06 abril, 2008

Del ataque inesperado (2/2)

ás que una cena, nuestra luenga reunión convirtióse en una plática sobre lo acaescido. María, razonando lo que allí iba a hablarse, tomó a los niños con Marta e los llevó a sus dormitorios. Su Ilustrísima no dejaba de rezar entre dientes por cada cosa que oía y el reloj seguía dando las horas.

Ya muy tarde, casi al amanecer, oímos llamar a la puerta. Cayetano salió a atender a los visitantes y encontróse con los inspectores. Los hizo pasar al comedor, se les sirvieron algunos manjares a los que dieron buen cumplimiento e, poco a poco, explicaron que la guardia de Ronda había hecho muchas preguntas.

- “Sepa vuesa merced, excelencia – aseveró el inspector leonés -, que esta guardia de Ronda no es tonta. E no pudiendo yo intervenir en estas luchas por defenderos, como bien sabéis, hemos inventado un cuento. Mas no es cuento que la guardia un día convierta en realidad. Así, el inspector Mendoza como yo, habremos de pasar un por un tribunal, que es llamado Consejo de Guerra. Sólo un cambio completo de nuestra identidad nos salvará de un severo castigo, si no de la muerte”.

- “¿La muerte decís a quién os debe la vida? – preguntéle sonriendo -. Pasará todo el ejército de España antes sobre mi cadáver. Dejadme cambiaros de forma tal que nadie sepa quién sois ni qué cosa hacíais aquí, en Grazalema. Dejemos luego pasar un tiempo prudente y volveréis a ser quien erais”.

- “Mucho me temo, excelencia – contestome cabizbajo -, que si no cambio de identidad moriré por traidor y si cambio… cambiaré para siempre”.

- “Es vuestra pues la decisión, inspector – le dije -, así como vuestra ha sido cuando os habéis decidido a salvarme, mas sabed que no voy a abandonaros. Dejadme buscar el mejor remedio”.

- “Si os es posible obtener documento donde se certifique mi muerte – dijo -, será cuestión entonces de buscarme otra identidad”.

- “Con un real he pagado favores, inspector – comenté - ¿Cuánto sería un real en euros?”.

En Grazalema e a seis de abril del año de dos mil e ocho.

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