uy de mañana, mudóse la familia del chusco a nuestra casa e fue acomodada en otra estancia muy cómoda. Hizo doña Marta - la esposa del chusco - gran amistad con María por su afición a la cocina e, aunque María la tomaba como invitada, en ningún momento le impidió trabajase en la cocina, que según decía, muy buenos manjares preparaba. E tenía el inspector Mendoza dos pequeños que hicieron gran amistad con los míos e parecióme fue Marinín quien organizó algunos juegos e comenzó a mostrarles tantas cosas como sabía.Los inspectores, Marcos e yo, mudamos nuestras cosas a la casa del chusco, mas el pobre Marcos hubo de llevarnos con todo el equipaje en el coche, volver a la casa, encerrar el coche en la cochera e volver andando. Aquella casa, aunque rústica de por fuera, bien aderezada estaba de por dentro e, allí mesmo en el salón de la entrada, sentámosnos a la mesa e hicimos planes.
Cada mercader que se acercara a la casa, enteraríase con detalle de boca del servicio de que los «señores» estaban reunidos en «la casa de debajo de los agujeros», que así la llamaban. En la falda de una gran montaña e subiendo un camino dificultoso, se llegaba a una casa desde donde podía divisarse casi toda la ribera e, sobre ella, había una empinada pendiente que no permitía con facilidad acceder a ella. En este terreno casi vertical, podían verse unos grandes agujeros en el suelo como pisadas de algún animal gigantesco. Incluso desde mi nueva casa, a lo lejos, podían observarse con claridad. Así, si los que pensaban asaltarnos querían acercarse a la casa, deberían hacerlo por el frente, donde una corriente no muy abundante de agua (aunque sí profunda), hacía la llegada más dificultosa.
Al atardecer, cuando la penumbra cubría toda aquella parte, bajamos al puente de madera que cruzaba hacia la casa e diónos instrucciones el chusco de cómo desmontar ciertas partes y hacerlo girar sobre un lado. Desta forma, quedaba el puente del lado de la casa y paralelo a la corriente. Cualquiera que quisiese acercarse a nosotros debería mojarse antes.
No supe que «regalo» traía el inspector leonés para estos indeseables, pero sí advirtiónos de que, una vez colocados en el terreno, no deberíamos pisarlos.
Llegó la noche, cenamos alguna cosa e nos retiramos a nuestras alcobas esperando que el sol iluminase el horizonte – al frente de la casa – para continuar la preparación de la trampa.
- “Dos días – dijo don Jacinto – tardarán, a más tardar, en acercarse. Descansemos agora e luchemos entonces”.
En Grazalema e a tres de abril del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario