abrazo en la despedida de Pablito e sus padres, pues aún en sabiendo éstos que a buen recaudo quedaba su hijo, con él hubiesen preferido partir, mas fue de alegría para los niños, que pronto hicieron los planes para dormir antes de la cena.

- “¡Papá! – exclamó Marinín - ¡Un paseo a caballo deberíais darnos mañana! ¡Nunca hemos montado!”.

- Así se hará, hijo – le dije -, mas serán paseos de cada uno conmigo, pues aún sois pequeños y he de daros liciones. Son los caballos mansos, mas nadie nos asegura no habrá caídas. Uno a uno montaréis conmigo”.

- “Atrevido sois, sobrino – dijo Su Ilustrísima -, e no me niego a que hagáis tal por confiar en vuestra destreza. No me gustaría ver a estos pequeños a caballo”.

- ¡Han de disfrutar, Ilustrísima! – contestóle Marcos -; no todos los días se monta y la primera vez que lo harán ha de ser”.

Así, con algo de desconfianza de tío Juan, pensaron los pequeños en ir a dormir temprano e cabalgar tras el desayuno.

E más temprano de lo esperado apareció Marinín con el jugo de naranja e ya sabía yo por qué razón a la cama me lo llevaba.

- “No os preocupéis, hijo – le dije -, pues no he olvidado la promesa que os hice. Montaré de primero a Pablito por ser invitado, luego a Carlitos por ser el más pequeño e Antonio e vos, los mayores, daréis una vuelta por los campos e un poco más larga”.

No contestóme sino con una sonrisa, dejó la copa en la mesilla, me besó e fuése a contar las novedades a sus amigos.

Hubo buen comportamiento en el desayuno e miradas de inseguridad de Su Ilustrísima, que parecíame seguir pensando no era buena la idea de pasear a «sus angelitos» a caballo. Mas acabado el refectorio, dije a Cayetano aprestase a Temprano con mi silla e, dentro de una pieza, salimos de la casa todos, menos Su Ilustrísima, que pensaría mejor no ver por no sufrir.

Subí a Temprano e ayudé a Pablito a subir a la silla. Víctor ayudó desde abajo e parecióme de contento. E ya sentado el pequeño, agarrélo con fuerza e comenzamos a movernos hacia el camino que recorre la finca. El pequeño me miraba sonriente e miraba a su en derredor respirando el aire de la sierra como si se sintiese más vivo que nunca. Así, bajamos por el camino una buena pieza hasta que parecióme ver algo se movía entre los matojos. Nada dije al pequeño, sino que paré el caballo e mostréle la vista que desde allí había de toda la Ribera mientras miraba con disimulo al lado donde parecióme ver algo.

Seguíle hablando al pequeño e riendo mas observé había hasta dos hombres de obscuras ropas allí agazapados e prometiéndole al pequeño daríamos un paseo más largo, di la vuelta e subimos de espacio el camino hasta la casa. Hubo gran contento entre los niños, pues pensaron que montaría Carlitos mas, con grande disimulo, dije a Víctor e a Marcos llevasen a los niños a la buhardilla e que seguirían los paseos más tarde. E dije a Cayetano me esperase allí con el caballo sin moverse. Quiso saber Marcos qué cosa ocurría e hícele gesto que comprendió al punto.

- “¡Vamos, niños! – gritó en riendo - ¡Subamos a la buhardilla! El Capitán debe revisar antes los caminos e saber cuál dellos es el mejor para vuestros paseos”.

Ninguno de los pequeños sintióse engañado o pensó quedábase sin paseo, que así estaban acostumbrados, e subieron con el maestro a lo más alto de la casa. De forma que no les asustase, subí a mi estancia e cambiéme de indumentaria en menos tiempo del acostumbrado, bajé las escaleras e monté e Temprano a priesa cabalgando camino abajo hasta llegarme a la altura donde vi aquellas sombras.

En mi mano izquierda llevaba pistolete armado e desenvainé mi blanca porque fuese visible. Parecióme entonces hasta dos hombres se movían de detrás de unos matojos a otros e hacia ese lado cabalgué saliéndome del camino.

E viendo aquellos dos hombres a ellos me acercaba armado, cada uno corrió en sentido contrario, mas observé llevaba uno en sus manos uno desos estuches de hacer retratos e tras él corrí hasta darle alcance.

- “¡Esperad, Capitán! – gritó aterrado -, que nada venimos a facer por estos campos!”.

- “E si nada venís a hacer – le dije - ¿a qué portar ese estuche en la mano e vestir ropas obscuras?”.

- “Unas «fotos» queríamos haber de vuestra casa – dijo -, que no es cosa que esté fuera de la ley”.

