15 abril, 2008

De las compras para la inauguración

uise yo viniese Víctor, el maestro, con nosotros a Sevilla diciéndole que así nos ayudaría con los pequeños, mas engañándolo en cierto modo, pues no era de razón que el maestro gastase parte de su sueldo en ropas para inaugurar nuestra casa; así, pensé que sus ropas correrían de nuestra cuenta.

Tomamos el coche temprano y bajamos la ribera aún esquivando trozos rotos e árboles caídos. Paramos, como ya era costumbre no eludible, en la venta del Tikutín e llegamos a Sevilla cuando los almacenes abrían. Encontramos poca gente, preguntó Marcos por las ropas e subimos aquellas escaleras cuyos escalones se mueven, que a esta generación de hombres no entiendo, pues siendo escalones, son para subirlos. Pero descubrí que, si yo subía como en escalera normal, llegaba de una planta a otra en muy poco tiempo.

Por fin, acercóse un señor sonriente e preguntónos lo que deseábamos comprar e fue Marcos casi lacónico e casi agresivo:

- “Buenos días – dijo - ¿Veis las personas que juntas venimos? ¡Los mejores trajes que tenga para cada uno, por favor!”.

E aquel hombre fue atento e mostrónos trajes muy ricos e lujosos e allí los fue poniendo ante nosotros diciéndonos cuál dellos iba mejor a cada uno. E tras ver muchas ropas, pasamos a unas pequeñas estancias llamadas «probadores» e salimos cada cual con los que más le agradaban.

- “Los mejores quiero para mis pequeños – le dije -; no importa el precio”.

- “Así será, señor – contestóme -, mas ya he dicho a su compañero que habrán de pasar allí, a aquel otro lugar que es para los más pequeños”.

Me gustó hubiese un lugar de ropas para mis niños, pero hube de interrumpir mis pláticas con aquel señor, pues Víctor negábase a que se le comprase ropa alguna. Así, me acerqué a él inquisitivo e le dije que eligiese el mejor traje para él e que ya ajustaríamos las cuentas.

Probados los trajes, vimos que algunos tenían los pantalones o mangas un poco largas e nos dijo el señor tendero que los dejásemos allí e volviésemos la semana siguiente a recogerlos con algunos arreglos hechos. Entonces, intervino Marcos:

- “Escúcheme con atención, señor – le dijo -, que son estos trajes para este domingo. Mire vuesa merced son de nuestro talle que en casa habemos dos mujeres que harán los arreglos necesarios”.

E tomándome Marcos aparte, me dijo que María y doña Pastora dejarían los trajes a nuestro talle e medidas; e fue la idea de mi agrado.

Compráronse calcetines, zapatos, corbatas e todo atuendo de la mejor calidad e, ya preparados con todo el nuevo equipaje, dejaron aquellos hombres las bolsas en otro lugar e fuimos a tomar un segundo desayuno.

Al final, cuando ya habíame acostumbrado a aquellas escaleras, recogimos todas las bolsas e las llevamos al coche.

E volvimos para Grazalema e mirábame mi pequeño Carlitos e me sonreía en sabiendo que iba a ponerse el primer traje más rico de su vida.

En Grazalema e a quince de abril del año de dos mil e ocho.

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