uimos a medio día a tomar unos baños e parecióme ver un raro gesto en los ojos de Su Ilustrísima. Creí ni siquiera sonreía por ver a sus angelitos felices de disfrutar del frescor de las aguas, que es éste grande cuando se llena la piscina e así permanece hasta no recebir muchos días el calor del sol.
Mirélo con disimulo, mas no vi levantase su mirada por ver qué hacíamos ni decir una de sus ocurrencias. Creyó acaso que no observé tal comportamiento e, antes de entrar a las aguas, cubríme con la toalla e acerquéme a él por descubrir su tristeza.
- “¿Acaso, Ilustrísima – le dije -, os encontráis a disgusto o enfermo?”.
- “¡No tal! – contestó sin alzar su vista -, sino que más me interesa lo que leo que lo que veo”.
- “Interrumpiros no deseo – contestéle atento a sus gestos -, mas no penséis no he observado que muy interesante ha de ser ese libro para no haceros feliz la presencia de los niños, que la nuestra ya sé os disgusta”.
Levantó la su mirada no sé si triste o inquisitiva e miróme fijamente una pieza antes de hablar:
- “Erráis si pensáis me disgusta vuestra presencia, sobrino – manifestó seguro y sin apartar la vista -, y en cosa tal no deberíais tener duda alguna; pero sí he de deciros que vuestros olvidos no alcanzo a razonar; y ello no me disgusta, mas me entristece”.
- “¿Olvido decís? – sentíme confuso -; bien sabéis que es raro en mí olvidar alguna cosa. Baladí ha de ser ésta e no quedó en mi mente”.
- ¿Llamáis «baladí» - contestó severo – a olvidar la promesa de renovar el Bautismo de vuestros hijos? ¡Bien veo que no olvidasteis bendecir las aguas para tomar baños!; mas éstos son para refresco del cuerpo; ni siquiera para su limpieza; y el Bautismo es para el alma”.
En oyendo sus palabras, sentíme extraño e como enfermo, que no he por uso olvidar cosa alguna e tanto menos si es de importancia. Acercándome a él e arrodillándome cerca, le hablé sincero:
- “¡Dios me valga, Ilustrísima, que cosa como esta no hame sucedido nunca! O yo estoy cambiando o… - miré a mis niños en jugando con Marcos – ellos me cambian. Ha de hacerse lo que decís, no por yo haberlo prometido, sino porque es deber que cumplir. E más de esto quisiera pediros que, si en momento alguno, cualesquiera de nosotros olvidásemos algo, aunque sea baladí, deis un golpe en la mesa y nos hagáis recordar, que no por restar mudo e con el ceño fruncido solucionaréis malestares”.
Sonrió levemente y cerró el libro en su regazo.
- “Sincero sois; sin lugar a dudas, sobrino, pues demasiado os conozco para saber que no echáis las cosas en olvido, mas parecióme olvidabais por no hacerlo”.
- ¿Qué decís? – así sus manos - ¿Cómo podéis haber pensado yo no quería celebrar tal ceremonia? Pienso, acaso, os ha extrañado yo olvide y agradecido os estoy por dos advertencias hechas, pues quiero mis hijos renueven su Bautizo y heme apercibido de que he olvidado un trazado de mucha importancia”.
- “Mucho me confundía lo olvidáseis – dijo – e más aún no lo deseaseis; mas si me dierais licencia, haría los preparativos”.
- “Licencia tenéis para ello – contestéle – e licencia os he dado para alzar la voz si no se cumplen las normas desta Casa, que es la vuestra”.
Sonrióme en apretando mis manos, dejó el libro en la mesa e levantóse decidido por acompañarme hasta el borde de las aguas:
- “¡Dejad esa toalla, sobrino!; e uníos a los juegos, que yo desde aquí he de observarlos e disfrutarlos e no desde tras el biombo”.
En Grazalema e a siete de junio del año de dos mil e ocho.


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