or la carretera abajo fuimos serpenteando los inspectores, Marcos e yo.- “Por fortuna – dijo Marcos –, aún hay carretera que pisar e algún coche sube”.
- Así paréceme – dijo el chusco – e significa eso que la guardia de Ronda estará pensando en venir ya a ver lo ocurrido”.
- “Pienso yo entonces – dijo el inspector leonés – que no debería aparecer por aquel lugar, sino esconderme en la casa”.
- “E si no habláis vuestro puro castellano – le dijo el chusco - ¿Quién va a saber no sois del pueblo?”.
- “¿Mudo pensáis dejarme, inspector Mendoza? – se extrañó el leonés -; demasiado hablo yo para restar quedo más de diez minutos”.
- “Pues haced el esfuerzo, que para eso sois inspector como yo”.
Caminamos varios kilómetros carretera abajo esquivando montones de hierbas, pisando fango e saliendo al campo por evitar estorbos. Al fin, en llegando al lugar del asalto, encontramos dos coches de la guardia e miró el leonés al chusco en complicidad para hacerse el mudo.
El camino que subía a la casa era un río nuevo e tomamos por un atajo. La casa no estaba donde se suponía debería e dos guardias miraban con meticulosidad el terreno.
- “¡A la pá e Dió!” – les dijo el chusco -.
- “¡Buenos días! - contestó sólo uno dellos -. Deste lugar me retiraría yo agora, que parece peligroso”.
- “No tal – dijo el chusco -, que peligroso ha sido unos días por la tormenta e fuíme a casa de mi prima por evitar desgracias. E veo las he evitado, pues puente, casa e ganado ha desaparecido”.
- “¿Acaso sois vos el dueño desta finca?” – preguntó el otro guardia sin mirarle -.
- “Lo soy – contestóle -, aunque bien veo ha mermado”.
- “Dícese que hubo aquí grande matanza no ha muchas noches – continuó el otro guardia -, e aquí nos hallamos para ver lo que dello hay cierto”.
- “¿Matanza? – exclamó aterrado el chusco -; al otro lado del río estaba mi casa e mi ganado e no los veo ¿No será que un rayo se lo llevó todo?”.
- “Pues será que en esos momentos había hasta veinte guardias en este lugar – contestó el mesmo -; e no creo desaparezca la gente como por artes mágicas”.
- “Si guardias hubieran sido – contestó el chusco -, su misión hubiera sido salvarme de la tormenta, que hube de hacer muchos esfuerzos e todo lo perdí ¿Qué guardia es esa que aparece cuando todo ha pasado?”.
Entrambos guardias rondeños le miraron con extraño e, viendo que no había sino restos de una casa e caminos arrasados, le pidieron excusas por lo dicho. Mas bajando uno con dificultad por el camino, volvióse a nosotros e preguntó:
- “¿Sabe alguien desta ribera si, aparte de truenos e centellas, oyéronse explosiones como de bombas? Más abajo en la carretera hemos hallado restos de coches”.
- “¡Santo Dios! – exclamó Marcos haciendo gestos de sordomudo con el leonés -, paréceme que la gente que bajaba huyendo de la tormenta encontró su final en estos campos. Dígase a la guardia que venga pasado mañana a ver el terreno ¡Puede haber amigos nuestros!”.
- “Se esperará a que la tierra se seque otro poco, señor – dijo uno de ellos -, mas no temáis por familiares, que bien sabemos están todos a salvo”.
- “¡A Dios gracias – exclamó mirando a los cielos – no son esos coches de gentes del lugar e, por desgracia, puede que alguien haya sido muerto por algún rayo!”.
- “En dos días vendremos – dijeron -. Si quisiéredes ayudar a encontrar a esos seres inocentes que la naturaleza se ha llevado, aquí nos habréis de encontrar”.
En Grazalema e a trece de abril del año de dos mil e ocho.


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