engo – dijo la señora – pañuelo de seda de mucho valor. Diómelo la dueña de una casa en pago a un dinero que me adeudaba ¿Servirá ese?”.
- “¡Ese mesmo! – le dije -, que al ser de valor para usted será de utilidad para el remedio, pues si no fuese de valor, ¿a qué haberlo guardado?”.
- “¡Mucho valor tiene para mí, señor! – dijo -, pues aquella dueña murió e no pudo pagarme, dejando el tal pañuelo en mis manos!”.
- “Habréis de saber, señora – aclaréle -, que terminado el remedio, deberéis quemarlo con lo que voy a poner dentro”.
- “Mi casa entera quemaría si fuere menester por salvar la vida de mi hijo”.
E viendo yo la gran fe que había aquella mujer, díjele a Marinín que una de las cosas más importantes para sanar, es querer sanar; e sonrióme, pues lo sabía.
Trujo la madre pañuelo tal, que hasta yo mesmo me quedé prendado dél, pues era de seda oriental e bonitos dibujos de muchos colores. Poniéndolo sobre la mesa, saqué las piedras e las hierbas que ya bien conocía Marinín e mostréle cómo poníalas sobre el pañuelo e plegábalo, en acabando, para hacer la bufanda.
- “Os pondremos una bufanda – le dije al pequeño sonriéndole – aunque es verano e face calor. Sólo unos días deberéis llevarla al cuello tal como yo os la deje sin retirarla para nada e diré a vuestra madre os la quite en el momento oportuno. Saldré por esa puerta e no volveréis a verme en ocho días; hasta que yo mesmo venga a comprobar estáis sano”.
La madre, que me oía hablar, se entró en la obscura estancia e buscó mis manos poniendo en ellas algunos papeles.
- “¿Qué hacéis, mujer?” – preguntéle - ¡El remedio está puesto! Dentro de ocho días, sin falta, e a esta mesma hora, quitaréis con todo cuidado ese pañuelo de su cuello, mas de ahí no ha de moverse hasta entonces. Cuando lo quitéis, ni siquiera lo miréis, arrojadlo al fuego e que se consuma en las llamas”.
E al salir de la estancia, hubo Marinín unas palabras con Pablito e también prometióle volver a verlo en ocho días. Mas mirando yo los papeles que me había puesto la madre en la mano, vi que eran monedas e las guardé en mi bolsillo.
- “Tal cosa, mujer – le dije – no deberíais haber hecho, que más os ha menester a vos este dinero que a mí. Mas tómolo para traerlo multiplicado por mil si Pablito sana, pues lo valioso aquí es su vida”.
Y en oyendo esto el médico, que a la sazón estaba en la puerta, puso su mano tapando los ojos, rompió en llantos e corrió calle abajo.
- “¡Dejadlo, señor! – me dijo un joven -; tengo un coche en el que no merecéis montar mas puedo llevaros a vuestra casa”.
- “Cosa que os agradezco, muchacho, pues andando volvería si fuere menester”.
E subimos a un coche muy usado e acercónos aquel joven hasta nuestra casa y, en abriéndose la cancela, le dije pasase hasta la puerta e restó muy quieto e asustado.
- “Soy el hermano mayor de Pablito, excelencia – dijo -, e no merezco entrar en vuestra casa aunque él sane, que a la llamada de todos habéis acudido”.
- “Seáis pues mi huésped para tomar unos baños e para el almuerzo – dije -, que el remedio es el que tiene que actuar agora e ya podéis ir pensando en ver a vuestro hermano corriendo por las calles como otrora”.
E no queriendo negarse a tal ofrecimiento, hizo pasar el coche hasta la puerta, nos apeamos e lo llevó Cayetano hasta las cocheras. Así, tomó unos baños con Marcos e con mis hijos sorprendida Su Ilustrísima de lo que veía. E Marinín le asió las manos.
- “Restad tranquilo, tío Juan, que volverá este joven con su hermano en unos días”.
En Grazalema e a diez de junio del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario