eguían los días de viento e lluvia tan fuerte que no podíamos salir a la calle. Nos reunimos en pláticas todos y dejamos a los niños con Víctor hasta el medio día, mas nos unimos todos por la tarde e hablamos de otras cosas. Parecióme ver al inspector con más ánimos e dábales juegos a los pequeños. Sin duda, faltaba la chimenea, pero el ambiente era cálido.- “Pondría – dijo el chusco – una chimenea aquí cerca, excelencia, que no sería para calentar la casa, sino para dar al salón un toque de casa de campo, que aunque palacio parece de por dentro, el fuego deja a veces la vista clavada en él e sirve para otros menesteres”.
- “Tal cosa ya está prevista – le dije -, que yo mesmo echo a faltar las llamas”.
- “Papá – me dijo Antonio tirando de mi manga -, la casa es lujosa e muy cómoda como dicen estos señores, pero sin chimenea paréceme falta algo”.
- “Ven aquí, hijo – le abracé -; cualquiera cosa que echéis a faltar en esta casa, decídmela. Quiero una casa completa para todos”.
- “Helados tengo los pies – dijo Su Ilustrísima - a pesar de estar la casa caliente. Es como tomar chocolate caliente en verano o gazpacho fresco en invierno”.
- “La tormenta parece grande – dije levantándome – e varios días ha de durar. Siento proponer a todos no se salga al jardín ni a la entrada”.
Oyóse en aquél momento un trueno e vino Marinín corriendo hasta mí aterrado:
- “Rogad al Señor con Ilustrísima – me dijo – pasen pronto estos truenos e relámpagos. Sé que oráis e lo conseguís”.
- “Oraré por ello, hijo – respondíle -, pero es Dios quien trae estas tormentas para el bien de los campos. Cuando Él oportuno lo crea, dejará de tronar. Sentaos aquí a mi lado e nada os pasará, que si algo os pasare, con vos moriría yo también”.
Me miró el inspector con desconfianza, pidió excusas e marchóse a sus aposentos.
- “Sin duda, sobrino – me dijo Su Ilustrísima -, preocupado está el inspector. Dejadle unos días de solaz, esperad a que salga el sol y todo será diferente. Mas quiero deciros que en riesgo está su profesión e yo mesmo hablaré con él. Pensemos en un trazado que le libre de penalidades”.
- “El Señor nos iluminará sin duda, Ilustrísima – contesté -, que a hombre que tanto ha hecho por todos nosotros no va a dejar agora abandonado”.
E jugaban los niños por el salón correteando menos Marinín que estaba pegado a mí por algo que no le iba a hacer daño. A veces todos somos como niños.
En Grazalema e a nueve de abril del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario