ún estábamos terminando de preparar nuestro puesto de vigilancia cuando oímos acercarse algunos coches. Era la hora del crepúsculo, donde no hay obscuridad total, sino que las sombras se confunden con lo real. Nos echamos al suelo por no ser vistos e pareciónos que hasta diez coches llegaban a la subida a la casa. No pudiendo subir por aquel estrecho camino en sus coches, oímos golpes suaves de cerrar las puertas e comenzamos a ver a unos hombres vestidos de colores obscuros subir el camino intentando ocultarse a sus lados, entre las paredes.Pasaron por delante de nosotros, dos metros más abajo, hasta diez hombres e seguíanles otros tantos. No había tiempo para pensar. En llegando a la planicie donde el puente estaba, se les cortaba el paso hacia la casa e hablaron algunas cosas muy quedo. Casi veinte hombres se habían acercado a la casa iluminada en su interior, cuando el inspector, con gesto muy grave, apretó algo que llevaba en su mano y oímos muchas explosiones, casi simultáneas, que iluminaron la noche desde la carretera.
Corrieron todos a la planicie por ver si podían pasar el río, pues los coches que traían, habían saltado en llamas por los aires. Salté yo entonces con mi uniforme negro, mi sable e un pistolete a un lado del camino e, viendo que todos se reunían antes de cruzar hasta la casa, me eché al suelo esperando la trampa prevista.
Jamás había oído explosiones tan fuertes que ni me dejaron oír gritos de dolor. Sobre mi espalda pasaron trozos de metal, piedras o cualquiera otra cosa. Hízose luego el silencio e oí unos pasos que bajaban a priesa desde la casa. Púseme en pie e vi venir una sombra.
- “¡Capitán, Capitán – gritó aquel hombre -, a fe que no entiendo tanto fuego!”.
- “¡El mesmo que pensabais darme a mí – le dije con mi blanca en la mano -; mas ya veis que otro había previsto!”.
- “Aseguraros puedo de que nada os pasará – gritó -, que sólo veníamos a llevarle para ser juzgado”.
- “¿Y sería esta la forma en que se me juzgaría? – respondí - ¿Acaso pensabais que el fuego me extinguiría de por siempre como ha hecho con vuestros hombres?”.
- “Venid conmigo en paz – dijo – e todo será aclarado”.
Mas en ese instante, un disparo del inspector le atravesó el pecho e cayó cadáver.
- “¿Qué hemos de hacer agora? – preguntó espantado Marcos -; todo está lleno de… restos… ¡Oh, Dios mío!”.
- “¡Vamos! – gritó el chusco - ¡Corred entrambos campo a través a vuestra casa, esperad que llegue el refuerzo de Ronda que avisaremos e allí volveremos! ¡Esperadnos con algún buen vino. Tardaremos!”.
Corrimos Marcos e yo sin cosa alguna cruzando por los campos que nos llevaban a la Fuentefría. Más de media hora huimos sin parar e, llegando a la casa, nos esperaba Su Ilustrísima (acompañado de todos) e diónos la bendición a voces.
- “¡Decidnos, decidnos a todos si hase resuelto el entuerto a Dios Gracias!”.
- “¡Preparad buen vino e buen yantar – les dije -, que tras nosotros vendrán los que nos han salvado la vida enviados por el Señor!”.
Acerquéme a mis pequeños e no quise abrazarlos polvoriento (e impregnado de quién sabía qué cosas). Trujo Cayetano una jarra de agua clara e lavé mi cara e mis manos e, con lágrimas en los ojos, abracé a mis pequeños e besélos e pasamos luego a la casa todos de la mano de Marcos e tras Su Ilustrísima (que rezaba unos latines), pasamos al comedor e nos excusamos por haber tiempo de asearnos e cambiarnos.
En poco tiempo, todos estábamos en el comedor esperando la llegada de los inspectores.


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