19 abril, 2008

De los preparativos de la víspera

odos enervados, aunque sin priesas, pusimos juntos los adornos de la casa, que aún llevando ya casi un mes de temporales (dicen muchos grazalemeños que no recuerdan uno así), fueron Marcos, Víctor e Su Ilustrísima a Ronda e trujeron guirnaldas e flores e lazos de colores e dorados e algunas espigas - que han de sembrarse en otros lugares - para decorar el altar. E queriendo tener presente al venerable don Miguel de Mañara, buscaron alguna de sus rosas en la casa de Ronda, mas siendo éstas tardías, aún no pudieron cogerlas e así estaban también en nuestra casa de Grazalema. Trujéronse pues unos tallos dellas que fueron adornados e cambióse la alfombra del salón por una larga e roja para la entrada de la señora alcaldesa e las subidas de las escaleras.

Siendo también gran preocupación de Ramón e María los manjares que se servirían en la mesa, hubimos al medio día de catarlos. Mas en eso dase buenas trazas Su Ilustrísima, que olvidando el protocolo que preocupaba a Marinín, chupóse los dedos al dar cumplimiento a unos langostinos en salsa que sirviéronse.

- “He de deciros, cocineros e servicio – exclamó en las puertas de la cocina – que si mañana no se chupa los dedos la alcaldesa mesma es porque no sabe degustar estos manjares. E mirad que en estas cosas del buen yantar nunca yerro”.

- “Es seguro, Ilustrísima – le dijo Marcos -, que si yo o vuesa merced lo hiciéramos, ella lo haría, mas si no se los chupa es por vergüenza a romper el protocolo”.

- “¡Y estas frituras – exclamó -, rellenas de verdura e carnes! ¡Y estos filetes de ternera, que asusta comerlos por no digerir una obra de arte!”.

Víctor, no muy acostumbrado a oír ciertas expresiones de Su Ilustrísima, acercóse a pedirle excusas por reír de sus ocurrencias.

- “Mías no son, maestro – le dijo monseñor -, sino que son cosas desta tierra donde la gracia crece en el campo y el salero no está en la mesa, sino en el habla”.

E aderezó Su Ilustrísima la capilla con Marta e Marinín (que no separábase de su tío), poniendo flores e velas e paños bordados con primor. E así pusimos cada cosa en su sitio hasta la hora de la cena e, bien satisfechos todos de la labor realizada, nos retiramos al descanso temprano sumergida la casa en la lluvia e oyéndose el quejido de los árboles agitados por el vendaval.

En Grazalema e a diez y nueve de abril del año de dos mil e ocho.

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