espierto estaba, al amanecer, cuando abrióse la puerta de nuestra estancia muy de espacio. Miré con disimulo e no dije nada. Marinín entró y volvió a cerrar corriendo hasta mi lado. Sin pedir venia alguna, levantó la colcha e metióse en la cama abrazándome muy fuerte. Seguí con los ojos cerrados.- “Papi – susurró - ¿Estáis dormido?”.
- “Lo estaba, hijo, lo estaba – le dije -, pero nunca voy a enfadarme porque me busquéis como agora”.
- “Estorbaros no quiero – continuó -, ni a tío Marcos ni a vos, mas no puedo dormir”.
- “Decidme qué os pasa – lo besé e abracé -, pues no entráis por costumbre sin aviso”.
- “Anoche vimos los relámpagos e oímos la tormenta – dijo -, pero ni eran relámpagos ni tormenta. Acaso, han venido otra vez esos que os buscan para daros muerte”.
- “Eso no tiene importancia, hijo – suspiré -; ya todo ha pasado e aquí tenéis a vuestro padre e a vuestro tío con vos ¿A qué preocuparos?”.
- “He pensado que acaso hayan venido esos hombres – dijo – por haber yo tomado medidas en Sevilla que os hayan hecho perjuicio e sabéis que no quiero a nadie como a vos”.
- “¿Qué decís? – despertóse Marcos -. Estas cosas pasan porque tienen que pasar, pero puedo aseguraros que ya no habrá más tormentas desas que os asustan”.
Viendo Marcos al niño en la cama, volvióse hacia nosotros e le habló quedo:
- “¡Venid, Marinín! - dijo -; poneos aquí entre vuestro padre e yo ¡Vivos estamos e vivos seguiremos a vuestro lado! ¿Qué os asusta?”.
- “Nada me asusta si estáis conmigo, tío Marcos – le dijo -, pero no quiero más luchas ni más tormentas desas. Prometedlo”.
- “Prometer eso es imposible, pequeño – le dijo -; no puede prometerse lo que no se sabe va a ocurrir, mas sí puedo aseguraros que, a partir de ahora, viviremos todos juntos. Tenéis mucho que estudiar e aprender cuanto conocimiento ha vuestro padre. E ya sabéis que él no va a dejaros”.
- “Tío Marcos – preguntó el niño inseguro -, ¿podríais ser vos también como mi otro padre?”.
Miróme Marcos asustado e le hice un gesto. Yo debería dar aquella respuesta.
- “¡A ver, Marinín! – le dije -; sois vos el que pide que tío Marcos sea también como vuestro padre e… padre no hay más que uno”.
- “No es así, papá – me dijo sonriendo -, que siempre estáis juntos y tomo a tío Marcos como mi otro padre e no quiero llamarle tío Marcos”.
- “¿No os dais cuenta de que lo que decís es muy difícil? – preguntéle en risas -. Si tío Juan os oye llamar a tío Marcos «papá Marcos», con un tío menos os quedaréis. Haremos una cosa. Seguid llamando a Marcos «tío» aunque sintáis es vuestro padre”.
E volviéndose de contento a Marcos, lo abrazó e lo besó e le dijo algo al oído que no pude entender.
- “Os lo acepto, hijo – le contestó Marcos -; os lo acepto”.
- “¿E no habrá más truenos ni huidas ni espantos? – me miró feliz -. Vestíos siempre con ropas modernas e dejad la guardia. Habemos de sembrar mucho”.
- “Sí, hijo – contestóle Marcos -, habremos de sembrar mucho”.
En Grazalema e a seis de abril del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario