25 junio, 2008

De cómo los remedios curaban también otros males

omé un descanso a media mañana e bajé a las cocinas por beber agua fresca mas, mirando por el pasillo que al jardín lleva, parecióme ver un a modo de bulto obscuro como escondiéndose tras los rosales e, con cautela e disimulo, hasta la mesma puerta del jardín anduve pegado a la pared. Parecía ver a alguien allí agazapado e llevé la mano a mi cinto, que arma alguna llevaba pendiente.

En saliendo al cubierto por detrás del biombo que allí puse a Su Ilustrísima, fuime luego acercando hasta las plantas dando rodeo a la piscina hasta ver a un hombre que allí agachado se encontraba.

- “¿Quién va? – grité - ¡Salga el intruso de su escondite e retire el embozo!”.

Y en diciendo estas palabras, vi levantarse a Su Ilustrísima mirándome con espanto.

- “¡Válame Dios, sobrino – exclamó -, que si un poco más alto gritáis, más alto mi corazón latería del susto!”.

- “¿Quisierais decirme, Ilustrísima – pregunté aún asustado -, qué cosa hace vuesa merced escondido tras los rosales? ¡Un susto de muerte me habéis dado vos, e no yo!”.

- “Nada que pueda ocultarse ante los ojos del Señor, sobrino – rióse fuertemente -, que removiendo estaba estas tierras de los rosales porque tomen aire antes de regarlas”.

- “E… - turbéme - ¿nada os duele? ¿Acaso no sentís molestia alguna en las piernas?”.

- “En verdad os digo, sobrino – manifestó en ecercándose -, que ni tan siquiera hame pasado por la cabeza aquesto que de las dolamas preguntáis. Dolor alguno siento, sino que como joven me he agachado e no he pensado otra cosa… sino en los rosales”.

- “Acaso el remedio que os dio Marinín – le dije confuso – haya mejorado aún más vuestras dolamas, que no estáis en edad de andar con la azada removiendo tierras como los jóvenes campesinos”.

- “¡Pues algo deso deberá de ser! – volvióse a su labor -, pues ni la pierna partida ni la otra me molestan e puedo doblar las espaldas como cuando era mozo. Vuestro hijo será como vos hombre de grande talento para sanar estos dolores”.

- “Tal no os niego – contestéle – mas, según yo entiendo desde hace ya siglos, cada remedio es para una cosa e, el que habéis tomado, es para unir esos huesos que se quebrantaron”.

- “Así será – siguió cavando -, mas si vuestra experiencia eso os dice, la ignorancia de vuestro hijo hame sanado, no sólo las piernas, sino los dolores que en los riñones sentía al doblarme”.

E diciéndole me placía que así fuese, subí a la buhardilla a buscar a Marinín, pues había de preguntarle qué remedio había dado a su tío Juan, además del que le curase su pierna.

En abriendo con cuidado la puerta, vilos jugando e riendo e hice señas al pequeño porque viniese afuera. Levantóse al punto e vino a mí sonriendo.

- “¿Me buscáis, papá? – preguntó - ¿Acaso hemos dejado algo sin hacer o hemos errado en algo?”.

- “¡No tal, hijo! – tomélo entre mis brazos -; necesitaría un ayuda y en vos he pensado ¿Sería de mucho estorbo que dejaseis vuestros juegos un minuto por hablar una pieza en mi bufete?”.

- “Así lo necesitáis – dijo – y así ha de hacerse, que en diciendo a mis hermanos que en poco vuelvo, con vos iré si os puedo ser de un ayuda”.

E diciendo a sus hermanos que volvería brevemente, conmigo vino a mi bufete, entramos e cerré la puerta sonriéndole.

- “Nada importante me trae a buscaros, hijo – le dije -, sino que ya vais teniendo la edad de comprender con meridiana claridad el uso de los remedios curativos e por mí mesmo helo comprobado, que está tío Juan sanado de su pierna quebrantada”.

- “El remedio del libro puse, papá – dijo de contento -, e nada cambié; así, parece que tal remedio cura los huesos rotos de los que tanto espanto habíais e puede usarse sin temor”.

- “No diría yo sin temor, criatura – acerquéme a mirarlo -, pues el remedio dado a tío Juan sanó su hueso roto e fizo… ¡algo más!”.

- “¿Algo más? – asustóse - ¿Acaso le he producido daño alguno que no pueda remediarse?”.

- “¡No, hijo! – acaricié su rostro -; quizá no haya remedio para otras cosas, mas diría yo, que el remedio que habéis usado e que, según puede leerse en el libro, sana esos huesos rotos, también remedia otros males. Asomaos conmigo a esta ventana e mirad lo que hace tío Juan en el jardín”.

E alzándolo un poco porque mejor lo observase, miró con atención e volvióse a mirarme.

- “¡Nada de extraño veo! – dijo -, sino que está tío Juan aprestando los rosales”.

- “Así es, pequeño – dejélo en el suelo -; aprestando los rosales está con una azada e, si la Naturaleza no ha cambiado sus leyes, no tiene vuestro tío edad para poder hacer tales movimientos sin sentir grandes dolores. El remedio que habéis usado, y que en el en libro he leído es para curar un hueso roto, hace algo más. ¡Ha quitado las dolamas de vuestro tío!”.

E miróme entornando los sus bellos ojos e pensando.

- “Así pues, papá – dijo -, ¿el remedio que pusisteis a mi mal fizo acaso en mí otras cosas?”.

- “Mis dudas tenía yo sobre ello, Marinín – musité -, mas no sólo curasteis del mal que os hubiese llevado a la muerte como con Pablito se ha hecho, sino que Marcos e yo mesmo, siempre hemos visto que vuestra mente se ha vuelto prodigiosa e, toda persona que a vos se acerca, vuestros conocimientos aprehende. Así pues, tomemos una lición de todo esto, que paréceme cada remedio cura, además, otras cosas”.

- “¡Jo, papá! – exclamó -; si es tal, ¿mejorará Pablito también como yo lo hice?”.

- “Acaso sea así, hijo – aclaréle -; necesito agora que vos observéis a Pablito como yo voy a hacerlo. Estad atento a todo lo que en él cambie. Entrambos necesitamos saber qué otras cosas hace cada remedio, pues puesto uno, cura el mal e mejora lo bueno”.

- “He de ayudaros, papá – dijo seguro -, que si me dais licencia para usar aquestos remedios curativos, también quiera yo saber qué otras cosas hacen”.

- “Volved agora con vuestros hermanos a los juegos – le dije – e buscaremos la forma e manera de ver a Pablito más días e más de cerca. Decidme lo que observéis e así mesmo yo haré”.

E volviendo de contento a sus juegos, volvióse a sonreírme antes de abrir la puerta.

- “Dos remedios hay en cada uno, papá”.

En Grazalema e a veinte y cinco de junio del año de dos mil e ocho.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario