
n el cubierto del jardín estábamos acabando nuestras listas de asuntos, cuando nos pareció oír pasaba un coche hacia Sevilla. Los tres al punto levantamos nuestra vista, pues se oyó parar el coche e no cesaba de hacer sonar su bocina.
- “¡Acaso es algo grave, sobrino – exclamó Su Ilustrísima -, que alguien viene a buscar consuelo para el cuerpo o para el alma!”.
- “No creo haya que asacar alarmas de donde no las hay – dijo Marcos sereno -, que bien sé que a muchos les gusta hacerse oír en estos tiempos”.
- “Miraría yo por saber si es algo de gravedad – les dije – e si no lo es, haré callar ese ruido agora e para siempre”.
- “Sé de algunos repartidores – dijo don Juan – que paran a la puerta e hacen ruido por llamar al cliente. Quizá no sea más que el vendedor de dulces”.
Y en esas estábamos, cuando abrióse la puerta de repente e vimos entrar corriendo a Ramón – que a poco resbala – e paróse frente a mí ijadeando.
- “¡Excelencia! – exclamó mientras dejaba de oírse el ruido -, envíame Cayetano a priesa a decirle está el médico del pueblo en la puerta e con vos quiere hablar”.
- “¡Hacedle pasar! – le dije - ¿A qué anunciarlo antes? ¡No todos los días va el médico a las casas a ver a los sanos, sino a los enfermos! Acaso busca otra cosa ¡Vamos; hacedle pasar!”.
E al poco, apareció el médico, don Rufino, con más cara de enfermo que nosotros mesmos, e ofrecíle asiento.
- “¡Capitán! ¡Ilustrísima e compaña! – comenzó con asfixia -; algo he de contaros con presteza”.
- “¡Sea así, doctor! – dije -, mas diré se os traiga un vaso de agua fresca que del camino y el sofoco estáis sudando e habéis mudado la color ¡Traedle agua fresca!”.
- “Lo que he de contar – dijo -, ni sé sea cierto o sea cuento de niños, mas colijo que es verdadero”.
- “Sea verdad o no lo sea – espetó Su Ilustrísima -, a oírle vamos con atención, que nadie va a casa de nadie a contar cuentos con esos sofocos”.
- “Es el caso – comenzó -, que no ha mucho que me dijo don Jacinto, el profesor, que no veía buena cara a uno de sus alumnos e que éste faltaba a clase algunos días. Y en preguntándole quién era, díjome que era Pablito, que es niño obediente, religioso e de familia muy modesta. Sus padres, acaso por pensar que Pablito no quería asistir a la escuela, pensaron el niño no estaba enfermo. Así pasó un buen tiempo, mas llegó el momento en que apareció con su madre en mi consulta; el pequeño estaba enfermo”.
- “¿Cómo descuidan – preguntó Marcos – esos padres a su hijo y desa forma?”.
- “El niño, señor – contestóle -, disimulaba su malestar”.
- “Y… - era lo que quería saber - ¿estaba enfermo?”.
- “Enfermo e sin remedio que yo pueda poner – miróme -.
- “¿A caso pensáis pueda hacerlo yo? – pregunté extrañado - ¡Sería la primera vez que un médico me pide le sea de ayuda! E no es que no quiera a ese niño sano, sino que es el deber del médico el sanarlo; e yo no soy médico”.
- “Tal cosa sé, excelencia – dijo como rogándome -, mas decidme vos qué cosa hago, pues no es problema de enfermedades sólo, sino que, en saliendo yo de mi consulta el viernes a medio día, levanté la vista con asombro e vi a todos sus compañeros allí en silencio, de forma tal, que pensé no había nadie”.
- “¡Diría yo se manifestaban! – exclamó don Juan - ¿Qué cosa les llevaba a verle?”.
- “Dicen estos niños, excelencia – comenzó a temblar -, que sólo el Capitán puede salvarlo en yendo a su casa. A tal no hice caso e fueron a buscarme ¡Dos veces he pensado en venir a por vos!, mas cuando salía ayer para Ronda, encontré a uno dellos caminando por la carretera en llegando ya a Puerto Chico ¡Venía a buscaros!”.
- “¡Santo Dios! – soltó Su Ilustrísima el libro - ¡Nunca vi tanta fe ciega en unos niños!”.
- “¡Pues aquí me tenéis – dijo -, que hasta la consulta he dejado porque mis pensamientos no me dejaban prestar atención a mis pacientes!”.
- “¿Queréis decir, señor doctor – pregunté calmo -, que vos mesmo venís a llevarme a ver a ese niño?”.
- “Así lo veis, así es, Capitán ¡Os ruego vengáis a verlo!”.


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