uelvo a faltar a mis escritos diarios, cosa en mí que no ha razón, por ciertos ajustes que en la casa hubieron de hacer los obreros.- “En verdad, en verdad os digo, sobrino – manifestóme Su Ilustrísima -, que ni la misa de ocho puedo oficiar, pues es tan fuerte e seguido el ruido destas obras, que olvido leer la Palabra de Dios o al revés la digo y espero que el Espíritu Santo paráclito, me ayude a soportar tanto tráfego de obreros cuando en la mesma consagración me hallo”.
- “Es cosa ya de poco tiempo – le dije -, e si vuestra misa se ve perturbada por tal estruendo, o la cambiáis de hora o puedo daros unos tapones que a la sazón han los niños para los oídos e que pudieran evitar tales confusiones, que Dios Nuestro Señor no las habrá en cuenta”.
- “A fe – contestó -, que si desde las ocho de la tarde a las ocho de la mañana no hubiese descanso, al pueblo me volvería, o a Ronda, hasta que acabara esta empresa”.
- “No es menester llegar a tal – tranquilicele -, que aquí, bajo el cubierto de la piscina, los golpes menos se oyen”.
- “Así es cierto que aquí hay más silencio – remató enojado -, no dejan de oírse esos golpes y esos gritos soeces pidiendo más ladrillos”.
- “Bien es cierto que el hablar de los obreros no es como el nuestro, Ilustrísima – apunté -, mas deberíais pensar que su trabajo es duro y ya ha llegado el tiempo del calor”.
- “Por distraerme un poco – dijo levantándose -, daré una vuelta a la casa. Rogad al Señor no me aplaste la cabeza alguna desas piedras”.
E viendo yo que su intención era la de subir a la terraza solarium e pensando que vería su cruz presidiendo tal lugar, observé que los niños habían una disputa por una pelota junto a la piscina, levantéme e alcé la voz:
- “¿Qué duelos son estos por una pelota? – grité - ¿Acaso no tiene cada uno hasta dos? Severo no quiero ser, pero he de advertiros que si en esta Casa no se ajusta cada uno a sus reglas habremos de mosquear alguna espalda, que no habiendo sido menester tal hasta agora, no dice que no lo sea en algún momento”.
Volvióse Su Ilustrísima con extraño, que bien sabía que yo jamás había alzado mi voz a los niños ni les había amenazado con mosquearlos. Quedáronse los pequeños quedos e mirándome e, Carlitos, casi en llantos, me miró poniendo su dedo en la boca.
- “Papá, papá – dijo casi en llantos -, que Antonio dice que esta pelota es la suya e bien sé que es la mía”.
- “E siendo las tres iguales – preguntéle - ¿cómo sabéis que es la vuestra?”.
- “¡Mirad, mirad aquí! – mostróme la pelota de colores -, pues entre este osito azul y este monito naranja yo mesmo he puesto una «C», que no es sino la primera letra de mi nombre”.
- “Bien veo aquí vuestra inicial – le dije -; la pelota ha de ser la vuestra”.
Gritó entonces Antonio por no estar conforme con lo dicho e, tomando en sus manos la pelota, mostrómela muy de cerca.
- “Aquí, aquí, papá – gritó -; pues entre esta gaviota celeste y aquesta serpiente verde yo mesmo puse la «A» de mi nombre”.
E mirando la pelota al cerca, allí vi el signo que me decía.
- “Paréceme – les dije -, que siendo iguales todas las pelotas, entrambos habéis puesto una marca a la mesma. Traigamos las otras dos, decidamos cuál será de cada uno y, en poniendo en una la «C», en otra la «A» y en otra la «M», han de acabarse estas discusiones que a ningún lado llevan sino a unos buenos azotes”.
Volvíme serio hasta ni asiento esperando trujesen las tres pelotas y acercóse Su Ilustrísima con extraño – mas sin mirar a la cruz – sentándose a mi lado.
- “Tonta discusión esta de los niños por una pelota – dijo -, mas no veo el motivo de mosquearles, que si no quieren esa dos veces marcada, otra se compra”.
- “A retirar a cada uno del sitio no deseado se trata - dije con doblez -, que en teniendo dos pelotas cada niño, no sé por qué han de cogérselas a sus hermanos”.
E miróme Su Ilustrísima como asombrado por lo dicho.
En Grazalema e a seis de junio del año de dos mil e ocho.


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