einte y cuatro de junio. Día de San Juan e onomástica de Su Ilustrísima así como noveno cumpleaños de Marinín, que ya de temprano dejóse ver por si Marcos o yo alguna cosa le decíamos o algún presente le guardábamos.
- “Muy temprano es aún – farfullé -; idos a dormir otra pieza que el día ha de ser largo e no por mucho madrugar… será más largo”.
- “El sol ya ha salido, papá – desoyóme -, que es hoy el día más largo del año”.
- “Día alguno hay en el año más largo que otro, pequeño – musitó Marcos -, que todos han sus veinte e cuatro horas, sino que el sol antes sale e después se oculta”.
- “E así mesmo yo mido el día – insistió -; desde que el sol aparece hasta que vase”.
Incorporéme en la cama en viendo que no cejaba en sus comentarios e alcé la voz:
- “Sea como sea el día para vos, Marinín, veinte y cuatro horas tiene e, al menos, ocho habemos de dormir por aguantar las otras de vigilia. Idos a la cama e no despertad a vuestros hermanos”.
Mas, mirando con más atención al pasillo, pude ver también a Antonio e Carlitos, ya vestidos, como si fuese la hora del desayuno.
- “Bien está que por un día al año – les dije en levantándome – hagamos el día más largo, mas no penséis vais a desayunaros hasta la hora fijada, que el servicio trabaja toda la jornada e también ha de descansar”.
Así, parecióme ver a María tras ellos sin querer acercarse a la puerta e con su pequeño en brazos e oí la su voz un tanto a lo lejos:
- “Os lo dije, pequeños; por mucho que madruguemos no ha de servirse el desayuno hasta su hora. Obedeced a vuestro padre e dormid otra pieza”.
- “¡Esperad, esperad, María! – grité - ¿Está el servicio ya levantado?”.
- “Así nos lo pidió Marinín ayer – contestóme – e así lo hemos hecho, que bien vale un madrugón de verano por hacer este cumpleaños más largo”.
- “¿Acaso está ya presto el desayuno? – pregunté asombrado - ¡Vive Dios que en esta casa se cambian las órdenes como las hojas del almanaque! ¡Esperad unos minutos, pues necesitamos aprestarnos!”.
E no de muy buena gana levantóse Marcos e sacó del ropero las cajas que allí guardadas habíamos e, saliendo del baño, nos pusimos la poca ropa que en verano se viste e bajamos al salón.
- “¡Buenos días nos dé Dios! – saludónos don Juan allí esperando -; que es día de fiesta e ha de ser ésta luenga y el día provechoso”.
- “A fe, Ilustrísima – dije -, que como un niño sois”.
- “Yo mesmo, e no otro – dijo entonces -, ha sido el que ha hecho estos planes, pues una misa diremos con gran devoción, e al desayuno daremos buen cumplimiento e repartiránse los regalos, que haberlos haylos. E luego desto una vuelta daremos por el campo hasta el medio día para tomar un bocado e habrá baños e juegos hasta el almuerzo. No habréis de olvidar que han de tomar los niños su xoclatl en la merienda e aprestarse luego con una leve cena, pues a Ronda deberá irse a visitar a don Diego, que ayer faltamos a la celebración que siempre hace en sus fincas en la noche e a cenar nos invita. Así está todo trazado e así debe hacerse”.
Y en mirando muy quedo a Su Ilustrísima, pensé comenzaban a hacerse trazados sin pedirme licencia mas, ¿qué mejor licencia que la de Marinín a su lado sentado e Antonio al otro tirando de su manga e Carlitos pasándole por encima?
- “Bien están esos planes – dije – si hay un pequeño receso entre una cosa e otra, mas dormiremos mañana hasta tarde, que siendo ya los postrímeros días del mes, se acerca también la festividad de San Pedro e San Pablo e se acaban las clases”.
- “¡Examinados están los pequeños! – dijo Víctor -; dese este curso por acabado e comiéncese hoy el verano, que más conocimientos han ellos que yo mesmo e no sé de qué cosa voy a darle liciones en llegando septiembre”.
- “Así pues – suspiré -, comience ya ese festejo de hoy e descánsese hasta pasado el estío”.
En Grazalema e a veinte y cuatro de junio del año de dos mil e ocho.


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