- “No lo estaría – contestéle acercándole la punta de mi ropera – si esas «fotos» no fuesen luego a parar a manos de otros. ¡Llamad a vuestro compañero si no queréis morir a solas!”.

E trocóse su casa de alabastro e llamó, como pudo, a su compañero que, en una corta pieza bajaba corriendo entre los arbustos asustado.

- “¡Nada habéis de temer, Capitán! – dijo ijadeando -, que no hacemos retratos sino para nosotros”.

- “Si es así – les dije -, muchos dellos e muy bellos he de daros como presentes e vuesas mercedes me entregarán el estuche”.

- “¿El estuche? – se miraron con disimulo - ¡Es bien caro, Capitán! No dejadnos sin él”.

Y en movimiento certero, levanté mi blanca e tiré de la correa del estuche cayendo éste en mis manos mientras ellos exclamaban «¡No!».

- “Sí, amigos retratistas – les dije en mirando el estuche -; daño alguno voy a hacerle a este artilugio mas ¿podríais decirme cómo se abre por sacar lo que en su interior lleva?”.

- “¡No, Capitán! – gritó uno - ¡No hagáis tal cosa que puede ser de peligro para vos!”.

- “A otros peligros peores que estos acostumbro – dije en buscando la apertura - ¡No han de preocuparse vuesas mercedes!”.

Y encontrando el lugar por donde se abría parecióme verles cara de haber disgusto mientras salía una cinta de allí dentro.

- “Valioso me parece era esto – les dije – e que a otras manos iba a llegar. Así pues, aqueste hombre que os envía a «ver mi casa», sabrá habréis estado aquí, mas no llevaréis ni esta cinta ni el estuche”.

E no estando muy lejos dellos, hice moverse a Temprano en círculo e marqué sus frentes con mi señal y, en viéndose correr la sangre por sus caras, espantados huyeron Ribera abajo hasta llegar a la carretera, tomar un coche e partir a grande velocidad.

Viendo una cinta que ninguna imagen tenía, no parecióme de importancia, mas quise la viese Marcos, pues no era estuche de retratos como el suyo, sino más grande e con un a modo de cañón en él.

Subí al trote la ladera e bajé del caballo aún en marcha.

- “¡Llevadlo al descanso! – dije a Cayetano - ¡Más tarde hemos de dar los paseos! ¿Dónde está Marcos?”.

- “Atrás con Su Ilustrísima en el cubierto del jardín – me dijo -; e sigue Víctor arriba con los niños”.

- “Subid cuando dejéis a Temprano en su sitio – advertíle – e no dejad bajen hasta que yo os lo diga”.

Atravesé la casa a priesa e, viéndome entrambos aparecer con mis ropas e armado, pusiéronse en pie.

- “¿Qué cosa ocurre Marino? – preguntó Marcos -; excitado os veo”.

- “A fe, sobrino – dijo Su Ilustrísima -, que ya sabía yo algo no tan bueno iba a suceder”.

- “¡Tomad, Marcos! – eché el estuche sobre la mesa -; tal cosa llevaban dos hombres e creí tomaban retratos de la casa, mas la cinta es toda obscura e ninguna imagen aparece”.

Marcos e Su Ilustrísima rieron e pensé había tomado por agazapados a dos sencillos visitantes de la Ribera.

- “Ni es esto cosa de poca importancia – explicóme Marcos -, ni imagen alguna puede verse, ni se verá nunca en esta cinta, pues si bien es cierto que esto es un «estuche de retratos» como decís, la cinta que trae dentro no es como la que trae mi estuche, que en dándole la luz del día, borra todos los retratos”.

- “¡A fe que no entiendo lo útil de tal artilugio! – exclamé -; pues si al sacar la cinta con los retratos e darles la luz se borran, ¿qué ha de verse?”.

- “Luego he de aclararos tal entuerto, Marino – contestóme con paciencia -, mas bien creo habéis espantado a dos follones bien peligrosos, pues este «estuche» hace retratos del color de vuestros ojos a obra de más de 20 metros”.

E sabiendo que alguien estaba preparando un nuevo ataque, anduvimos el resto de los días cerca de la casa e no comprendían los niños por qué dejáronse los paseos largos a caballo para otro día.

Y en llegando hoy la tarde, que es domingo, fue Marcos al pueblo a por don Pablo e doña Fuencisla, hubieron merienda con nosotros e no podían oír cuanto los niños le narraban.

Así, volvieron al pueblo e, cuando vino Marcos, confesóme hubo temido algún mal peor.

- “¿Dispara ese estuche?”.

En Grazalema e a veinte y dos de junio del año de dos mil e ocho.

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