21 abril, 2008

Del día después

gotadas nuestras energías a primeras horas de la noche, subimos a las estancias y entramos con los pequeños a quitarles las prendas que aún llevaban puestas, que por que estuviesen más cómodos en la tarde, quitamos algunas dellas. E fue sorpresa para Marcos e para mí que ninguno dellos había mancilla en sus galas; ni de tinta ni de polvo ni de comida.

Abrazándolos e dejándolos en sus camas, les dimos las buenas noches e les dijimos orasen mientras les llegaba el sueño, mas parecióme quedaron dormidos al punto, apagamos las luces e nos fuimos al descanso.

- “Nunca he visto, Marino – me dijo Marcos antes de dormir -, celebración como esta, que siendo seria e importante también ha sido divertida”.

- “Acaso, querido compañero – le dije -, la gente que a ella ha asistido era toda de la mesma clase, que hasta los niños han sabido estar en su sitio”.

E se apagó la luz e descansamos, pues hoy habría ya que hacer trazados para cambiar cosas de la casa. Dedicóse en pleno el servicio a retirar los adornos e dejar cada mueble en su sitio e hablé por teléfono con el arquitecto para que nos hiciese visita, mas tan preocupado estaba, que hube de decirle los cambios que quería hacer e que no eran cosa alguna que él hubiese errado.

E allí estaban sentados mis pequeños con su tío Juan, que les recordaba cosas del día anterior e Antonio tiraba de la manga de su roída sotana, Carlitos de rodillas le oía e Marinín al otro lado tenía su cabeza echada en él.

- “Ilustrísima - le dije -, a los niños tenéis con embeleso escuchándoos, que tal como revivís los acontecimientos de ayer, los vuelven a vivir”.

- “También ellos, sobrino – me dijo -, recuérdanme cosas que no he olvidado e nunca olvidaré. Y pensando en esta casa, en ellos, en esas chimeneas que decís que vais a poner aquí cerca y en el buen yantar que habemos, he pensado que mejor estaría aquí con vuesas mercedes, en compaña, que tan solo como me siento en la casa de Ronda. Mucho tengo en estima al servicio de la casa, que conmigo ha vivido todos estos últimos años de mi vida, mas he pensado que podrían seguir viviendo allí como si su casa fuese porque estuviese cuidada”.

- “Pensaba que algún día podría ocurriros algo así – le dije -, que vivir solo a vuestros años no es de razón. Así pues no habéis sino seguir donde estáis, que sois felices e muy felices hacéis a mis niños”.

- “¡Mis angelitos! – exclamó en alzando los brazos como en cruz - ¡Miradlos, que vuestros son aunque yo os robe un trozo dellos! Sin embargo, sobrino, hay en la casa de Ronda cosas que allí no deberían quedarse”.

- “Sé lo que decís, Ilustrísima – le dije -, e a recogerlas e traerlas hemos de ayudarles Marcos, Víctor e yo mesmo. Todo ha de ponerse en vuestra estancia, en la biblioteca o en el sitio que más apropiado veáis”.

- “Dejadme pensar unos días – me dijo -, que nada quiero olvidar e ya he vivido mucho tiempo con vuesas mercedes sin necesitar cosa alguna. Se hará la mudanza”.

- “Siga siendo hoy día de adecentar la casa – concluí – y de descanso para todos e comience mañana nuestra vida rutinaria, que no ha de serlo tanto, pues muchas cosas habremos de cambiar”.

En Grazalema e a veinte e uno de abril del año de dos mil e ocho.

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