ormía aún cuando noté en el cuello unas cosquillas e a punto estuve de volverme y capturar las manos de Marcos, mas le hablé casi en sueños:- “¡Marcos! – dije - ¿Acaso no tenéis otra forma de hacerme despertar?”
E para mi sorpresa, oí una voz tras de mí que me dejó inmóvil:
- “No soy papá Marcos, papi; adivinad quién soy”.
La voz que oí no era la de Marinín, que había costumbre de entrometerse sin nuestro permiso en la cama, sino ¡era Antonio! Me volví a priesa e le vi allí mirándome sonriente.
- “¿Puedo saber qué hacéis aquí sin pedir antes la venia? – le dije -; las buenas costumbres desta casa estamos perdiendo”.
- “Perdonad mi atrevimiento, papá – dijo azorado -, mas he oído a Marinín decir le dejáis entrar algunas veces”.
Lo acaricié y lo abracé mientras hacía cosquillas a Marcos en su cuello.
- “Tenéis razón, hijo – le dije -, no quiero preferencias para ninguno de los tres”.
- “Pero… ¿qué es esto? – exclamó Marcos - ¿Qué hacéis sin la venia metido en nuestra cama y haciéndome cosquillas?”.
- “Sólo he venido a llamaros temprano, papá Marcos – le dijo -; a Sevilla deberemos ir cuanto antes a comprar esas ropas tan bonitas que decís”.
Marcos e yo no supimos qué cosa decirle. Había entrado sin permiso como a veces lo hacía Marinín y había llamado a Marcos «papá Marcos». Comencé a jugar con él alzándolo en los aires y hacíale Marcos cosquillas para que riera. Pensé que todos ellos deberían tener la suerte de compartir el despertar con nosotros si ello les apetecía.
- “¿Sabéis una cosa, mocoso? – le dije -. Antes de irnos hoy al baño vamos a jugar un rato”.
- “¡Marino! ¿Qué decís? ¿Os habéis vuelto loco?
- ¡Vamos, pequeño! – acaricié sus cabellos - ¡Corre a llamar a tus hermanos y diles que aquí os requiero para jugar!
El pequeño saltó de la cama y salió de la estancia dejando la puerta abierta e Marcos me miraba asustado.
- “¿Sabéis lo que hacéis, Marino? – me dijo -; el despertar no me desagrada, mas no lo quiero así todos los días”.
- “¡Dejadlos disfrutar de nosotros!”.
En pocos instantes, entraron en la estancia los tres pequeños corriendo e riendo e Carlitos cerró la puerta. Saltaron a la cama e hubimos muchas risas e veíase la felicidad en sus ojos.
- “Pronto – les dije – llegará la hora del baño. Quiero que os aseéis mejor que nunca e os pongáis el traje de la misa de los domingos. Cuando volvamos de Sevilla, tendréis uno tan bonito, que se usará el que tenéis agora para cosas menos importantes. Pero… ¡Hay una condición!”.
Los tres nos miraron sonriendo y expectantes y no pude evitar incorporarme, besar a cada uno y besar luego a Marcos. Entonces, nos besaron los niños a los dos.
- “Los tres podréis venir a jugar con nosotros los fines de semana, pero sólo si antes de entrar tocáis a la puerta e pedís la venia. No hay mucho tiempo – les dije -, mejor será os aprestéis en el baño. Iremos nosotros a ayudaros a vestiros como si a una fiesta fuésemos”.
Cuando todos salieron de la estancia, volvióse con cautela Marinín e, asomando la cabeza, dijo:
- “Gracias a los dos por lo hecho, papis”.


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