
ambié al punto mi atuendo e pude ver la sorpresa del doctor al verme, que nunca habíame visto en paseos por el pueblo desa guisa. Invitélo a levantarse e todos se levantaron, mas sólo el doctor e yo mesmo íbamos a ver al pequeño. Mas faltaba algo de suma importancia, pues quería yo Marinín me acompañase, e así dije a Cayetano diese aviso a Víctor de hacer bajar a mi hijo con presteza.
En llegando al salón, mirólo el doctor espantado, pues sabiendo era mi hijo, también sabía por mí fue curado.
Saludólo Marinín como a un médico se saluda e partimos los tres presurosos hasta el coche.
- “No es menester haber priesa alguna, doctor – dije -, que ni el niño sufre ni está empeorando. Conducíos con prudencia pues, que mejor es llegar que llegar a punto de no se sabe qué cosa”.
- “Habréis de comprender, excelencia – dijo -, que esté nervioso. Tal cosa no he hecho en toda mi vida e razón no os falta al decir somos los médicos orgullosos, que si dijese a alguno que he venido a buscaros, habría de oír sus risas e mofas”.
Llevó el coche de espacio e fue Marinín todo el viaje – que no es largo – en al asiento de atrás e sin decir cosa alguna; pues bien sabía lo que pasaba e adónde íbamos.
En llegando al pueblo, parecióme ver gran muchedumbre e advirtióme el médico allí esperaban todos los niños de Grazalema e sus madres unidas a ellos.
- “¡No temed, Capitán! – dijo don Rufino -; todos estos niños os esperan. No quisiera deciros no me siento orgulloso agora, mas es éste el orgullo de ver esas fiestas e algarabías porque os traigo a visitar a Pablito”.
- “A fe que no sois como otros médicos que he conocido – contestéle -; pasad con cuidado entre los niños que yo he de saludarlos e pedirles con mis manos hagan sitio para pasar”.
Así, fui moviendo mi mano diestra en saludándolos e sonriéndoles mas haciendo se abriesen hacia las paredes por dejarnos paso franco.
Hubimos de subir luego por
Nos llegamos a una casa modesta e de una sola planta y en la puerta estaba su madre llorando con desconsuelo. En parando el coche, abrí la puerta e bajé primero a calmarla.
- “¡Capitán, capitán! – gritó desgarrada de dolor - ¡Sabía que vendríais!”.
- “Levantaos, mujer – ayudéla -, pues ¿qué razón tiene estéis tan transida de dolor en viéndome de llegar a vuestra casa? ¿Dónde está Pablito?”.
- “¡Pasad por aquí, excelencia! – me llevó el doctor -, que comienza a molestarle la luz e ha su madre la estancia bien obscura”.
E volviéndome hacia ellos e haciéndoles un gesto de silencio, hice otro a Marinín porque me acompañase. Abrí la puerta e vilo yacer en su humilde cama.
- ¡Capitán! – oímos - ¡Sabía vendríais!
E acercándonos entrambos sonrientes a su lecho, habló Marinín.
- “¿Sabíais vendría? – preguntó sonriente - ¿A qué entonces el preocuparos?”.
- “¡Vos sois Marinín; su hijo! – exclamó el pequeño - ¡Curado por él e acompañándole! Os conozco de jugar en la plaza”.
- “E yo también os conozco, Pablito – le dijo -; haced agora, sin priesa alguna, lo que mi padre os diga. Llamaré a vuestra madre que ha de sernos de gran ayuda”.
E salió mi pequeño a buscar a su madre e vi en sus ojos asomar el mal que llevaba dentro. Se equivocaba el médico. La semilla del mal estaba en su cabeza e corría ya por su cuerpo; en menos tiempo del dicho, Pablito podría morir si no hubiese remedio.
- “Traed un pañuelo que para vos sea muy valioso – dije a la madre – e dejad a mi hijo e a mí mesmo preparemos el remedio”.
- “¿Creéis ha cura, Capitán? – preguntó ignorante - ¡No querría haberos traído hasta aquí para nada!”.
- “¿Para nada decís venir a ver a esta criatura? – sonreíle - ¡Salíos fuera, mujer, que, según creo, lo veréis sano!”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario