abía yo que hablar algo en el pueblo sería difundirlo con la mesma rapidez con que corre la llama sobre un reguero de pólvora, mas no sabíamos cuáles serían los planes de los asaltantes: ni día ni hora. Exploré con disimulo los alrededores de la casa e hice un plano.El camino que subía hasta allí era serpenteante e muy inclinado y, en algunos tramos, quedaba como hundido en el terreno y flanqueado por paredes de tierra e matojos de hasta dos metros de altura. En llegando a la parte más alta, encontrábase una pequeña planicie que daba al río, al lugar donde estuviese el puente que desmontamos. Tomando por un camino hacia la izquierda, muy inclinado, se subía junto a la corriente y era éste muy estrecho obligando al caminante a rozarse con las adelfas. Algo más arriba, podía verse el río más claramente, pero era más ancho e más profundo, aunque con menos corriente. Yo no atravesaría por aquel lugar, pues estaba la orilla opuesta por completo sembrada de adelfas, zarzas e otros matojos, tras los cuales, veíase con claridad una pared de rocas dificultosa de escalar. Desde la planicie hacia abajo, siguiendo la corriente del riachuelo, se perdía el camino entre rocas, veíase uno obligado a entrar en las aguas y se retiraba uno demasiado de la casa.
Al hacer el dibujo, comenté a mis compañeros lo visto e pregunté si habría otra forma de acercarse a la casa.
- “Por el puente, excelencia – dijo el chusco -, sólo por el puente era fácil acercarse directamente. Para llegar a mi redil e mis caballerizas, que detrás de la casa se hallan, debe bajarse río abajo hasta otro camino que no es muy adecuado para subir”.
- “Pienso yo – comentó el inspector leonés -, que estos hombres que se acerquen intentarán invadir la casa por el puente; e no está agora. Mas no sabemos si traen bombas peligrosas que arrojar hasta la casa o alguna otra arma potente como cañón que pudiese derribar los muros e aplastarnos aquí bajo el tejado”.
- “Mas apropiado veo – comentó Marcos -, que si vienen a destruir la casa y con ella al Capitán, no estemos nosotros aquí dentro”.
- “Fácil no es ni cómodo – dijo el chusco -, mas sabiendo las armas que trae el inspector e conociendo bien el terreno, subiría yo por el camino del río e bajaría luego por una trocha escondida hasta quedar asomados al camino principal de subida. Una dificultad tiene esto, pues habremos de cargar no sólo con las armas, sino con bastante ropa de abrigo e mantas, que no sabemos a qué hora llegarán”.
- “Puede dejarse la casa iluminada – dijo Marcos – como si aquí estuviésemos. Paréceme que tal cosa les atraería aquí e no pensarían en otro lugar”.
- “La trampa, amigo don Marcos – aclaró el inspector -, es buena, que aunque busquen por los alrededores no encontrarán nada sino en la casa, mas… las armas que traigo… son muy dañinas. Podría llegarnos su efecto al lugar que habéis nombrado”.
- “No tal – espetó el chusco -, que poniéndolas en la pequeña llanura que da al puente, si juntos vienen, descubrirán no hay puente y pienso yo se acercarán todos muy juntos por ver cómo pasar al otro lado. Al estallar esas armas peligrosas, quedaríamos nosotros ocultos tras unas rocas”.
- ¿Sabéis, inspector Mendoza – preguntó el leonés -, cómo hacer estallar mis armas? ¡Hay que tener a la vista al enemigo! ¡No podemos permitirnos un fallo!”.
- “Creo erráis – les dije -, pues en viendo e oyendo tales explosiones, correrían camino abajo huyendo e allí les esperaría yo mesmo como fantasma aparecido, tocado e con capa, como espectro de la noche, preparado para cortar cabezas”.
- “Algo más puede hacerse, si se me permite una sugerencia – dijo Marcos -, que acercándose los villanos a la planicie que tiene las armas, podríamos hacer estallar algunas a sus espaldas que les harían correr aterrados hacia la planicie”.
- “Quedaría entonces la trampa desta manera – dijo el leonés -, que en subiendo esos asesinos por el camino principal e pasando nuestro puesto de vigilancia, haríamos tal cantidad de ruido tras de ellos, que correrían a su propia trampa. Así, el Capitán saltaría al camino e, al verlos de llegar, echaríase al suelo o arrimaríase a la pared. Esto sería la señal de que están sobre la ratonera”.
- “Tal ataque podría ser a partir del atardecer – aseguró el leonés -; conozco bien a estos traidores. Necesitamos entonces tender algunos cables ocultándolos ¡Pongámosnos manos a la obra!”.
En Grazalema e a cuatro de abril del año de dos mil e ocho.


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