25 junio, 2008

De cómo los remedios curaban también otros males

omé un descanso a media mañana e bajé a las cocinas por beber agua fresca mas, mirando por el pasillo que al jardín lleva, parecióme ver un a modo de bulto obscuro como escondiéndose tras los rosales e, con cautela e disimulo, hasta la mesma puerta del jardín anduve pegado a la pared. Parecía ver a alguien allí agazapado e llevé la mano a mi cinto, que arma alguna llevaba pendiente.

En saliendo al cubierto por detrás del biombo que allí puse a Su Ilustrísima, fuime luego acercando hasta las plantas dando rodeo a la piscina hasta ver a un hombre que allí agachado se encontraba.

- “¿Quién va? – grité - ¡Salga el intruso de su escondite e retire el embozo!”.

Y en diciendo estas palabras, vi levantarse a Su Ilustrísima mirándome con espanto.

- “¡Válame Dios, sobrino – exclamó -, que si un poco más alto gritáis, más alto mi corazón latería del susto!”.

- “¿Quisierais decirme, Ilustrísima – pregunté aún asustado -, qué cosa hace vuesa merced escondido tras los rosales? ¡Un susto de muerte me habéis dado vos, e no yo!”.

- “Nada que pueda ocultarse ante los ojos del Señor, sobrino – rióse fuertemente -, que removiendo estaba estas tierras de los rosales porque tomen aire antes de regarlas”.

- “E… - turbéme - ¿nada os duele? ¿Acaso no sentís molestia alguna en las piernas?”.

- “En verdad os digo, sobrino – manifestó en ecercándose -, que ni tan siquiera hame pasado por la cabeza aquesto que de las dolamas preguntáis. Dolor alguno siento, sino que como joven me he agachado e no he pensado otra cosa… sino en los rosales”.

- “Acaso el remedio que os dio Marinín – le dije confuso – haya mejorado aún más vuestras dolamas, que no estáis en edad de andar con la azada removiendo tierras como los jóvenes campesinos”.

- “¡Pues algo deso deberá de ser! – volvióse a su labor -, pues ni la pierna partida ni la otra me molestan e puedo doblar las espaldas como cuando era mozo. Vuestro hijo será como vos hombre de grande talento para sanar estos dolores”.

- “Tal no os niego – contestéle – mas, según yo entiendo desde hace ya siglos, cada remedio es para una cosa e, el que habéis tomado, es para unir esos huesos que se quebrantaron”.

- “Así será – siguió cavando -, mas si vuestra experiencia eso os dice, la ignorancia de vuestro hijo hame sanado, no sólo las piernas, sino los dolores que en los riñones sentía al doblarme”.

E diciéndole me placía que así fuese, subí a la buhardilla a buscar a Marinín, pues había de preguntarle qué remedio había dado a su tío Juan, además del que le curase su pierna.

En abriendo con cuidado la puerta, vilos jugando e riendo e hice señas al pequeño porque viniese afuera. Levantóse al punto e vino a mí sonriendo.

- “¿Me buscáis, papá? – preguntó - ¿Acaso hemos dejado algo sin hacer o hemos errado en algo?”.

- “¡No tal, hijo! – tomélo entre mis brazos -; necesitaría un ayuda y en vos he pensado ¿Sería de mucho estorbo que dejaseis vuestros juegos un minuto por hablar una pieza en mi bufete?”.

- “Así lo necesitáis – dijo – y así ha de hacerse, que en diciendo a mis hermanos que en poco vuelvo, con vos iré si os puedo ser de un ayuda”.

E diciendo a sus hermanos que volvería brevemente, conmigo vino a mi bufete, entramos e cerré la puerta sonriéndole.

- “Nada importante me trae a buscaros, hijo – le dije -, sino que ya vais teniendo la edad de comprender con meridiana claridad el uso de los remedios curativos e por mí mesmo helo comprobado, que está tío Juan sanado de su pierna quebrantada”.

- “El remedio del libro puse, papá – dijo de contento -, e nada cambié; así, parece que tal remedio cura los huesos rotos de los que tanto espanto habíais e puede usarse sin temor”.

- “No diría yo sin temor, criatura – acerquéme a mirarlo -, pues el remedio dado a tío Juan sanó su hueso roto e fizo… ¡algo más!”.

- “¿Algo más? – asustóse - ¿Acaso le he producido daño alguno que no pueda remediarse?”.

- “¡No, hijo! – acaricié su rostro -; quizá no haya remedio para otras cosas, mas diría yo, que el remedio que habéis usado e que, según puede leerse en el libro, sana esos huesos rotos, también remedia otros males. Asomaos conmigo a esta ventana e mirad lo que hace tío Juan en el jardín”.

E alzándolo un poco porque mejor lo observase, miró con atención e volvióse a mirarme.

- “¡Nada de extraño veo! – dijo -, sino que está tío Juan aprestando los rosales”.

- “Así es, pequeño – dejélo en el suelo -; aprestando los rosales está con una azada e, si la Naturaleza no ha cambiado sus leyes, no tiene vuestro tío edad para poder hacer tales movimientos sin sentir grandes dolores. El remedio que habéis usado, y que en el en libro he leído es para curar un hueso roto, hace algo más. ¡Ha quitado las dolamas de vuestro tío!”.

E miróme entornando los sus bellos ojos e pensando.

- “Así pues, papá – dijo -, ¿el remedio que pusisteis a mi mal fizo acaso en mí otras cosas?”.

- “Mis dudas tenía yo sobre ello, Marinín – musité -, mas no sólo curasteis del mal que os hubiese llevado a la muerte como con Pablito se ha hecho, sino que Marcos e yo mesmo, siempre hemos visto que vuestra mente se ha vuelto prodigiosa e, toda persona que a vos se acerca, vuestros conocimientos aprehende. Así pues, tomemos una lición de todo esto, que paréceme cada remedio cura, además, otras cosas”.

- “¡Jo, papá! – exclamó -; si es tal, ¿mejorará Pablito también como yo lo hice?”.

- “Acaso sea así, hijo – aclaréle -; necesito agora que vos observéis a Pablito como yo voy a hacerlo. Estad atento a todo lo que en él cambie. Entrambos necesitamos saber qué otras cosas hace cada remedio, pues puesto uno, cura el mal e mejora lo bueno”.

- “He de ayudaros, papá – dijo seguro -, que si me dais licencia para usar aquestos remedios curativos, también quiera yo saber qué otras cosas hacen”.

- “Volved agora con vuestros hermanos a los juegos – le dije – e buscaremos la forma e manera de ver a Pablito más días e más de cerca. Decidme lo que observéis e así mesmo yo haré”.

E volviendo de contento a sus juegos, volvióse a sonreírme antes de abrir la puerta.

- “Dos remedios hay en cada uno, papá”.

En Grazalema e a veinte y cinco de junio del año de dos mil e ocho.

24 junio, 2008

Del comienzo de una fiesta e del verano

einte y cuatro de junio. Día de San Juan e onomástica de Su Ilustrísima así como noveno cumpleaños de Marinín, que ya de temprano dejóse ver por si Marcos o yo alguna cosa le decíamos o algún presente le guardábamos.


- “Muy temprano es aún – farfullé -; idos a dormir otra pieza que el día ha de ser largo e no por mucho madrugar… será más largo”.


- “El sol ya ha salido, papá – desoyóme -, que es hoy el día más largo del año”.


- “Día alguno hay en el año más largo que otro, pequeño – musitó Marcos -, que todos han sus veinte e cuatro horas, sino que el sol antes sale e después se oculta”.


- “E así mesmo yo mido el día – insistió -; desde que el sol aparece hasta que vase”.


Incorporéme en la cama en viendo que no cejaba en sus comentarios e alcé la voz:


- “Sea como sea el día para vos, Marinín, veinte y cuatro horas tiene e, al menos, ocho habemos de dormir por aguantar las otras de vigilia. Idos a la cama e no despertad a vuestros hermanos”.


Mas, mirando con más atención al pasillo, pude ver también a Antonio e Carlitos, ya vestidos, como si fuese la hora del desayuno.


- “Bien está que por un día al año – les dije en levantándome – hagamos el día más largo, mas no penséis vais a desayunaros hasta la hora fijada, que el servicio trabaja toda la jornada e también ha de descansar”.


Así, parecióme ver a María tras ellos sin querer acercarse a la puerta e con su pequeño en brazos e oí la su voz un tanto a lo lejos:


- “Os lo dije, pequeños; por mucho que madruguemos no ha de servirse el desayuno hasta su hora. Obedeced a vuestro padre e dormid otra pieza”.


- “¡Esperad, esperad, María! – grité - ¿Está el servicio ya levantado?”.


- “Así nos lo pidió Marinín ayer – contestóme – e así lo hemos hecho, que bien vale un madrugón de verano por hacer este cumpleaños más largo”.


- “¿Acaso está ya presto el desayuno? – pregunté asombrado - ¡Vive Dios que en esta casa se cambian las órdenes como las hojas del almanaque! ¡Esperad unos minutos, pues necesitamos aprestarnos!”.


E no de muy buena gana levantóse Marcos e sacó del ropero las cajas que allí guardadas habíamos e, saliendo del baño, nos pusimos la poca ropa que en verano se viste e bajamos al salón.


- “¡Buenos días nos dé Dios! – saludónos don Juan allí esperando -; que es día de fiesta e ha de ser ésta luenga y el día provechoso”.


- “A fe, Ilustrísima – dije -, que como un niño sois”.


- “Yo mesmo, e no otro – dijo entonces -, ha sido el que ha hecho estos planes, pues una misa diremos con gran devoción, e al desayuno daremos buen cumplimiento e repartiránse los regalos, que haberlos haylos. E luego desto una vuelta daremos por el campo hasta el medio día para tomar un bocado e habrá baños e juegos hasta el almuerzo. No habréis de olvidar que han de tomar los niños su xoclatl en la merienda e aprestarse luego con una leve cena, pues a Ronda deberá irse a visitar a don Diego, que ayer faltamos a la celebración que siempre hace en sus fincas en la noche e a cenar nos invita. Así está todo trazado e así debe hacerse”.


Y en mirando muy quedo a Su Ilustrísima, pensé comenzaban a hacerse trazados sin pedirme licencia mas, ¿qué mejor licencia que la de Marinín a su lado sentado e Antonio al otro tirando de su manga e Carlitos pasándole por encima?


- “Bien están esos planes – dije – si hay un pequeño receso entre una cosa e otra, mas dormiremos mañana hasta tarde, que siendo ya los postrímeros días del mes, se acerca también la festividad de San Pedro e San Pablo e se acaban las clases”.


- “¡Examinados están los pequeños! – dijo Víctor -; dese este curso por acabado e comiéncese hoy el verano, que más conocimientos han ellos que yo mesmo e no sé de qué cosa voy a darle liciones en llegando septiembre”.


- “Así pues – suspiré -, comience ya ese festejo de hoy e descánsese hasta pasado el estío”.


En Grazalema e a veinte y cuatro de junio del año de dos mil e ocho.

23 junio, 2008

De las palabras correctas o incorrectas

ubimos esta mañana Marcos e yo grande discusión pues decía él yo no usaba las palabras correctas por llamar a cada cosa por su nombre e decíale yo llamaba a las cosas por su nombre e no por los inventados agora.

Púsome como ejemplo de todo ello que no debería escribir «deuvedé», sino «DVD» e, tomando el Diccionario de la Real Academia Española, preguntéle dónde decía había que escribir la tal cosa así. Pensando él acaso yo no había conocimientos del uso del malogrado castellano que hácese hoy, esperé diérame respuesta.

Hizo consulta acá e acullá e también la fizo en su estuche portátil (que un diccionario hay en él y es llamado Drae).

- “¡No, Marino! – exclamó - ¿Por qué os negáis a aceptar los cambios que en el castellano hanse hecho?¿Acaso no razonáis que hay cosas nuevas que surgen e se asacan e hay que darles algún nombre?”.

- “¡Tal no he dicho, Marcos! – traté de calmarlo -, que bien sé hay cosas reales, e irreales, nuevas, e que algún nombre han de tener. Acaso sois vos el que no recordáis cómo llamaban a las cosas en las Américas, que más sentido había decirle a un estuche portátil «notebook» que «portátil» o «portable» ¡Santo Dios!, pues es portátil adjetivo que hase sustantivado e «portable» no es cosa alguna, sino palabra inglesa”.


E mirándome con extraño, acercóse a mí e miróme a los mis ojos sin pestañear.

- “¿Queréis decirme, Marino – preguntó estupendo -, que seríais capaz de hablar el castellano como agora lo hacemos e seguís haciéndolo como hace ya 500 años?”.

- “¿E por qué no? – reíme - ¿No habéis visto he conservado mis costumbres e mis ropas e mis armas? ¿A qué no conservar también el castellano que por entonces hablaba? Piensa la Academia debemos llamar a estas diabólicas máquinas «ordenadores» e no «computadoras» porque no sólo limítanse a hacer cómputos, sino que también ordenan datos de todas clases ¡Pues yerran! No son éstos ordenadores, pues no sólo dedícanse a ordenar, sino que también hacen cómputos; e si su nombre original en inglés es «computer», ¿a qué llamarle ordenador?”. E por no llamarlos ni de una forma ni de la otra, que correctas no me parecen, digo estuche, que es lo que verdaderamente son hasta no se use la palabra propia”.


- “Mirad soy verdadero, amigo – insistió -, que tal no os digo por corregir lo que decís, sino porque se os entienda ¿Acaso es de razón para vos llamar a esto (mostróme el estuche de retratos) «estuche» siendo una «cámara de fotos»?”.


- “Que sea una cámara obscura no dudo – insistí yo -, mas a eso de «foto» no me avengo, que en siendo «fotografía» del inglés «photograph» aún lo aceptaría, pues no es más que un gráfico de luz hecho en papel”.

E no hube respuesta, sino que bajamos a desayunar e volvióse a hablar del tal tema e, aunque Su Ilustrísima como yo pensaba, advirtióme usase aquestas nuevas palabras por ser mejor entendido. E con extraño miráronme los pequeños.


- “¿Acaso pensáis, hijos – les dije –, es de razón digáis que habéis de «resetear la cepeú porque se os cuelga un draiver del soft»?”.

E mirando luego a don Juan, otro tanto aclaréle:

- “Así como vuesa merced ha de decir la misa en castellano, aún pensando que la misa ha de ser cantada en latín por ser entendida por todos los cristianos ¿A tal os referís?”.

En Grazalema e a veinte y tres de junio del año de dos mil e ocho.

22 junio, 2008

Del corto descanso de los niños

ubo un gran abrazo en la despedida de Pablito e sus padres, pues aún en sabiendo éstos que a buen recaudo quedaba su hijo, con él hubiesen preferido partir, mas fue de alegría para los niños, que pronto hicieron los planes para dormir antes de la cena.

- “¡Papá! – exclamó Marinín - ¡Un paseo a caballo deberíais darnos mañana! ¡Nunca hemos montado!”.

- Así se hará, hijo – le dije -, mas serán paseos de cada uno conmigo, pues aún sois pequeños y he de daros liciones. Son los caballos mansos, mas nadie nos asegura no habrá caídas. Uno a uno montaréis conmigo”.

- “Atrevido sois, sobrino – dijo Su Ilustrísima -, e no me niego a que hagáis tal por confiar en vuestra destreza. No me gustaría ver a estos pequeños a caballo”.

- ¡Han de disfrutar, Ilustrísima! – contestóle Marcos -; no todos los días se monta y la primera vez que lo harán ha de ser”.

Así, con algo de desconfianza de tío Juan, pensaron los pequeños en ir a dormir temprano e cabalgar tras el desayuno.

E más temprano de lo esperado apareció Marinín con el jugo de naranja e ya sabía yo por qué razón a la cama me lo llevaba.

- “No os preocupéis, hijo – le dije -, pues no he olvidado la promesa que os hice. Montaré de primero a Pablito por ser invitado, luego a Carlitos por ser el más pequeño e Antonio e vos, los mayores, daréis una vuelta por los campos e un poco más larga”.

No contestóme sino con una sonrisa, dejó la copa en la mesilla, me besó e fuése a contar las novedades a sus amigos.

Hubo buen comportamiento en el desayuno e miradas de inseguridad de Su Ilustrísima, que parecíame seguir pensando no era buena la idea de pasear a «sus angelitos» a caballo. Mas acabado el refectorio, dije a Cayetano aprestase a Temprano con mi silla e, dentro de una pieza, salimos de la casa todos, menos Su Ilustrísima, que pensaría mejor no ver por no sufrir.

Subí a Temprano e ayudé a Pablito a subir a la silla. Víctor ayudó desde abajo e parecióme de contento. E ya sentado el pequeño, agarrélo con fuerza e comenzamos a movernos hacia el camino que recorre la finca. El pequeño me miraba sonriente e miraba a su en derredor respirando el aire de la sierra como si se sintiese más vivo que nunca. Así, bajamos por el camino una buena pieza hasta que parecióme ver algo se movía entre los matojos. Nada dije al pequeño, sino que paré el caballo e mostréle la vista que desde allí había de toda la Ribera mientras miraba con disimulo al lado donde parecióme ver algo.

Seguíle hablando al pequeño e riendo mas observé había hasta dos hombres de obscuras ropas allí agazapados e prometiéndole al pequeño daríamos un paseo más largo, di la vuelta e subimos de espacio el camino hasta la casa. Hubo gran contento entre los niños, pues pensaron que montaría Carlitos mas, con grande disimulo, dije a Víctor e a Marcos llevasen a los niños a la buhardilla e que seguirían los paseos más tarde. E dije a Cayetano me esperase allí con el caballo sin moverse. Quiso saber Marcos qué cosa ocurría e hícele gesto que comprendió al punto.

- “¡Vamos, niños! – gritó en riendo - ¡Subamos a la buhardilla! El Capitán debe revisar antes los caminos e saber cuál dellos es el mejor para vuestros paseos”.

Ninguno de los pequeños sintióse engañado o pensó quedábase sin paseo, que así estaban acostumbrados, e subieron con el maestro a lo más alto de la casa. De forma que no les asustase, subí a mi estancia e cambiéme de indumentaria en menos tiempo del acostumbrado, bajé las escaleras e monté e Temprano a priesa cabalgando camino abajo hasta llegarme a la altura donde vi aquellas sombras.

En mi mano izquierda llevaba pistolete armado e desenvainé mi blanca porque fuese visible. Parecióme entonces hasta dos hombres se movían de detrás de unos matojos a otros e hacia ese lado cabalgué saliéndome del camino.

E viendo aquellos dos hombres a ellos me acercaba armado, cada uno corrió en sentido contrario, mas observé llevaba uno en sus manos uno desos estuches de hacer retratos e tras él corrí hasta darle alcance.

- “¡Esperad, Capitán! – gritó aterrado -, que nada venimos a facer por estos campos!”.

- “E si nada venís a hacer – le dije - ¿a qué portar ese estuche en la mano e vestir ropas obscuras?”.

- “Unas «fotos» queríamos haber de vuestra casa – dijo -, que no es cosa que esté fuera de la ley”.

- “No lo estaría – contestéle acercándole la punta de mi ropera – si esas «fotos» no fuesen luego a parar a manos de otros. ¡Llamad a vuestro compañero si no queréis morir a solas!”.

E trocóse su casa de alabastro e llamó, como pudo, a su compañero que, en una corta pieza bajaba corriendo entre los arbustos asustado.

- “¡Nada habéis de temer, Capitán! – dijo ijadeando -, que no hacemos retratos sino para nosotros”.

- “Si es así – les dije -, muchos dellos e muy bellos he de daros como presentes e vuesas mercedes me entregarán el estuche”.

- “¿El estuche? – se miraron con disimulo - ¡Es bien caro, Capitán! No dejadnos sin él”.

Y en movimiento certero, levanté mi blanca e tiré de la correa del estuche cayendo éste en mis manos mientras ellos exclamaban «¡No!».

- “Sí, amigos retratistas – les dije en mirando el estuche -; daño alguno voy a hacerle a este artilugio mas ¿podríais decirme cómo se abre por sacar lo que en su interior lleva?”.

- “¡No, Capitán! – gritó uno - ¡No hagáis tal cosa que puede ser de peligro para vos!”.

- “A otros peligros peores que estos acostumbro – dije en buscando la apertura - ¡No han de preocuparse vuesas mercedes!”.

Y encontrando el lugar por donde se abría parecióme verles cara de haber disgusto mientras salía una cinta de allí dentro.

- “Valioso me parece era esto – les dije – e que a otras manos iba a llegar. Así pues, aqueste hombre que os envía a «ver mi casa», sabrá habréis estado aquí, mas no llevaréis ni esta cinta ni el estuche”.

E no estando muy lejos dellos, hice moverse a Temprano en círculo e marqué sus frentes con mi señal y, en viéndose correr la sangre por sus caras, espantados huyeron Ribera abajo hasta llegar a la carretera, tomar un coche e partir a grande velocidad.

Viendo una cinta que ninguna imagen tenía, no parecióme de importancia, mas quise la viese Marcos, pues no era estuche de retratos como el suyo, sino más grande e con un a modo de cañón en él.

Subí al trote la ladera e bajé del caballo aún en marcha.

- “¡Llevadlo al descanso! – dije a Cayetano - ¡Más tarde hemos de dar los paseos! ¿Dónde está Marcos?”.

- “Atrás con Su Ilustrísima en el cubierto del jardín – me dijo -; e sigue Víctor arriba con los niños”.

- “Subid cuando dejéis a Temprano en su sitio – advertíle – e no dejad bajen hasta que yo os lo diga”.

Atravesé la casa a priesa e, viéndome entrambos aparecer con mis ropas e armado, pusiéronse en pie.

- “¿Qué cosa ocurre Marino? – preguntó Marcos -; excitado os veo”.

- “A fe, sobrino – dijo Su Ilustrísima -, que ya sabía yo algo no tan bueno iba a suceder”.

- “¡Tomad, Marcos! – eché el estuche sobre la mesa -; tal cosa llevaban dos hombres e creí tomaban retratos de la casa, mas la cinta es toda obscura e ninguna imagen aparece”.

Marcos e Su Ilustrísima rieron e pensé había tomado por agazapados a dos sencillos visitantes de la Ribera.

- “Ni es esto cosa de poca importancia – explicóme Marcos -, ni imagen alguna puede verse, ni se verá nunca en esta cinta, pues si bien es cierto que esto es un «estuche de retratos» como decís, la cinta que trae dentro no es como la que trae mi estuche, que en dándole la luz del día, borra todos los retratos”.

- “¡A fe que no entiendo lo útil de tal artilugio! – exclamé -; pues si al sacar la cinta con los retratos e darles la luz se borran, ¿qué ha de verse?”.

- “Luego he de aclararos tal entuerto, Marino – contestóme con paciencia -, mas bien creo habéis espantado a dos follones bien peligrosos, pues este «estuche» hace retratos del color de vuestros ojos a obra de más de 20 metros”.

E sabiendo que alguien estaba preparando un nuevo ataque, anduvimos el resto de los días cerca de la casa e no comprendían los niños por qué dejáronse los paseos largos a caballo para otro día.

Y en llegando hoy la tarde, que es domingo, fue Marcos al pueblo a por don Pablo e doña Fuencisla, hubieron merienda con nosotros e no podían oír cuanto los niños le narraban.

Así, volvieron al pueblo e, cuando vino Marcos, confesóme hubo temido algún mal peor.

- “¿Dispara ese estuche?”.

En Grazalema e a veinte y dos de junio del año de dos mil e ocho.

18 junio, 2008

Del octavo día (2/2)

o hubo momento de silencio en el corto viaje hasta la Fuentefría e sorprendióme cómo Marcos hablaba e reía con Guillermo e miraba atrás e tendía la su mano por tomar las de Pablito. Don Pablo e doña Fuencisla - que esos eran los nombres de los padres del pequeño – no sabían si atender a sus hijos en las conversaciones o atender a lo les fui diciendo sobre la casa.


- “No hay duda, excelencia – dijo don Pablo -, que el sitio elegido para vuestra casa es uno de los mejores de toda la Ribera. Muchas veces por aquí he pasado en nuestro viejo coche e de espacio la he visto crecer desde sus cimientos. Grande es por fuera e adivino lujosa por dentro”.


- “Lujosa es, don Pablo – contestéle -, mas no por ostentación e boato, sino por necesidad e, igual que vuesas mercedes hanme ofrecido su humilde morada como si mía fuera, esta podéis considerar como de vuestra familia, que nada es mío si no lo comparto”.


E ya en llegando a la casa, vi se abría la cancela, pues estaría Cayetano pendiente de nuestra llegada e todo estaría presto para un refresco en el jardín, un baño en la piscina e un especial almuerzo. E no habiendo visto Pablito la casa en levantándose ni acabada e viendo el coche iba parando e la verja se abría, quitóse el cinto (que llaman de seguridad) e asomóse entre Marcos e yo.


- “¡Vive Dios que no esperaba tal casa en este sitio! – exclamó -; y en diciendo el Capitán había su vivienda en la Ribera, un palacio imaginaba con lujos por de fuera adornado”.


- “No importa lo que por fuera veáis, Pablito – díjole Marino -, pues lo de fuera no se corresponde con lo de dentro. A lustra casa venís e yo mesmo he de mostraros hasta el último rincón”.


Entramos hasta la puerta e vi estaba ya el servicio allí esperándonos según mis órdenes, que dije una hora cercana de la llegada e que no se pusiesen uniforme rico alguno, sino el de diario, porque no se sintiera aquella familia extraña entre el servicio. Así mesmo, entre todos ellos, salió a recebirnos Su Ilustrísima con su vieja sotana e levantó la mano en viéndonos llegar como si fuese a darnos una bendición.


Bajó Pablito del coche el primero e fuése a saludar a don Juan e tomólo éste por los brazos elevándolo en los aires y en diciendo alabanzas al Señor.


- “Sin conoceros – decía – sabía quién seríais, pequeño ángel, que desde hoy formaréis el cuarto de querubines desta vuestra casa”.


E sin haberle dicho nadie cosa alguna, tomó el pectoral al dejarlo en el suelo e púsose de puntillas para besarlo e lo miró Su Ilustrísima con asombro e gustoso.


Hice las presentaciones entre los presentes e vi la señora sentíase incómoda por no dejar de pensar en el peinado de sus cabellos o en sus ropas e acercase Marcos a hablarle con respeto e hízola sonreír.


Al poco, pasamos a la casa e supe habría miradas de extraño, porque no imaginaba la familia lo que dentro habría. Pablito quedó algo más serio e acercóse a las faldas de su madre e, viendo esto, acérqueme yo a él.


- “¿Acaso no pensabais el Capitán tendría palacio? – preguntéle -; no es de razón poner una casa lujosa en lugar como este sino siendo por de fuera grande pero sencilla. Marinín os ha dicho os va mostrar todo lo que podréis disfrutar desde agora, que lo que veis, e lo que no veis, vuestro es”.


- “A fe, Capitán – dijo doña Fuencisla -, que más pequeña me siento aquí dentro. Acostumbrada estoy a vivir en casa pequeña e no sabría vivir en una donde entrarían algunas de la nuestra sin mucho trabajo”.


- “Nosotros mesmos os la mostraremos en un paseo – le dije -, que si bien es grande todo, no hay mucho que ver”.


E parecióme verla sonreír a María e a ella acercóse a abrazarla, pues conoscíanse desde pequeñas. Así, le dije trujese a su pequeño, el más pequeño de los «Marinos» de la Casa, e a por él fue e hubieron unas pláticas. E miraba aquella mujer el rostro del pequeño e al mío miraba; tal era el parecido.


Con esto, mostrámosles la casa (palacio, insistía la mujer), e fuimos a tomar el bocado del medio día al jardín. Y estuvo ella muy interesada por volver a ver las cocinas e dije a María la dejase con ella si era su voluntad.


E a la hora del baño hubo grandes fiestas e grandes risas, que aunque a Pablito no importábale tomar baños desnudo, no así pensaba su padre; mas todos nos refrescamos e sentado quedó orgulloso Su Ilustrísima, que sabía se oficiaría una misa, a mitad del día, en acción de gracias.


Fue sencillo el almuerzo e dejamos a todos los pequeños juntos a un lado porque hablasen de sus cosas e nosotros de las nuestras; e muy cerca estuvo todo el servicio de nosotros e de su peinado e sus ropas olvidóse doña Fuencisla al cabo.


- “¿Podría Pablito quedarse esta noche con nosotros, papá? – preguntóme Marinín -; mucho habemos que hablar e no debe quedar para otro día”.


“¿Tan importantes son vuestras pláticas, hijos? – abarquélos a todos con mis brazos -; preguntad a sus padres, pues sitio hay, no irá a la escuela hasta el lunes próximo e, si quedárase unos días, éstos mesmos tomarías vosotros de descanso”.


E hubieron gran contento e gran dificultad también para que los padres de Pablito diesen su licencia, pues imaginé querrían disfrutar de la salud de su hijo.


- “Tan sano ha de estar aquí como con sus padres – les dije -, mas con vuesas mercedes estará luego mucho más tiempo e sólo unos días habrá de solaz con sus amigos”.


Y en dando su consentimiento, hubo tal algarabía, que nos retiramos los mayores a oír unas pláticas de Su Ilustrísima e mucho reímos.


En Grazalema e a diez y ocho de junio del año de dos mil e ocho.

Del octavo día (1/2)

arcos preparaba el coche frente a la puerta de la casa cuando salía a decir a Cayetano aprestase hasta tres caballos para montarlos, que habiendo elegido ya mi rocín moro (al que por nombre puse Temprano) a ese debería ponerle la rica silla que ordené fabricarme. E acercándome a mi compañero puse la mano en su espalda en diciendo:


- “¡No habed priesa, amigo, que quisiera mejor llegar a casa de Pablito cuando ya su madre le haya quitado el remedio! Salgamos pues hacia el pueblo dentro de media hora”.


Y en estando en acuerdo, sonrióme e allí dejélo con sus tareas e hube unas pláticas con Cayetano, que de muy contento estaba entre los caballos.


- “Perdonad mi atrevimiento, excelencia – me dijo -, mas atreveríame yo a pedirle me dejase montar algún día a este bayo (señaló a Faldero) que siento su sangre pura en corriendo por mis adentros”.


- “¿Al bayo decís? – acérqueme a hablarle -; Faldero ha por nombre desde que llegase ayer e dueño ha desde este mesmo momento, que debéis tomarlo como vuestro si notáis se os acerca”.


- “¡E parece me habla, excelencia! – exclamó - ¡Tal cosa nunca he sentido por un caballo e no sé cómo agradeceros vuestro gesto!”.


- “¡Seguid siendo Cayetano! – le dije -; aquel que siempre ha estado a mi lado e a mi servicio e al que amigo considero. Ensillad luego a mi moro Temprano con la silla que encargué al efecto, e ya no recordaba, pues hasta mis letras iniciales lleva bordadas a cada lado y el escudo desta Casa de la Fuentefría ¡Luego pasearemos, Temprano! – dije a mi potro - ¡He de mostraros la finca e que bien la conozcáis, que es vuestra!”.


Sonrióme Cayetano e acercóse a su bayo, cuando yo ya salía, atravesado de emoción.


- “No hemos de esperar más, Marcos – dije en acercándome al coche -; si todo está aprestado, he de avisar a Marinín porque venga e partiremos de espacio hacia Grazalema. Allí nos esperan grandes emociones”.


- “¡Así lo creo, Marino! – contestóme de contento -, que no todos los días se ven estas cosas e piensa la gente son milagros”.


- “Motivo ese asaz importante para aclararlo – le dije -, pues no es milagro, sino cura”.


Subimos sin priesa hasta Puerto Chico e sin priesa vimos luego aparecer ante nuestros ojos el pueblo, que cegaba al mirarlo por sus blancas paredes enjalbegadas y desparramadas sierra abajo teniendo por corona el Peñón Grande. Y en llegando al pueblo, no paramos en la consulta de don Rufino, pues había gente esperando, sino que subimos hasta la parte alta e fuíle indicando a Marcos por dónde habría de tomar, mas no pudiendo entrar el coche en calle tan estrecha, dejólo parado en otra más ancha e fuimos a pie el tercio.


Llamé gravemente a la puerta en golpeándola con los nudillos e no hubimos de esperar ni cinco segundos, que un Pablito sonriente, vivaracho e de piel sonrosada nos abrió la puerta.


- “¡Capitán! – rodeóme con sus brazos - ¡Lo que dijisteis cumplís, que hanse ido los males e habéis venido vos!”.


Salieron sus padres con emoción e sin querer acercarse a nosotros por saludarnos, mas no podían borrar de su rostro una alegría resplandeciente.


- “¡Pasad, Capitán!” – dijeron -, que en vuestra humilde morada entráis ¿Cómo hemos de pagaros el ver sanado a Pablito e la alegría que llena esta casa?”.


- “Pago suficiente es para mí el verlo sano – agachéme a mirar sus ojos – mas otras dos cosas me gustaría facer, que este pequeño curado está deste mal para siempre e ha de morir de viejo, mas no desto”.


No me soltaba Pablito e hablaba con Marinín de muchas cosas mientras sus padres e algunos vecinos habían grande algarabía e fiesta.


- “¡Tomad! – extendí la mano - ¡Esto es vuestro!”.


- “¿Qué cosa me dais en aqueste sobre bien cerrado?”.


- “¡Lo prometido! – dije -, que me entregasteis en mano una cosa e os dije os la traería por mil multiplicada si sanaba el pequeño”.


E abriendo un tanto la nema del sobre e mirando por la apertura, miróme espantada de lo visto e no quise hablase nada de aquello como no quiso ella nadie supiese me dio dineros por llegarme a su casa a ver al niño cuando enfermo estaba.


- “¡Guardad eso a buen recaudo, mujer! – le dije -, que no es momento agora de atender a aqueso teniendo aquí aquesto ¡Mirad qué rostro e que ojos e que sonrisa! ¡Bajemos en paseo a hacer visita a don Rufino, que ha de verlo!”.


E quiso entender la mujer yo no quería se hablase de lo que escondía el sobre e corrió adentro de la casa a guardarlo e salió con su marido y, entrambos, lo llevábamos tomado por las manos sin que dejase de contar cosas a Marinín y éste a él. A mi lado venían de contento Marcos e Guillermo e junto a su padre iba su madre, que no dejaba de mirarme.


- “¡De gran contento ha de ponerse también don Rufino – dijo ésta – pues él fue el que os buscó y os trujo!”.


- “Bien lo veréis, señora – dijo Marcos -, que más sano que antes de caer enfermo ha de encontrarlo”.


Y en esas pláticas bajábamos cuando preguntóme el padre (sin que callasen los pequeños) qué otra cosa deberían facer.


- “Bien decís qué otra cosa – respondíle -, que una ya está hecha. Con nosotros habréis de venir a mi casa como invitados todo este día, pues es esto cosa que ha de haber gran celebración e fiesta”.


- “¿A su casa, Capitán? – asustóse la madre - ¡No he puesto mis cabellos en orden ni ropas llevo para entrar en ella! Dejadme al menos me adecente un tanto”.


- “Bien os veo – le dije -; la fiesta ha de ser para nosotros e ante nadie habréis de presentaros, sino ante Su Ilustrísima, que lleva sotana menos adecentada que vuestros vestidos”.


E así bajamos toda la calle hasta salir a la entrada del pueblo. Atravesamos la carretera e nos llegamos a la consulta. Viéndonos aparecer dos familias que allí esperaban, en pie se pusieron e nos saludaron e dijeron había otra familia en la consulta que pronto saldría. E viendo a Pablito en pláticas con su amigo y en risas, asombrados nos miraron e dijeron pasásemos antes que ellos a ver al doctor.


Mas con aquella algarada e aquellos gritos, abrióse la puerta e apareció el médico con la su bata blanca y, en viéndolo el pequeño, a él corrió e se abrazó. E nos miró éste boquiabierto mirando también al niño.


- “No he de hacer prueba ninguna – dijo -, pues cuando alguna enfermedad se me esconde, he de buscarla; e no veo en Pablito sino salud que no había visto antes”.


Y en tanto subió Marcos a por el coche – e ahogado venía cuando nos recogió -, miróme el médico gravemente e, con mucho respeto, dijo:


- “Ante vos no me descubro porque no uso tocado”.

17 junio, 2008

Del séptimo día de espera

alía yo del baño y terminaba Marcos de vestirse e observé en su rostro la mesma seriedad que hubo desde que vio mi mancha en el cuello e, no queriendo yo se sintiese triste o incómodo habléle un poco de forma que viese que a lo ocurrido no habría de dar importancia.

- “Hemos de hacer hoy lo que hubiere que hacer mañana – le dije – que estará el día ocupado si vamos a la visita obligada”.

- “No me parece siquiera tengáis que ir – contestóme sin mirarme -, pues bien sabéis, por su hermano, que la salud de Pablito está mejorada”.

E no queriendo callar más lo que en la mente había, acerquéme a él por la espalda e alcé un poco la voz.

- “¿Va a ser esto un comportamiento luengo e penoso? – inquirí - ¡Más penoso será para vos que para mí mesmo e nada vais a remediar dándome las espaldas! ¡No es esto sino otro sinvivir como el que hubísteis con Ildefonso e ya vísteis nada ocurrió! No es necesario os diga tras tanto tiempo juntos qué ocurre a todo aquel que a mí se acerca y es cosa tal que no puedo remediar en forma alguna ¡Aceptadla como es!”.

- “Bien me parescería fuese algo que no pudiéseis remediar – contestó inmóvil -, que culpa alguna habéis de que tal os ocurra; mas sois vos mesmo, vos e no otro, el que sigue ese juego que me disgusta”.

- “Una cosa trae a la otra, Marcos – seguí levantando el tono de mi voz -, pues no es de razón que alguien se me acerque transido e sin saber qué le ocurre e ponga mi mano o mi blanca de por medio porque no se me acerque ¡Entended esto! No hago sino complacer a quien esto siente e aclararle con luz de día que no puedo atender cuantas peticiones se me hacen ¿Acaso eso me apartará de vos?”.


- “¡Nada sé dese asunto! – dijo - ¡Si he de acostumbrarme a encornudar, he de suponer vendrán otros momentos como estos!”.


- “¡Pues aprended a llevarlos! – grité (mas no refiriéndome a los cuernos) -, que no habláis vos, sino vuestros ridículos celos que a ningún sitio os llevan sino al pesar!”.

Violvióse entonces en mirándome con extraño e pensando e parecióme bajaba la vista como en arrepentimiento de lo dicho e de su comportamiento, pues sabiendo a mi en derredor se esparcía aquella extraña influencia, en ningún momento habíale abandonado, sino que más bien di mi vida por él. E así me lo manifestó al acabar el día. Mas en aquel silencio quedamos, cuando nos pareció oír un coche acercarse e, pensando Marcos venía a verme Guillermo, asomóse al punto a la ventana e miróme sorpreso.


- “¡Oh, no, Marino! – acercóse a mí con tristeza -; aquello que pedísteis un día e no fue anotado, fue olvidado, mas a la casa llega”.

- “¿Qué cosa decís? ¿Qué pedí? – corrí a la ventana - ¡Santo Dios! ¡Bien inoportuno es el momento!”

Pedí unos caballos para montar por los campos aledaños e allí estaba el coche que los traía.

- “¿Qué hacemos agora, Marcos? – preguntéle -; ¡hay mucho que hacer e otro tanto que aprestar! ¿Cómo vamos a dedicar el tiempo agora a estos animales?”.


- “No preocuparos, Marino – dijo con ternura -; yo mesmo diré a Cayetano prepare lo que sea menester. Hagamos nosotros lo pendiente”.

- “Más me place oíros con ese tono en la voz – le dije – que saber lo que pensáis facer”.

- “Pues sabed también que vuestra fuerte voz no hame convencido – dijo -, sino yo mesmo, que pienso soy hombre con grande privilegio por teneros siempre a mi lado e no como otros, o algunas mujeres, que quisieran teneros siempre para ellos. Terminad vuestro aseo sin priesas; yo veré qué cosa hacer con los caballos”.

E terminado mi aseo e con grande apetito por desayunarme, bajé al salón y encontré a Su Ilustrísima de contento que, aunque ya no usaba de montar, era gran amante de tales animales.


- “Unos años menos – exclamó -, un cuerpo e unas piernas ágiles como las vuestras e haber seguido el uso, es cuanto me falta para pensar en cabalgar una pieza”.


- “¿E poco os parece os falta? – reí -; mucho habéis disfrutado de subir en ellos, que yo mesmo os he llevado asido a algunos paseos cuando hasta 4 ó 5 años habíais. Disfrutaréis agora de otras cosas, Ilustrísima, ¿a qué correr el peligro de una caída?”.

- ¡Sabe bien Dios que no montaría! – respondióme seguro -, mas ya sueño con ver a mis angelitos cabalgando plácidamente por alguno desos caminos”.


- “E los habréis de ver – contestéle -, pues hasta Carlitos, siendo aún pequeño, montará conmigo a lomos del mejor corcel; e deso disfrutaréis: de lo que ellos disfruten”.


E asoméme a ver de pasar el gran cajón donde venían e ya había dicho Marcos a Cayetano lo que debería aprestar e volvía a la casa y, estando Su Ilustrísima junto a nosotros, ladeó la su cara e besóme en «la mancha» del cuello.


En Grazalema e a diez y siete de junio del año de dos mil e ocho.