06 abril, 2008

Del acuerdo de los padres

espierto estaba, al amanecer, cuando abrióse la puerta de nuestra estancia muy de espacio. Miré con disimulo e no dije nada. Marinín entró y volvió a cerrar corriendo hasta mi lado. Sin pedir venia alguna, levantó la colcha e metióse en la cama abrazándome muy fuerte. Seguí con los ojos cerrados.

- “Papi – susurró - ¿Estáis dormido?”.

- “Lo estaba, hijo, lo estaba – le dije -, pero nunca voy a enfadarme porque me busquéis como agora”.

- “Estorbaros no quiero – continuó -, ni a tío Marcos ni a vos, mas no puedo dormir”.

- “Decidme qué os pasa – lo besé e abracé -, pues no entráis por costumbre sin aviso”.

- “Anoche vimos los relámpagos e oímos la tormenta – dijo -, pero ni eran relámpagos ni tormenta. Acaso, han venido otra vez esos que os buscan para daros muerte”.

- “Eso no tiene importancia, hijo – suspiré -; ya todo ha pasado e aquí tenéis a vuestro padre e a vuestro tío con vos ¿A qué preocuparos?”.

- “He pensado que acaso hayan venido esos hombres – dijo – por haber yo tomado medidas en Sevilla que os hayan hecho perjuicio e sabéis que no quiero a nadie como a vos”.

- “¿Qué decís? – despertóse Marcos -. Estas cosas pasan porque tienen que pasar, pero puedo aseguraros que ya no habrá más tormentas desas que os asustan”.

Viendo Marcos al niño en la cama, volvióse hacia nosotros e le habló quedo:

- “¡Venid, Marinín! - dijo -; poneos aquí entre vuestro padre e yo ¡Vivos estamos e vivos seguiremos a vuestro lado! ¿Qué os asusta?”.

- “Nada me asusta si estáis conmigo, tío Marcos – le dijo -, pero no quiero más luchas ni más tormentas desas. Prometedlo”.

- “Prometer eso es imposible, pequeño – le dijo -; no puede prometerse lo que no se sabe va a ocurrir, mas sí puedo aseguraros que, a partir de ahora, viviremos todos juntos. Tenéis mucho que estudiar e aprender cuanto conocimiento ha vuestro padre. E ya sabéis que él no va a dejaros”.

- “Tío Marcos – preguntó el niño inseguro -, ¿podríais ser vos también como mi otro padre?”.

Miróme Marcos asustado e le hice un gesto. Yo debería dar aquella respuesta.

- “¡A ver, Marinín! – le dije -; sois vos el que pide que tío Marcos sea también como vuestro padre e… padre no hay más que uno”.

- “No es así, papá – me dijo sonriendo -, que siempre estáis juntos y tomo a tío Marcos como mi otro padre e no quiero llamarle tío Marcos”.

- “¿No os dais cuenta de que lo que decís es muy difícil? – preguntéle en risas -. Si tío Juan os oye llamar a tío Marcos «papá Marcos», con un tío menos os quedaréis. Haremos una cosa. Seguid llamando a Marcos «tío» aunque sintáis es vuestro padre”.

E volviéndose de contento a Marcos, lo abrazó e lo besó e le dijo algo al oído que no pude entender.

- “Os lo acepto, hijo – le contestó Marcos -; os lo acepto”.

- “¿E no habrá más truenos ni huidas ni espantos? – me miró feliz -. Vestíos siempre con ropas modernas e dejad la guardia. Habemos de sembrar mucho”.

- “Sí, hijo – contestóle Marcos -, habremos de sembrar mucho”.

En Grazalema e a seis de abril del año de dos mil e ocho.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario