10 junio, 2008

De nuestros trazados y los de otros (3/4)

ambié al punto mi atuendo e pude ver la sorpresa del doctor al verme, que nunca habíame visto en paseos por el pueblo desa guisa. Invitélo a levantarse e todos se levantaron, mas sólo el doctor e yo mesmo íbamos a ver al pequeño. Mas faltaba algo de suma importancia, pues quería yo Marinín me acompañase, e así dije a Cayetano diese aviso a Víctor de hacer bajar a mi hijo con presteza.


En llegando al salón, mirólo el doctor espantado, pues sabiendo era mi hijo, también sabía por mí fue curado.


Saludólo Marinín como a un médico se saluda e partimos los tres presurosos hasta el coche.


- “No es menester haber priesa alguna, doctor – dije -, que ni el niño sufre ni está empeorando. Conducíos con prudencia pues, que mejor es llegar que llegar a punto de no se sabe qué cosa”.


- “Habréis de comprender, excelencia – dijo -, que esté nervioso. Tal cosa no he hecho en toda mi vida e razón no os falta al decir somos los médicos orgullosos, que si dijese a alguno que he venido a buscaros, habría de oír sus risas e mofas”.


Llevó el coche de espacio e fue Marinín todo el viaje – que no es largo – en al asiento de atrás e sin decir cosa alguna; pues bien sabía lo que pasaba e adónde íbamos.


En llegando al pueblo, parecióme ver gran muchedumbre e advirtióme el médico allí esperaban todos los niños de Grazalema e sus madres unidas a ellos.


- “¡No temed, Capitán! – dijo don Rufino -; todos estos niños os esperan. No quisiera deciros no me siento orgulloso agora, mas es éste el orgullo de ver esas fiestas e algarabías porque os traigo a visitar a Pablito”.


- “A fe que no sois como otros médicos que he conocido – contestéle -; pasad con cuidado entre los niños que yo he de saludarlos e pedirles con mis manos hagan sitio para pasar”.


Así, fui moviendo mi mano diestra en saludándolos e sonriéndoles mas haciendo se abriesen hacia las paredes por dejarnos paso franco.


Hubimos de subir luego por la Calle del Dr. Mateos Gago, a cuyo término he mi casa en el lado diestro e, pasando aún más arriba, dime cuenta de que el tal Pablito era de familia humilde por ser jopiche, que en la parte alta del pueblo viven.


Nos llegamos a una casa modesta e de una sola planta y en la puerta estaba su madre llorando con desconsuelo. En parando el coche, abrí la puerta e bajé primero a calmarla.


- “¡Capitán, capitán! – gritó desgarrada de dolor - ¡Sabía que vendríais!”.


- “Levantaos, mujer – ayudéla -, pues ¿qué razón tiene estéis tan transida de dolor en viéndome de llegar a vuestra casa? ¿Dónde está Pablito?”.


- “¡Pasad por aquí, excelencia! – me llevó el doctor -, que comienza a molestarle la luz e ha su madre la estancia bien obscura”.


E volviéndome hacia ellos e haciéndoles un gesto de silencio, hice otro a Marinín porque me acompañase. Abrí la puerta e vilo yacer en su humilde cama.


- ¡Capitán! – oímos - ¡Sabía vendríais!


E acercándonos entrambos sonrientes a su lecho, habló Marinín.


- “¿Sabíais vendría? – preguntó sonriente - ¿A qué entonces el preocuparos?”.


- “¡Vos sois Marinín; su hijo! – exclamó el pequeño - ¡Curado por él e acompañándole! Os conozco de jugar en la plaza”.


- “E yo también os conozco, Pablito – le dijo -; haced agora, sin priesa alguna, lo que mi padre os diga. Llamaré a vuestra madre que ha de sernos de gran ayuda”.


E salió mi pequeño a buscar a su madre e vi en sus ojos asomar el mal que llevaba dentro. Se equivocaba el médico. La semilla del mal estaba en su cabeza e corría ya por su cuerpo; en menos tiempo del dicho, Pablito podría morir si no hubiese remedio.


- “Traed un pañuelo que para vos sea muy valioso – dije a la madre – e dejad a mi hijo e a mí mesmo preparemos el remedio”.


- “¿Creéis ha cura, Capitán? – preguntó ignorante - ¡No querría haberos traído hasta aquí para nada!”.


- “¿Para nada decís venir a ver a esta criatura? – sonreíle - ¡Salíos fuera, mujer, que, según creo, lo veréis sano!”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario